<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706</id><updated>2012-01-26T09:49:29.977+01:00</updated><title type='text'>Tú eres el más grande</title><subtitle type='html'>Novela serie negra</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>La Compañía</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176569030284813289</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>31</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-1408689891309438359</id><published>2008-11-16T18:09:00.003+01:00</published><updated>2008-11-16T18:29:11.055+01:00</updated><title type='text'>LIBRO COMPLETO</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_DkYRG5s6Q64/SSBXsHD0U6I/AAAAAAAAATo/MAhLB6L1muY/s1600-h/Dibujo+Marcial+lÃ¡piz.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5269307979344401314" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; CURSOR: hand; HEIGHT: 300px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_DkYRG5s6Q64/SSBXsHD0U6I/AAAAAAAAATo/MAhLB6L1muY/s400/Dibujo+Marcial+l%C3%A1piz.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;A lo largo de varios meses he ido publicando por capítulos esta novela en el blog. La había dado ya por terminada, pero con el pasar de los días me he dado cuenta de que cualquier lector nuevo que llegara sin saber de qué iba la cosa, iba a encontrarse de repente con el último capítulo y, muy probablemente con el despiste, leerse sin querer el final de la novela. Añado pues este post final y recuerdo que para leer el libro sólo hay que ir pinchando en los capítulos del índice que hay en el lateral derecho.&lt;/div&gt;&lt;div&gt; &lt;/div&gt;&lt;div&gt;Ahora sí, fin.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-1408689891309438359?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/1408689891309438359/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=1408689891309438359' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/1408689891309438359'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/1408689891309438359'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/11/libro-completo.html' title='LIBRO COMPLETO'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_DkYRG5s6Q64/SSBXsHD0U6I/AAAAAAAAATo/MAhLB6L1muY/s72-c/Dibujo+Marcial+l%C3%A1piz.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-7099551690569907652</id><published>2008-10-23T09:15:00.002+02:00</published><updated>2008-10-23T09:20:07.887+02:00</updated><title type='text'>CAP 3º - 10 (y último)</title><content type='html'>— ¿Cómo se encuentra? —preguntó la voz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abrí  los ojos y comprobé que estaba en la sala de un hospital. Junto a mí se extendían varias camas ocupadas. Un olor rancio y pegajoso invadía el ambiente. Mi interlocutor era un enfermero alto y pelirrojo, vestido de verde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Dónde estoy? —pregunté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Joder, siempre estamos igual. Todas las malditas nochesviejas la misma historia. Te encontraron desmayado en uno de los puentes del Manzanares, borracho como una cuba y sangrando como un cerdo por una herida que se te había abierto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Debía habérseme ido la mano con la ginebra. Me sentía como si hubiera hecho el descenso de las cataratas del Niágara dentro de un barril.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Estás en un hospital de Beneficencia —dijo el solícito enfermero—. Así que, si puedes moverte, te vistes y a la puta calle, que tenemos enfermos sentados hasta en los bidés. Por cierto, han venido a buscarte. Una chavala impresionante y un negro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miré hacia la puerta y allí estaban. Eran Laura y Tanganica. Venían acompañados de un señor bajito y apocado, que traía una libreta azul.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¡Marcial! —Laura se abalanzó sobre la cama y me plantó un beso en los morros que despertó aplausos entre los convalecientes de las camas contiguas. El negro amenazó con hacer lo mismo pero pude esquivarle y tuvo que limitarse a darme un abrazo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Te hemos buscado por todos lados. Temíamos que... —dijo Laura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Escucha, yo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Bueno, vale —interrumpió Tanganica—. Dejad eso para luego. Estamos en Año Nuevo y vamos a celebrarlo bebiéndonos una botella de champán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Una botella? ¡Una caja! Yo pago —dije recordando, no sin rubor, que el papelito que displicentemente había roto delante de las narices del padre de Laura no era el cheque de mis honorarios sino la propaganda de un taller de reparaciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salté de la cama y comencé a vestirme. El señor de la libreta azul se sentó a mi lado. Era un funcionario esmirriado con traje gris y cara de armario. Cuando empezó a preguntarme mis datos, la edad, el domicilio y por mi trabajo y ocupaciones, no pude evitar contestarle:&lt;br /&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;— Lo siento amigo, los genios no necesitamos currículum.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                                                              &lt;span style="color:#ff6600;"&gt;************&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; A Hans el peluquero lo enviaron a Israel dentro de un cajón de aguacates, amortajado cual brazo incorrupto de santa Teresa. Cualquier día de estos sale la noticia en los papeles. En cuanto a la jodida Tabla Esmeralda, nunca apareció y eso que la buscaron. Me consta que la buscaron.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-7099551690569907652?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/7099551690569907652/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=7099551690569907652' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/7099551690569907652'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/7099551690569907652'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/10/cap-3-10-y-ltimo.html' title='CAP 3º - 10 (y último)'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-345277857164419727</id><published>2008-10-14T13:56:00.003+02:00</published><updated>2008-10-14T21:29:36.256+02:00</updated><title type='text'>CAP 3º - 9</title><content type='html'>Tanganica caminaba a mi lado silencioso y aturdido aún por los efectos del gas. Sentía un terrible dolor de cabeza y la boca continuaba ardiéndome. Estábamos en algún lugar cerca del Manzanares. Hacía una noche muy fría y las calles se encontraban desiertas. Miré el reloj y comprobé que habíamos pasado casi un día en aquella casa. Era treinta y uno de diciembre y el negro y yo andábamos despistados y perdidos como dos minutos del año viejo. Paré un taxi y monté en él a Tanganica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Cuando cobre el cheque ya te daré la mitad, socio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Perdona —contestó el negro— pero ese dinero no me interesa. No te lo tomes a mal Marcial, es que...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Bueno, no te preocupes. Ya hablaremos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cerré la puerta y el taxi se perdió en la noche, alejándose por una larga avenida llena de luces y guirnaldas navideñas. Logré entrar en un bar que estaba a punto de cerrar y me sirvieron una copa de ginebra. La vacié de un trago y pedí que llenaran.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Vale, pero es la última. Vamos a cerrar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volví a apurarla de un trago y pedí la cuenta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— No amigo, invita la casa. Feliz año nuevo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Di las gracias y salí. A mis espaldas la radio del local emitía un viejo villancico. Un villancico triste y frío como la calle desierta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Empezó a nevar. Los blancos copos, apenas sin consistencia, se deshacían al contacto con la acera. Era extraño. Hubiera debido estar contento pero no lo estaba. Y eso que todo había salido bien. Ellos habían conseguido su nazi. Ahora no tenían más que hartarlo de Gerovital y hacerle un juicio escandaloso cada vez que la opinión pública se les echara encima. Laura tenía a su muerto y resucitado padre, y yo un bonito cheque verde, con cobro en una entidad internacional de la máxima solvencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Encendí un cigarrillo pero el aguanieve lo iba humedeciendo y hacía imposible fumar. No me sentía bien. Nada bien. Como un perro ciego meándose la pata. Posiblemente pensaba en Julián y en Mary. Para ellos el precio había sido alto. Alto y estúpido como aquella historia que a todos nos venía grande y que les había costado la vida. Julián con un tiro en la cabeza y el cuerpo cubierto de nieve. Mary con un navajazo en el estómago, muriendo como había vivido, sin pena ni gloria, con el sueño del abrazo inútil de un boxeador huidizo y nocherniego. Tal vez fue por ellos. Tal vez porque nunca me creí demasiado las historias de buenos y malos. Tal vez porque la Nochevieja se mascaba en el aire y convertía la ciudad en un escaparate disfrazado de burbuja dorada. Tal vez por un Tanganica más viejo, negro y feo que nunca, perdiéndose en un taxi. Cualquier cosa. El caso es que levanté las solapas de mi chaqueta y hundí las manos en los bolsillos, volviendo sobre mis pasos. Aún quedaban unas horas para terminar el año, y si para algunos ya no cabía la esperanza, quería brindarles al menos el frío placer de una cara venganza.&lt;br /&gt;Volví a la casa, subí las escaleras y llamé a la puerta. Abrió uno de los matones que me estudió fijamente durante unos segundos. Por fin se hizo a un lado y franqueó el paso. Laura salió a mi encuentro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Marcial, sé a qué vienes y es imposible —dijo con gesto compungido—. Debo estar con mi padre, compréndelo, le creía muerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pensaba que volvía a por ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El señor Hergberz apareció a través de la puerta seguido de su otro ayudante. Ya estábamos todos reunidos. Había llegado el momento de las sorpresas. Con un rápido gesto saqué la pistola y la monté. Leí el asombro en sus rostros. Uno de los matones hizo un ademán hacia la sobaquera pero disparé sobre un sillón cercano a él y el ver cómo desaparecía el respaldo, con el relleno flotando por los aires como nieve de oveja, le hizo pensárselo dos veces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¡Alto! —gritó Hergberz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su rostro se había endurecido y comprobé que ya no existía una posible marcha atrás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Creí haber sido muy considerado con usted en atención a mi hija, señor Canencia. Está cometiendo un grave error.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No contesté. Ya había oído hablar demasiado a aquel tipo con voz de cura. Haciendo gestos con el cañón les indiqué que se agruparan. Lo hicieron y pronto estuvieron frente a mí como un bonito ramillete. Laura me observaba especialmente sorprendida, circunstancia que aproveché para indicarle que despojara a los caballeros de la artillería. Acto seguido les ordené que pasaran a la habitación en la que yacía Hans y que se sentaran en el suelo con las manos en la nuca. Me senté en una silla frente a ellos con una botella de ginebra en la mano. Vigilaban con gesto serio y furioso, esperando la menor distracción para lanzarse sobre mí, pero no les di esa oportunidad. La lucidez en forma de cristalina ginebra iba penetrando en mi mente, haciendo que todo se volviera claro. Muy claro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Me pareció que había pagado en forma generosa sus servicios, pero veo que no es bastante —dijo el padre de Laura—. Es usted un hombre ambicioso, ¿no es así?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por toda respuesta saqué el papel del bolsillo de la americana y lo rompí en pedazos sin dejar de apuntarles. Pese a todo, existían cosas más importantes que el dinero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Su afán de justicia es inapelable señor Hergberz. Sólo tiene un fallo. El mío también lo es. Dos inocentes han muerto por su culpa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Pero fue Schüttorf quien los mató —protestó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sonreí y le miré fijamente a los ojos. De repente había perdido las ganas de hablar. Si había vuelto a la casa era con la intención de que la verdad resplandeciera, de resolver aquel estúpido caso sin que nadie pudiera tomarme por un imbécil. Sin embargo, en un momento, todo se había disipado en una nube de indiferencia. Sin saber por qué, recordé la historia que el padre de Laura me había contado sobre un desdichado republicano español que sobrevivió a los campos de concentración nazis y murió años después por reconocer a la persona equivocada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En toda aquella historia había un cabo suelto. Y ese pequeño cabo suelto intranscendente, marginal y prescindible era yo. Hans, el peluquero, me eligió; Laura a través de un intermediario contactó conmigo, pero Laura y Hans no se conocían. Alguien movía los hilos desde la sombra, y para eso quién mejor que ese muerto tan vivo que tenía enfrente. Alguien que sí parecía lo bastante inteligente y tenía los recursos suficientes como para llevar a cabo aquella negra trama. Alguien capaz de jugar a dos barajas como un consumado tahúr en una partida imposible. Había tenido que engañar al astuto Abraham Castaño, a Hans, incluso a su hija Laura haciendo ver que la perseguían. Y todo ello sin mover un músculo, farol tras farol sin descomponer el gesto, como el puto dios de la mentira.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Reos y jueces sostienen los extremos de una misma cuerda —contesté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Está borracho —gritó encolerizado Hergberz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era muy posible. Estaba empezando a divertirme viéndoles allí sentados en el suelo, con la rabia reflejada en el rostro. Tan divertido como indignado antes, cuando descubrí que todo era una patraña. La Tabla Esmeralda, el pergamino, la muerte de Abraham Castaño, el entierro, el observatorio y mi actuación. Todo encajaba perfectamente. Las piezas habían ido ensamblándose lentamente y los peones cumplieron con su misión. Imaginé cómo habría debido disfrutar Schüttorf trazando su plan. Tenía tiempo, dinero e ingenio, las tres condiciones imprescindibles para una operación como la que pretendía. Gracias a sus contactos localizó la pieza idónea para sus fines y organizó en torno a ella la más delirante mentira que jamás pudiera imaginarse. Extendió sus redes, buscó contactos, estableció relaciones, falsificó documentos y de perseguido se transformó en cazador. El verdadero tesoro era poder borrar por fin su pasado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Señor Canencia, le ruego que recapacite —dijo el padre de Laura, volviendo a adoptar una actitud conciliadora—. Salga por donde ha venido y olvidaremos este enojoso asunto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volví a sonreír. ¿Qué otra cosa podía hacer? Su voz tan grave, su gesto serio y trascendente. Era inútil, todo era inútil. Tan inútil como beber para olvidar. Laura, junto a él, con los brazos alzados y las manos tras la nuca, posiblemente sospechara la verdad aunque nunca lo admitiría. Mejor para ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le pedí que se levantara y comprobara el pulso de Hans. Volvió a mirarme con perplejidad pero acabó obedeciendo. Tras unos instantes de infructuosa búsqueda, acercó el rostro a la boca del alemán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Está muerto —dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todos aparentaron sorpresa. Todos menos yo, porque ya lo sabía. Desde el principio había estado preguntándome qué sentido tenía aquella trampa de gas en la Tabla Esmeralda. Finalmente lo había descubierto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una sabia elección del tipo de narcótico utilizado acabaría con la vida de un anciano asmático pero no con la de otras personas más sanas y jóvenes. Un crimen perfecto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Cómo ha sabido que estaba muerto, señor Canencia? —preguntó Hergberz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Comencé a sospecharlo cuando usted me comentó que Schüttorf era un genio, un superdotado. Hans podía ser un criminal y un psicópata, pero desde luego no un superdotado. Yo diría que se trataba de una mente enferma con delirios de grandeza. Una persona mediocre y ruin, pero muy hábilmente manipulada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Creo que no le entiendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era natural. El gas había eliminado a la única persona capaz de desvelar el misterio. Al molesto testigo que hubiera podido descubrir que Friedrich Schüttorf, su jefe, al que durante tantos años siguió sirviendo con germánica fidelidad, seguía vivo manejando los hilos de aquella historia. Que el verdadero criminal escapaba nuevamente de las garras de la justicia tras haber manejado, con una pericia endiablada, los trapos de aquel infernal guiñol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tenía pruebas y la palabra de un detective muerto de hambre no iba a servir de nada. Le miré fijamente a los ojos y supe que él también lo comprendía. Friedrich Schüttorf ya estaba oficialmente muerto. Lauro Hergberz podía respirar tranquilo. Sin embargo, aún existía algo que podía arrebatarle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Quiero la Tabla Esmeralda y la quiero ahora, y dígale a ese hijo de puta que como vuelva a mover un dedo le salto la tapa de los sesos —dije al ver cómo uno de los matones se aprestaba al ataque.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Es capaz de hacerlo, padre. Dale la Tabla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— No, él no. Tráela tú, Laura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Laura obedeció y dirigiéndose a un armario extrajo el libro de oro que nuevamente brilló ante mis ojos de una forma casi hipnótica. Arranqué un visillo y lo envolví con él. Lentamente fui retrocediendo hacia la puerta. Era el momento más difícil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Tumbaos en el suelo —ordené.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando lo hicieron abrí rápidamente la puerta y salí. Sabía que apenas les hubiera abandonado iban a venir en mi busca por eso, tras cerrar, disparé contra la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez lo hube hecho comprobé con horror que era mi último cartucho. Abandoné el arma y me lancé escaleras abajo. Tenía la mente en blanco y actuaba como un dibujo animado sin guión. En la calle había dejado de nevar pero seguía haciendo mucho frío. Al llegar a la esquina me giré y los vi. Aún estaban lejos pero se acercaban a gran velocidad. Se les veía entrenados, moviéndose a ritmo, aprovechando sus fuerzas. Yo no era precisamente un atleta y la pierna herida había vuelto a dolerme. Sentía la sangre resbalarme a lo largo del pantalón a través de los puntos aún recientes abiertos por aquella loca carrera. Divisé el rio Manzanares y saltando un murillo corrí hacia uno de sus puentes. Llegué hasta él y en el centro de la estrecha pasarela me derrumbé agotado. A lo lejos resonaban las campanas de un reloj. Estaban dando las doce.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los vi acercarse ya más lentamente. Sabían que la presa no iba a escapárseles. Venían cada uno por una de las márgenes del río. Se situaron en ambos lados del puente y echaron mano a las sobaqueras. Aquello era el final. O al menos lo hubiera sido si en aquel momento no hubieran visto venir a un grupo de juerguistas por mitad de la calzada. Se acercaban haciendo sonar pitos, panderetas y matasuegras mientras bebían a morro de varias botellas. Llevaban sombreritos de cartón y cantaban arrojando serpentinas al agua. Al verles los sicarios tuvieron un momento de descuido. Aproveché la distracción y tomando impulso lancé la Tabla Esmeralda al aire. Dio varias vueltas, se desprendió de la cortina y chocó contra el agua que estalló en un reflejo entre verde y dorado. Ellos se precipitaron a la barandilla pero no pudieron hacer otra cosa que verla hundirse en el agua, hasta que sólo unas ondas oscuras y sucias indicaban el lugar en el que había caído. Me miraron durante unos segundos interminablemente largos. Finalmente intercambiaron un gesto y se perdieron en la noche. Mis voluntarios y noctámbulos salvadores se encontraban ya casi a mi lado. Uno de ellos, con un sombrero de mago, azul y estrellado, se acercó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Se te ha caído algo? —preguntó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Un libro de oro y esmeraldas —contesté— y no se ha caído, lo he tirado yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me estudió sin saber si hablaba con un loco o con un borracho. Finalmente decidió que le resultaba indiferente y añadió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Pues nada, amigo, feliz Año Nuevo —dijo tendiéndome una botella de ginebra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Feliz Año Nuevo —contesté aferrándome a la botella como un náufrago a la tabla de su salvación.Resbalé por la barandilla para terminar sentado sobre el oscuro charco que la sangre de mi pierna había formado. Con las últimas fuerzas vacié los restos de la botella de un trago, sintiendo cómo me sumía en un negro laberinto. Recordé que quien muere en san Silvestre conduce durante un año el carro de la Parca, y un velo verde brotando del agua pobló de luces el falso silencio de la noche.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-345277857164419727?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/345277857164419727/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=345277857164419727' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/345277857164419727'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/345277857164419727'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/10/cap-3-9.html' title='CAP 3º - 9'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-5227384265639694091</id><published>2008-10-09T10:05:00.004+02:00</published><updated>2008-10-09T10:29:38.125+02:00</updated><title type='text'>CAP 3º - 8</title><content type='html'>Sentía, oía, olfateaba, era capaz de sentir dolor y fiebre pero no podía moverme. Era como si hubieran cortado los hilos que desde mi cerebro articulaban el cuerpo. Con ese optimismo innato que siempre me ha caracterizado comencé a pensar en la muerte. Mi eterna sospecha se hizo cierta. Los cadáveres son perfectamente capaces de sentir todo lo que ocurre a su alrededor. Así ven a su desconsolada viuda dándose el lote con ese individuo que se decía tu mejor amigo; oyen a sus hijos descuartizar la herencia; escuchan a las visitas dar el pésame y comentar por lo bajo el pertinaz olor a podrido que ni siquiera las abundantes flores logran disimular; descubren que aquella inalcanzable mujer de sus sueños húmedos, vecina del cuarto centro, no hubiera visto con malos ojos algún distraído pellizco cuando subían juntos en el ascensor, y que aquel empleado torpe y patizambo, a quien siempre habían despreciado, era la única persona que alguna vez le tuvo estima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ésa era una posibilidad. La otra, no por manida menos angustiosa, completaba los horrores de la primera. Su nombre surgió en mi cabeza como un latigazo: catalepsia. No me costó imaginar el negro despertar en medio de las tinieblas, arañando desesperadamente la tapa del féretro en un vano intento por conseguir una bocanada de aire fresco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Seguramente hubiera muerto allí como un idiota, víctima de un colapso, si una voz grave y modulada, como de Pepito Grillo con anginas, no hubiera venido en mi ayuda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— No te preocupes por él —aseguró la voz—. Se recuperará en cualquier momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Qué grata noticia si como suponía se estaba refiriendo a mí. Más aún cuando escuché la cálida voz de Laura, confirmándolo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Qué le habéis hecho?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— No te preocupes. Se trata de un gas paralizante de efectos transitorios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así que se trataba de eso. Las voces cesaron y lentamente comencé a recordar la Tabla Esmeralda, el oscuro laberinto y la pelea con uno de los secuaces de Hans en medio de una nube verde y pestilente. Los muy hijos de puta me habían gaseado. Suponía que con uno de esos gases matachinos cuyas secuelas muy seguramente me dejarían calvo o impotente. Casi prefería la catalepsia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras unos momentos sentí un fuerte hormigueo en las piernas que paulatinamente se fue extendiendo por el resto del cuerpo. Con un esfuerzo sobrehumano logré levantar los párpados, caídos hasta entonces como las persianas en un cuarto de recién casados, y aunque muy borrosamente logré distinguir la espléndida figura de Laura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Dónde estoy? —conseguí articular tras muchos tormentos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Tranquilízate Marcial. Pronto te sentirás mejor —respondió deslizando un cojín bajo mi cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquel lento resucitar era como despertarse con resaca. Me dolía todo el cuerpo y la lengua era una ardiente y pastosa suela de zapato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Quiero un Alka—Seltzer —balbuceé—. O no, mejor dos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Laura sonrió y abandonó la habitación. Me encontraba en un lugar desconocido, con las paredes revestidas de papel pintado con pajaritos y enredaderas, un armario, una mesita de noche y tres camas diminutas. En una intentaba yo incorporarme; en otra dormía Hans con cara de no haber roto nunca un plato y en la tercera roncaba Tanganica con aires de bella durmiente. Un señor de aspecto serio y gesto adusto, de gran nariz y tez cenicienta, me observaba sentado en una silla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Cómo está señor Canencia? —preguntó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tuve tiempo de contestar porque Laura volvió con el brebaje y eso atrajo toda mi atención. Lo apuré de un trago y comencé a sentirme mucho mejor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Y usted quién es? —pregunté sentándome en la cama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Es mi padre —intervino Laura con sequedad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Tu padre? —exclamé yo poniendo los ojos como bandejas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquello comenzaba a ponerse divertido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Tiene usted muy buen aspecto para llevar un año muerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi broma no debió hacerles gracia porque permanecieron serios como un eunuco con orquitis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Comprendo su desconcierto señor Canencia, pero ahora será mejor que descanse —dijo el resucitado señor Hergberz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquel tipo parecía una niñera con cinco críos, no quería más que verme dormir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Qué descanso ni qué niño muerto. Señor Hergberz, quiero que comience a hablar y que no se detenga hasta que toda esta historia tenga algún sentido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si le molestaron mis modales no lo dejó entrever, y sin perder la compostura preguntó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Qué desea saber?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Todo. Quiero saberlo todo —contesté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dudó un momento como si estuviera hilvanando una explicación y finalmente comenzó a hablar. Laura parecía demasiado impresionada para reaccionar y permanecía sentada al lado de su padre con aire ausente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Es una historia larga y difícil. Todo comenzó algo más de un año cuando los más reputados especialistas del mundo dieron unos meses de vida al señor Castaño. Padecía una grave dolencia cardíaca y su fin era inevitable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El señor Hergberz hablaba con voz engolada y arrastrando las palabras. Era uno de esos tipos a quien les gusta escucharse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— La noticia nos llenó de consternación y, sin embargo, ante tan inexorable destino Abraham decidió llenar el acontecimiento de algún sentido —se detuvo un momento y encendió un cigarrillo—. Abraham y yo éramos judíos y gozábamos de una posición económica desahogada. A lo largo de nuestra vida habíamos financiado varias operaciones de busca y captura de criminales de guerra nazis. Fueron muchos los que aquel veinte de noviembre de mil novecientos cuarenta y cinco no estuvieron en Nuremberg sentados en el banquillo de los acusados. Habíamos cosechado éxitos, aunque también muchos fracasos, pero creíamos contribuir así a que se hiciera justicia con los responsables del magnicidio. Es una historia de la que se ha hablado demasiado y que mucha gente no alcanza a comprender, pero no perdamos el hilo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más valía porque si seguía empeñado en contarme su vida iba a terminar concentrándome en las piernas de su hija que, a mi juicio, eran la mejor obra de aquel pomposo caballero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Sabíamos de la existencia de uno de esos criminales en este país —prosiguió—. Un criminal astuto y despiadado bajo cuya responsabilidad se ejecutó a miles de personas, no sólo judíos, sino también gitanos, rusos, polacos y españoles. Fue precisamente un republicano español que había sobrevivido a los campos de concentración quien nos puso sobre la pista. Sin embargo desapareció antes de poder completar su información.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Lo asesinaron? —pregunté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Es posible. No volvimos a saber nada de él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Curioso. Muy curioso. Aquello comenzaba a ponerse interesante. Tanganica dio un sordo ronquido y comenzó a moverse. Laura se levantó y se acercó a su lado, tranquilizándole.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Qué le pasa a Tanganica? —pregunté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Nada —contestó Laura—. Le dolía la herida. Le he dado un calmante y se ha echado a dormir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Típico de él. Y Laura cuidándole. Ganas me daban de volverme a desmayar. Entretanto el señor Hergberz continuó su narración.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Como le iba diciendo, tuvimos noticias de ese criminal pero no pudimos localizarle. Por lo que sabíamos se trataba de alguien excepcionalmente hábil y escurridizo, muy posiblemente un superdotado, con un coeficiente de inteligencia absolutamente fuera de lo normal. Seguimos varias pistas, pero o eran inciertas o se desvanecían de repente sin dejar rastro. Teníamos la sospecha de que él mismo lanzaba algunas de esas pistas falsas que suponían un gran despilfarro de tiempo y medios. Durante muchos años continuamos así, sin poder encontrar un resquicio que nos condujera hasta él. Finalmente la muerte de Castaño nos ofrecía una oportunidad de oro para capturarle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Perdone, pero no veo que tiene que ver todo esto con la Tabla Esmeralda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— No se precipite. Abraham y yo poseíamos algo que dicha persona necesitaba desesperadamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— El pergamino —aventuré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Exactamente. Sabíamos que llevaba mucho tiempo buscándolo pero cuando cayó en nuestras manos hubo de desistir de su empeño. Como sabe, la índole de los negocios de mi amigo Abraham era un tanto marginal y en torno a sí reunía una fuerza poderosa y organizada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una manera elegante de denominarlo, sí señor. Yo no lo hubiera dicho mejor. Curiosa relación la amistad de aquellos caballeros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Así pues —prosiguió—, aprovechando la enfermedad de mi amigo urdimos un plan. Debía ser una trampa sutil y planeada hasta en sus más mínimos detalles. No debíamos darle ninguna oportunidad de recelar, conduciéndole hasta ella con el máximo cuidado. Él sabía que tanto Abraham como yo andábamos tras sus pasos. Por lo tanto yo me hice pasar por muerto para dirigir la operación desde la sombra. El señor Castaño falleció, por desgracia, en el plazo asignado y el plan se puso en marcha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se entretuvo un momento en mirar a Tanganica que lentamente iba recuperándose. Hans permanecía aún inconsciente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Él sabía que tras mi muerte Abraham era el seguro poseedor del pergamino, por lo que decidió infiltrar a uno de sus secuaces en la organización de Castaño. Ni qué decir tiene que lo consiguió. A través de él conseguimos pasarle pequeños informes y algunas pistas falsas que le llevaron a donde queríamos. Supuso finalmente que el pergamino habría de esconderse en el ataúd para el viaje que éste efectuaría hasta su definitivo destino. Había mordido el anzuelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Pero usted, un año antes, ya había previsto cambiar los planes que hizo con Castaño. Por eso le dejó instrucciones a su hija.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Fue necesario. Era muy importante que ni mi amigo supiera la verdad para evitar perder el control sobre las filtraciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— No lo entiendo —murmuré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Es sencillo. Era de suponer que nuestra presa tendría también un cuidadoso plan con todas las posibilidades estudiadas. No creo equivocarme si le digo que muy posiblemente hubiera pensado en algún tipo de trampa. Como le he dicho, hablamos de una persona hábil y retorcida como pocas —hizo una nueva pausa y encendió otro cigarrillo—. Al entrar usted en escena contratado por mi hija Laura y apoderarse del pergamino, sus planes se vinieron también abajo. Se vio obligado a improvisar y cometió errores. Errores que finalmente le han conducido hasta aquí —dijo señalando el lugar en el que Hans continuaba sin dar señales de vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Hans? —pregunté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Friedrich Schüttorf —corrigió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Conocía bien su historia. Se trataba de un sádico miembro de las SS, responsable directo de cientos de muertes comprobadas y miles que nunca llegaron a demostrarse. Y pensar que había estado años dejándome afeitar por aquel alemán sin sospechar nada. Le consideraba un viejo excéntrico, pero no le di mayor importancia. Nunca debí fiarme de un peluquero que no hablara de fútbol y toros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Hans me contó que formaba parte del comando que trajo la Tabla Esmeralda a España.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Es cierto —afirmó el padre de Laura—. De ahí su interés por recuperar el pergamino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Pero ¿por qué es tan importante la Tabla Esmeralda? Se trata de una joya y su valor es seguramente muy alto, pero imagino que hay algo más tras esa historia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dudó un momento y temí que no fuera a decirme la verdad. Algo, sin embargo, le hizo pensar que debía ser sincero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— El valor de la Tabla Esmeralda es inmenso, efectivamente, pero no por ser una joya o una pieza arqueológica, entre otras cosas porque no es la verdadera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Es falsa? —inquirí, sin poderme contener.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Efectivamente. Se trata de la obra de un orfebre italiano fallecido hace algunos años. No falta quien asegura, sobre todo en círculos masónicos, que la copió del original que, según esta versión, estaría en manos de una logia veneciana. Son simples habladurías. La verdadera Tabla Esmeralda jamás apareció, posiblemente sólo sea un mito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada vez entendía menos. Un pergamino falso que servía de mapa para encontrar un tesoro falso, buscado por un falso peluquero que acababa siendo capturado por un falso muerto. Qué gentuza. Expresé mis dudas al señor Hergberz y este me condujo a un nuevo laberinto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Ha oído hablar alguna vez del tesoro perdido del Tercer Reich, señor Canencia?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Por supuesto. Se supone que es una inmensa fortuna que al final de la guerra los alemanes escondieron con el fin de volver a recuperarlo algún día y levantar su imperio —contesté cada vez más sorprendido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Exacto. Pues bien, el falso pergamino era un mapa como sabe. Un mapa para encontrar un mapa, si me permite decirlo así, porque eso y no otra cosa es la Tabla Esmeralda. El mapa que nos conducirá al tesoro perdido del Tercer Reich.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo suponía. Todas las aventuras, no importa lo esotéricas, científicas o filantrópicas que parezcan, acaban teniendo un fondo amarillo. Amarillo como el oro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Una fortuna en lingotes de oro y plata —prosiguió— con la que efectivamente se hubiera podido levantar un imperio. Friedrich Schüttorf lo sabía. Disponía de una importante infraestructura de movimientos fascistas repartida y reclutada en toda Europa y sólo le faltaba el poder que dicha fortuna le ofrecería.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bueno. Al menos eso dejaba claro que los italianos que me atacaban no eran de la Mafia. Era un consuelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Pero entonces, la Tabla que encontramos será una copia —argumenté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— No. Era, es mejor dicho, el verdadero plano del tesoro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Perdóneme pero esto no lo entiendo. Evidentemente, y el gas paralizante es buena prueba de ello, ustedes conocían hace tiempo el emplazamiento de la Tabla. ¿Por qué no la sustituyeron por una falsa, llevándose el verdadero plano?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El señor Hergberz me miró con aburrida condescendencia, como quien habla con un oligofrénico, y explicó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— En realidad la encontramos hace muy poco. Mi gente controlaba todos los movimientos de Schüttorf, y él los suyos. Fue usted, con su primera visita al observatorio, quien nos puso sobre la pista de la Tabla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volvió a mirarme, esta vez con una mezcla de desprecio y extrañeza, y añadió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— No alcanzo a comprender cómo lo conseguiría usted, señor Canencia, pero le aseguro que me sorprendió. Yo había probado cientos de métodos, con sistemas de cifrado, traslaciones matemáticas y estudios cruzados, hasta conseguir dar con la clave del emplazamiento en el pergamino. Posiblemente ése fue mi error, sofisticar en exceso el método de búsqueda. Sinceramente, nunca pensé en algo tan sencillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Pero no ha contestado a mi pregunta —contraataqué un tanto mosqueado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— A eso iba, discúlpeme. La Tabla Esmeralda, por lo que me ha sido permitido averiguar, es efectivamente un plano. Entre esas frases oscuras y aparentemente sin sentido se esconde el secreto del tesoro oculto. Lamentablemente se empleó un sistema de cifrado altamente sofisticado del que desconozco la clave. Necesitaré un equipo de expertos y ayuda de computadoras para descifrarla. Para ello hubiera tenido que sacar la Tabla del país. Era demasiado arriesgado. Schüttorf hubiera podido enterarse y le habríamos perdido definitivamente. Por otra parte y dado que no podía sacarla de aquí, qué mejor escondite que el que tenía. Por eso dejé intacto el cebo, limitándome a colocar un anzuelo, el gas verde, para cuando la presa picara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tanganica ya se había recuperado y estaba bebiéndose una cerveza que Laura le había facilitado. Por mi parte también estaba deseando beber algo y la ex—huerfanita, que debió leer en mis ojos la envidia codiciosa, me sirvió otra cerveza que bebí con auténtico deleite.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Está muerto Hans? —pregunté al ver que el alemán no volvía en sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— No, simplemente narcotizado —contestó el señor Hergberz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Qué va a ser de él?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Su peluquero será juzgado con las máximas garantías, no se preocupe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— No me preocupa —contesté—. Había decidido dejarme barba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo encajaba y sin embargo algo en esa historia me dejaba mal sabor de boca. Era demasiado perfecta. Como si el guionista del destino hubiera querido lucirse con un relato estrambótico, sincronizado como un mecanismo de relojería. Sin saber por qué, recordé aquella frase oída en algún lugar. Cada uno mata dejando su sello personal. Pero no quería pensar. Estaba demasiado cansado, demasiado aturdido, demasiado harto. Sólo quería que me dejaran en paz. Que no me pegaran, que no me arrancaran la piel a tiras, que no me dispararan, que no me gasearan. Que me olvidaran.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No me sentía bien en aquella habitación con un cadáver parlante, un nazi narcotizado y una Laura poseída de una frialdad de insulto. Era como un feo sueño de buenos y malos. La resaca del gas me había dejado aturdido y sentía el cerebro como un estropajo. Necesitaba salir a la calle y airear las ideas, así que cogí al negro y dije que nos marchábamos. El señor Hergberz me despidió con un cheque de muchos ceros. Por las molestias, dijo. Laura me miró con gesto inexpresivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Volveremos a vernos? —le pregunté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como toda respuesta obtuve un encogimiento de hombros y una fea mueca que quería ser una sonrisa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la habitación contigua esperaban dos fulanos con el aspecto limpio y siniestro de los ejecutivos del espionaje. Me devolvieron el pajero que le había comprado al Ansias Vivas y nos acompañaron a Tanganica y a mí sin decir una palabra, cerrando la puerta cuando salimos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-5227384265639694091?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/5227384265639694091/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=5227384265639694091' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/5227384265639694091'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/5227384265639694091'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/10/cap-3-8.html' title='CAP 3º - 8'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-289408577966749761</id><published>2008-09-28T09:15:00.005+02:00</published><updated>2008-09-28T09:27:21.753+02:00</updated><title type='text'>CAP 3º - 7</title><content type='html'>Eran las dos de la madrugada y el negro y yo estábamos a punto de congelarnos, escondidos frente al observatorio tras unos matorrales como dos viejos bujarrones o dos adolescentes pajilleros a la busca de parejas en funciones. Claro que situaciones como estas no suelen producirse al aire libre y a la vista del público, en pleno mes de diciembre y con un frío siberiano, bajo riesgo de ver convertido el viril instrumento en rígido, y no por ello menos inútil, carámbano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No habíamos visto a nadie en el transcurso de la larga espera, ni detectado ninguna actividad en el interior del observatorio. Por otra parte, comprobar que se había terminado la ginebra y que el negro estaba comenzando a ponerse blanco a causa del frío terminó por decidirme. Cruzamos la calle con la debida discreción y saltamos la tapia aún algo entumecidos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dentro del jardín todo parecía tranquilo y solitario, así que nos dirigimos a la caseta de los bártulos donde había perdido la vida el pobre Julián. Habían puesto un candado en la puerta tal y como habíamos previsto. Saqué la ampolla de gasolina que traía preparada y la dejé gotear por la cerradura. Prendí fuego y unos segundos después escuché el seco chasquido que nos dejaba la vía libre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el interior la mezcla de serrín y aceite seguía ocultando la trampilla, aunque aparecía llena de pisadas, clara señal de que la policía había estado investigando. Afortunadamente, y por lo que se veía, con resultados más bien nulos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nos llevó cerca de media hora levantar el entarimado. Se había formado una argamasa con las porquerías que le había echado encima y aquello parecía cemento. Tanganica resoplaba como una zorra con plus de fingimiento, pero no protestaba. Finalmente tuvimos despejado el terreno. Levanté lentamente la trampilla y encendimos los carburos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El negro con su luz y su casco estaba de lo más propio, como un minero recién salido de la carbonera. Me asomé al agujero y la luz de mi lámpara iluminó un estrecho túnel de unos cuatro metros que descendía hasta un pasadizo. Había una mohosa escalerilla metálica adosada a la pared lo que hacía innecesarias las cuerdas que llevábamos preparadas. Ajusté la tapa de betún que utilizaba como reflectante en el casco, revisé una vez más la provisión de carburo y tras mirar significativamente a Tanganica comencé a descender.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Extrañamente no había muchas telarañas, aunque sí un olor de mil demonios. Lo estrecho de la trampilla no permitía girar la cabeza hacia abajo, así que iba tanteando con el pie, contando los escalones. Acababa de dejar el número trece y tanteaba en busca del catorce, cuando un chillido aterrador me heló la sangre. Tanganica cayó hacia atrás y a mí se me apagó la lámpara. Algo rebullía bajo mi pie como si el jodido escalón estuviera vivo. Era una rata. Una rata grande como un gato que se perdió entre chillidos por el laberinto. Había llegado al fondo. Volví a encender el carburo. Ante mí se extendía un pasillo abovedado en el que era necesario caminar encogido y que se perdía en un recodo, unos metros más allá. Le indiqué al negro que bajara y cerrara la trampilla tras él. Ya estábamos dentro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comenzamos a andar después de una viva discusión por ver quién iba delante que, privilegios de la fuerza bruta, perdí. Avancé pues, seguido por el Tanganica, entre aquellas paredes frías que rezumaban humedad y moho hasta que llegamos al recodo. Tras él, el techo descendía algunos centímetros más, haciendo francamente difícil caminar erguido, en especial para el negro, algo más alto que yo. Unos metros más adelante un nuevo pasillo conducía a una pequeña bóveda. Y en ella, una bonita sorpresa. El techo volvía a descender unos centímetros. Si queríamos continuar no teníamos muchas alternativas, así que tuvimos que ponernos a medio gatear, hundiendo las manos en aquel fango viscoso y pestilente que cubría todo el suelo del túnel. El viaje no estaba resultando agradable en absoluto y una espesa sensación de ahogo comenzaba a hacernos sentir la falta de oxígeno. Continuamos avanzando unos metros más y aquel maldito recorrido parecía no tener fin. Después de cada nuevo giro volvíamos a enfrentarnos con un nuevo pasillo y de esa forma una y otra vez. Si lo que pretendían era desanimar a los visitantes qué duda cabe que lo estaban consiguiendo. No me había visto tan perdido desde una gestión que tuve que realizar en los Nuevos Ministerios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo nuestra paciencia y dedicación acabaron viéndose recompensadas. Tras una última revuelta, el camino se ensanchaba y el techo ascendía. Avanzamos unos metros más y alcanzamos a distinguir una herrumbrosa puerta metálica. Tanganica resopló con impaciencia y yo avancé para girar la manilla. Estaba cerrada, pero no me importó. Saqué la pistola y apunté a la cerradura. Tras el disparo, que retumbó en el corredor como un obús y provocó el desprendimiento de varias toneladas de polvo, la puerta se desplomó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un tramo de escaleras se abría ante nosotros. Descendimos con cuidado, comprobando que los últimos escalones se perdían en el agua. Aquello debía haberse inundado. Con los brazos en alto, sosteniendo el carburo y la pistola, comencé a descender los peldaños. Tanganica me seguía, pero cuando el agua le llegó a la cintura no pudo aguantar más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Marcial, no sé nadar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le miré un tanto perplejo. Tantos días preparando equipo y plan para al final darme cuenta que habíamos olvidado el flotador de Tanganica. No le contesté y seguí bajando. Con el agua al pecho comprobé que no había más escalones. Había tocado fondo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Puedes bajar —le dije—. Hago pie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El negro descendió y reemprendimos la marcha muy lentamente, escuchando ante nosotros el chapotear de las ratas. Podía sentirlas de cuando en cuando escurriéndose entre las piernas, sin otro afán que mordisquearte los orígenes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El agua estaba congelada y cada nuevo paso costaba un esfuerzo muy superior al anterior. Estábamos comenzando a temblar como hojas cuando divisé una nueva escalera. Era de caracol y se perdía en el piso superior. Emergiendo por ella ascendimos hasta una sala rectangular de cinco por tres metros y paredes desnudas de ladrillo. Al fondo, ocupando toda la extensión de la pared, había una cámara acorazada. Tanganica y yo nos miramos presos de una feliz excitación. Parecía que finalmente habíamos alcanzado nuestro objetivo. Ahora sólo faltaba un detalle. Conseguir abrir aquella maldita caja fuerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Eso va a ser un problema —dijo el negro examinando la caja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Y tanto. El sistema me es familiar —dije reconociendo el mecanismo—. Son cinco ruedas giratorias numeradas del cero al seis. Hacen falta dos números por pieza, un giro a la derecha y otro a la izquierda, para abrirla. Es imposible. Vamos a necesitar explosivos. Claro que...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Claro que qué?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— No me fío mucho de estos subterráneos, puede haber derrumbes y, entonces, adiós tesoro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tesoro. Era la primera vez que utilizaba esa palabra para definir lo que buscábamos. Sonaba bien, por otra parte. Se trataba de una palabra musical, con melodía de ukelele y playa tropical, de polinesias amorosas bailando el hula—hula a la luz de la luna, y yo en guayabera tomando cocolocos. Una sinfonía incompleta de la que tan sólo me separaba medio metro de acero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Y sin embargo lo haremos. Vámonos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me importaba un carajo que hubiera derrumbes, que volásemos el observatorio o que la Cibeles apareciera sobre el Pirulí. Quería mi tesoro y si era necesario convertiría la cámara acorazada en viruta metálica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Enfilábamos ya la escalera de bajada cuando una lucecita parpadeó en mi mente. Tal vez sólo fuera una intuición, un presentimiento o la entrenada mente del mejor descifrador de jeroglíficos de suplemento dominical de todo el norte de Lavapiés.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Espera, Tanganica, quiero probar una cosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volví junto a la caja, desentumecí los dedos que tenía medio congelados y giré la primera rueda. Uno a la izquierda, cinco a la derecha. Repetí el movimiento con la segunda, cuatro y cinco, y finalmente, cuatro y cero en la tercera. Tanganica observaba absorto y yo me sentía iluminado por esa extraña fuerza, que algunos definen como telúrica, otros como iniciática o esotérica, y que yo, más prosaico, denomino codicia joputa. Pese al frío y la humedad, el sudor comenzó a empaparme la frente. La cuarta y quinta rueda se encontraban situadas debajo de las otras tres. Todo encajaba, así que giré la primera. Hasta el dos a la izquierda y hasta el cuatro a la derecha. Por fin, tres y cero para el último disco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuevamente la cifra mágica: 15— 45— 40—24—30. Eran los únicos números que aparecían en el pergamino y si éste se trataba de un plano, como aseguraba Hans, no sólo me habrían conducido hasta allí, sino que además iban a resultar la clave de la cámara misteriosa. Si estaba en lo cierto todo consistía en girar el cierre y abrir la caja. Inspiré profundamente disponiéndome a girar la gran rueda de apertura, cuando el Tanganica susurró:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Marcial, viene alguien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apagué el carburo y le pedí al negro que hiciera lo mismo. Deshice la combinación de la caja y me asomé por la escalera. Dos luces atravesaban el pasillo inundado. Alguien nos había seguido. Podía ser la policía o tal vez Hans y sus muchachos. En cualquier caso sólo había una forma de salir de dudas:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Quién anda ahí? —grité.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras un momento de silencio, una ráfaga de ametralladora barrió la base de la escalera en la que nos encontrábamos. La duda quedaba despejada. No eran amigos y eso era todo lo que necesitaba saber. Intentaban alumbrar con sus linternas el lugar en que nos encontrábamos pero había demasiada distancia y las luces no podían alcanzarnos. Fue un error por su parte. Un inmenso error que pagaron caro. Desenfundé el arma y apunté a las luces. Fue como cazar patos. Dos disparos bastaron para que el silencio volviera a imperar en el pasadizo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante unos minutos todo permaneció tranquilo, sin otro sonido que la respiración entrecortada del Tanganica. Finalmente una voz resonó al otro lado del pasillo inundado. Su acento era inconfundible. Era Hans.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Marrrcial, no sabía que fueras tan buen tirrador. De todas forrmas ha sido un gesto muy poco inteligente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Fui campeón de Castilla en tiro al hijo de puta —contesté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Ahórrrate tus sarcasmos. No crreo que estés en situación de permitírtelos. Estás atrrapado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Eso te crees tú. Por este lado hay otra salida —mentí—. Eres tú el que no puede venir. Aunque me encantaría que lo hicieras para volarte la jeta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La sucia risa del alemán resonó en el subterráneo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— No me has entendido. Tengo algo que te interesa y para conseguirlo sólo hay un camino, este.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Escuché un grito ahogado y una voz que decía:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Huye, Marcial, no le escuches, por lo que más quieras, no le escuches.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era Laura. La habían capturado. Miré acusadoramente a Tanganica, pero en su gesto leí que él no tenía nada que ver. Debieron seguirlos hasta el tren, montarse con Laura y secuestrarla en la primera parada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Qué es lo que quieres? —pregunté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entre las tinieblas pude escuchar nuevamente la voz de Hans contestando:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Todo, Marrcial, lo quierro todo, tengo todos los ases en la mano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Trataba de pensar a la mayor velocidad posible, pero no parecía haber muchas soluciones. Debía jugar mis cartas con el máximo de precauciones si queríamos salir vivos de allí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Lo siento Hans, pero en esta baraja hay demasiados ases. En el lugar en el que me encuentro hay una cámara acorazada. Dentro hay algo que por lo que veo es muy importante para ti. Si a esto añadimos que conozco el secreto de la combinación coincidirás conmigo en que mi jugada es al menos tan buena como la tuya.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dejé que asimilara lo que acababa de decirle y continué.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Mi trato es el siguiente. Yo te abro la caja y tú dejas marcharse a la chica y a mi amigo. En caso contrario, abro la caja, me llevo lo que hay dentro y tú te quedas con la chica. Al fin y al cabo pensabas matarnos a todos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hice una pausa para dar veracidad a mi fanfarronada y añadí:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Lo siento Laura, pero tiene que ser así.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Nunca crrreí que fueras tan cínico, Marrcial —dijo Hans riendo—. El trrato me parece justo, pero falta un detalle. ¿Cómo sé que tus amigos no van a irrle con el cuento a la policía en cuanto salgan de aquí?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Eso es un comodín. Nos sirve a los dos —dije aparentando todo el desparpajo necesario, como si aquel disparate de plan tuviera algún sentido—. No lo van a hacer porque me matarías. Y tú no vas a matarme porque si dentro de, digamos, media hora no estoy fuera van a avisar a la policía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante unos segundos Hans anduvo analizando el trato. Debió pensar que salía ganando, porque sólo un minuto después contestó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— De acuerdo, Marrcial. Serrá como tú quieres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le di mi arma a Tanganica, pidiéndole que se reuniera con Laura. Cuando estuvieran fuera de peligro debían disparar dos veces, con un intervalo de cinco segundos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Un momento —gritó Hans—. ¿Cómo sé que no vas a marcharrte por el otrrro lado, cuando tus amigos estén fuera de peligro?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Valiente gilipollas. Porque no había otra salida. Claro que eso no se lo dije, sino que contesté:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Manda a uno de tus esbirros al pie de la escalera. Desde ahí podrá verme en todo momento. Por cierto, que apague la luz y así no podré saltarle la tapa de los sesos —había que decírselo todo, eran como niños.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y así lo hicimos. El negro se reunió con Laura y se perdieron por el fondo del túnel, mientras uno de los secuaces de Hans me espiaba desde el comienzo de la escalera. Lo que no sabía ese imbécil es que le estaba apuntando con una palanqueta ya que mi arma se la había llevado Tanganica. Unos minutos más tarde escuché la señal. Estaban fuera de peligro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Bien Marrcial, yo he cumplido mi parrte del pacto, cumple tú la tuya.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Podéis subir —contesté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora empezaba lo bueno. No iban a sentirse muy felices cuando comprobaran que todo era un farol, que no había más salidas y que mi única arma era una palanqueta oxidada. Claro que podía ser aún peor si resultaba que mi intuición sobre la combinación de la caja era inexacta. Aunque sin duda la situación tenía su gracia. Hans debía haber hecho sus planes en función de la otra salida. Yo le abría la caja él me mataba y se largaba con el tesoro por el otro lado. A la media hora podía haber desaparecido del mapa. En cuanto al negro y a la huerfanita, ya tendría tiempo de cargárselos más tarde. Ahora iba a tener que modificar sus planes y yo le hubiera quedado muy agradecido si esa modificación hubiera consistido en ahorrarme el tiro en la nuca. En cualquier caso mis posibilidades de salir vivo de allí eran bastante escasas. Siempre cabía la posibilidad de no abrirles la caja y morir dando por saco, sin embargo el deseo de contemplar el secreto allí escondido era más fuerte que yo mismo. Y bueno, ¿para qué pensar? Siempre había tenido la sensación de que el mundo iba a acabarse en el momento exacto en que yo cerrara los ojos por última vez y siendo así...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¡Pum! —le grité al fulano que me espiaba y casi se ahoga del susto, sobre todo cuando Hans, que ya estaba a mitad de la escalera, se le cayó encima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por un momento pensé que iban a freírme a tiros, pero no. Recuperaron la perdida compostura y siguieron subiendo. A partir de ese momento los sucesos se vuelven un tanto confusos. Con Hans venían tres tipos, mudos como estatuas, lo que con los dos patitos que había liquidado hacían un total de cinco esbirros. Aquello me enorgullecía. Si hacían falta cinco matones y un barbero loco para acabar conmigo iba a tener que subir mis honorarios. Eso tendría yo que hablarlo con Luzbel en el infierno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se pusieron muy pesados así que tuve que intentar abrir la caja. El sudor me perlaba la frente mientras giraba las ruedecillas, ajustándolas a lo que creía la clave. Pronto todo estuvo terminado y me dispuse a voltear el timón de cierre. El alemán, con más vueltas que un carrete de hilo, pensó en una trampa y se retiró con sus hombres al hueco de la escalera. Sonreí y lentamente comencé a girar la rueda. Me sentía nervioso y excitado como un arqueólogo loco violando la tumba de algún faraón polvoriento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un deslizar metálico acompañaba mis movimientos y el sonido del eje al engancharse coincidió con el tope de la rueda. Conteniendo la respiración tiré hacia mí y la puerta quedó abierta. Aunque sólo fuera por una vez en mi vida había acertado. Lástima que un genio como yo hubiera de perecer en las arrugadas manos de aquel viscoso barberillo de Nuremberg.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entré. Frente a mí se encontraba el más maravilloso objeto que nunca hubiera visto. Un gran libro con páginas laminadas de oro en el que las palabras estaban escritas con letras de brillantes y refulgentes esmeraldas. A la luz del carburo brillaba con un tono verde y poderoso que obligaba a entrecerrar los ojos. Era la Tabla Esmeralda, el mágico libro del saber arcano que sólo un pequeño grupo de iniciados había contemplado desde el principio de los tiempos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En tan místico trance me hallaba cuando unas manos impacientes me apartaron, devolviéndome a la realidad. Hans, con el rostro desencajado por la emoción y rodeado de sus muchachos, formó un semicírculo en torno al libro. Se les veía como en éxtasis. Aquel libro debía resultar algo muy importante para ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por mi parte, retraído nuevamente al mundo de los débiles, incultos y prosaicos mortales, comencé a pensar en algo mucho más vulgar: escapar de allí. Y la idea surgió tan simple como eficaz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dado que momentáneamente se habían olvidado de mí y me daban la espalda, pensé en encerrarles dentro de la cámara. El plan era perfecto. Dentro de unos días volvía y ya sin molestos acompañantes me llevaba la Tabla, dejando allí los fiambres. Lástima que en el último momento uno de los matones adivinara mis intenciones y saltara sobre mí cuando intentaba cerrar la cámara. Intentó golpear pero me escabullí y sujetándole el labio inferior con los dedos di un violento tirón que se lo dejó colgando como el belfo de una marioneta. En ese momento Hans levantó la Tabla de su atril y en medio de un seco estallido comenzó a brotar humo verde de las paredes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como si se tratara de una antigua maldición protectora de la Tabla, la nube esmeralda se fue apoderando de la estancia y pronto se hizo muy difícil respirar. Los ojos me lloraban y una intensa sensación de sueño se apoderó de mí. Quise resistir y escapar cerrando la puerta, pero el sopor se extendía por todos mis músculos impidiéndome cualquier movimiento. Poco podía hacer ya mientras caía en el profundo pozo abierto a mis pies. Sólo extender los brazos y planear como una pluma. Al fin y al cabo era una sensación placentera y verde. Verde como un doblete en el cine Pleyel.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-289408577966749761?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/289408577966749761/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=289408577966749761' title='7 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/289408577966749761'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/289408577966749761'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/09/cap-3-7.html' title='CAP 3º - 7'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>7</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-5533936498093166720</id><published>2008-09-12T08:24:00.002+02:00</published><updated>2008-09-12T09:21:50.983+02:00</updated><title type='text'>CAP 3º - 6</title><content type='html'>La Navidad de ese año fue de las que no se olvidan. Mientras los honrados ciudadanos tocaban la zambomba y la pandereta en torno al belén, hartos ya de mariscos y champán, el Tanganica y yo nos encontrábamos en manos de un médico enjuto y seco, de tez amarillenta y gafas de culo de vaso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ambos le conocíamos y aunque su consulta se anunciaba con un gran cartel de “Piel, sífilis, venéreas” sabíamos de su buena maña para hacer cosidos sin hacer preguntas.&lt;br /&gt;Lo del negro resultó ser menos grave de lo que pensábamos. La bala se había desviado al tropezar con la clavícula, sin causar mayores destrozos, y todo se solucionó con un vendaje, unos puntos y la receta de unos días de descanso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mí en la pierna me hizo un artístico bordado en punto de cruz, aconsejándome que no la forzara en una temporada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salimos de allí apestando a mercromina y formol, abrazados como dos excombatientes inválidos. En la calle apenas había gente y no pudimos encontrar un taxi por lado alguno. Como apenas podíamos andar nos decidimos por lo más sencillo: robar un coche. Ya qué más daba. Teníamos la moral por el suelo y un cansancio profundo y agotador que embotaba los sentidos, impidiéndonos pensar, hablar o sentir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Marcial, despierta. Te estás quedando dormido y nos la vamos a dar. Dobla por la primera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nos dirigíamos a las afueras, a una chabola que tenía el Tanganica. La había heredado de sus padres y se la tenía alquilada a una familia portuguesa de saltimbanquis. En aquellos días habían bajado al sur, con su cabra volatinera y su hija contorsionista, en busca de un clima menos riguroso. No era el Villa Magna, pero allí podríamos descansar tranquilos, hasta que las cosas se calmaran un poco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y lo hicimos. Estuvimos durmiendo durante veinticuatro horas seguidas. Al menos yo lo hice. Cuando desperté el negro estaba de mucho mejor humor y había conseguido comida y un periódico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los titulares no podían ser más expresivos: “Un jardinero muerto en extrañas circunstancias”. “Un cadáver y un herido grave en el asalto a una barbería”. “La propietaria del club “Las Intocables” muerta en el transcurso de un atraco”. “Pese a la Navidad, continúa la ola de inseguridad ciudadana”. Y tanto, que nos lo contaran a nosotros. Eso sí, los responsables de la Ley y el Orden podían respirar tranquilos y despreocuparse de sus úlceras, porque íbamos a permanecer unos días fuera de circulación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había dos cosas, sin embargo, que no podía quitarme de la cabeza. Una era Laura. Tenía serias sospechas de que sabía bastantes más cosas de las que me contaba y de que ella sí entendía toda aquella delirante historia de tesoros nazis y sociedades secretas. No podía fiarme de ella, máxime sabiendo que si Hans, el peluquero loco, me había elegido como carne de cañón en tan desconcertante historia, había sido ella la que se había puesto en contacto conmigo, vía viajante de pito escocido. Me costaba creer que Laura y Hans tuvieran nada que ver pero estaba claro que la chica me estaba utilizando. Y sin embargo, ¿cómo negarse?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La otra cuestión se refería a mi casual descubrimiento en el jardín del observatorio. Tenía que investigarlo pero tras la muerte del pobre Julián en aquel jardín debía haber más policías que hormigas. Era preciso dejar pasar unos días antes de volver a husmear por allí. Sólo nos cabía esperar. Esperar y prepararnos, que era precisamente lo que íbamos a hacer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tanganica me miró como si le estuviera tomando el pelo cuando le pedí un casco de obrero, la tapa de una lata de betún, cuarenta centímetros de tubo fino de cobre y dos metros de tubo de goma un poco más grueso, pero acabé convenciéndole de que iba a hacernos falta. Tomó papel y lápiz y sacando la lengua fue tomando nota con su escritura grande e irregular de parvulito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Además necesitaré una lámpara de minero y un par de kilos de carburo en piedras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El negro acabó su lista y se marchó a la compra. Por mi parte, me enfundé un mono lleno de grasa que encontré en una habitación, unas gafas de espejo y salí a la calle con un camuflaje de lo más conseguido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Paré en el primer bar que encontré y me aticé un buen copazo de ginebra que sirvió para despejarme las ideas y apaciguar mis dolores ya que, dicho sea de paso, el zurcido que me había hecho el sifilero dolía como mil demonios. Afortunadamente mi destino no estaba lejos y tras un par de tonificantes paradas más conseguí alcanzarlo sin complicaciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se trataba de un viejo garaje, con un gran portalón de madera viejo y destartalado, cerrado con un candado y una gruesa cadena. Un cartel anunciaba “Cerrado por vacaciones”, pero no me desanimé en lo más mínimo. Ansias Vivas no cerraba nunca. Gracias a ello iba a poder sustituir a mi llorada Benelli, requisada por la policía en la investigación del atentado que habíamos sufrido Laura y yo en mi casa, y cuya pertenencia los peritos habían atribuido a nuestros atacantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Quién es? —preguntó una voz cuando golpeé la puerta trasera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Soy Marcial. Abre que me estoy helando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me observó a través de una rendija y tras descorrer dos cerrojos, quitar la aldaba y girar una llave, abrió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ji, ji, Marcial eres tú —saludó con su risilla de hiena tímida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Hola Ansias Vivas. Necesito tus servicios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Ya veo, ji, ji, ya veo. ¿Qué pasa? ¿Te has vuelto drogadicto? —preguntó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Qué? —dije sin entender nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Que si te has vuelto drogadicto? Como te veo con el mono, ji, ji, ji —dijo señalando mi atuendo.&lt;br /&gt;Ansias Vivas era un ser repelente, pequeñito, blando y de ademanes babosos. Tenía unos dedos sudorosos como limacos y todo él despedía un aire lujurioso y sucio como un preservativo usado. Sin embargo todo eso era soportable si tenías en cuenta que se trataba del mejor experto en armas que uno hubiera conocido jamás. Lo único que conseguía sacarme de quicio era su insufrible sentido del humor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Con el mono ¿entiendes?, ji, ji.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Bien, dejemos eso. Tengo un asunto para ti. Estoy metido en un extraño lío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se negó rotundamente a escuchar nada relacionado con el caso, asegurándome que era mejor así y se enfrascó en detalles técnicos. Había que reconocer que en lo suyo era todo un profesional.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— No me digas más, no me digas más —dijo cuando le conté lo que necesitaba—. Tengo lo que quieres, tengo lo que quieres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hablar con el armero resultaba a veces como hablar con el eco. En cuanto le entraban los nervios se ponía a repetir todo como un viejo disco rayado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se acercó a un armario y, de una funda de terciopelo azul, extrajo el arma más bonita que hubiera visto en mi vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Es un pajero, ji, ji. Es un pajero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo era, pero no lo parecía. Se trataba de una escopeta repetidora de cartuchos. Ansias Vivas le llamaba pajero por el gesto, atrás y adelante, que se hacía al cargarla. Sin embargo no tenía culata de escopeta sino de pistola, con cachas anatómicas de madera y un peso equilibrado y perfecto. Cuando la tuve entre mis manos comprendí que el arma había sido mejorada. Él me lo confirmó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Es pura artesanía, pura artesanía. Vamos a probarla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me llevó al fondo del garaje y abrió una puerta cerrada con llave. Tenía allí oculta una sala insonorizada, con dianas, una gran variedad de munición y hasta cascos antirruidos. Ansias Vivas avanzó hasta el fondo de la sala y depositó junto a los blancos la puerta de un coche.&lt;br /&gt;— Los blancos no te servirían. Tírale a esto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya estaba cargada, así que sólo tuve que montarla, afianzarme en el suelo y apretar el gatillo. En el lugar exacto en el que clavaba mi mirada apareció un boquete del tamaño de un puño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Ji, ji, lo has reventado. ¿Qué te parece, eh, qué te parece?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— No está mal, nada mal —contesté yo, comenzando a contagiarme de las repeticiones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se subió a una silla y de lo alto de una estantería bajó una pequeña caja de madera. La abrió y me mostró veinticinco cartuchos dorados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Los hago yo mismo. Son blindados y con doble carga, doble...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Carga —le interrumpí yo por fastidiar más que por otra cosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Carga —contestó— doble, doble carga, ji, ji.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Introduje uno de los nuevos cartuchos en la recámara, apunté cuidadosamente y disparé. El retroceso fue apenas un poco mayor que el de la primera vez, sin embargo en la puerta del coche apareció un boquete del tamaño de un melón. De la pared del fondo se había desprendido un pedazo de ladrillo y se veía el exterior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Dios... —murmuré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Dioses, elefantes, blindados, lo que quieras, ji, ji, puede con todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Me la quedo y los cartuchos también. ¿Qué va a costarme?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El precio era también blindado y con doble carga. El boquete que hizo en mi cartera no era menor que el de la puerta del coche. Afortunadamente Laura me había adelantado algún dinero.&lt;br /&gt;Ansias Vivas, siempre atento con la clientela, me regaló una sobaquera especialmente diseñada para el arma y salí a la calle caminando como si me hubiera tragado una barra de hielo. Con esta llave iban a abrírseme muchas puertas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Tanganica me estaba esperando en casa cuando llegué. Había conseguido todo lo que le había encargado y por partida doble.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Estupendo, siempre es bueno tener un equipo de repuesto —comenté con estúpida inocencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— No es un equipo de repuesto. Es mi equipo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Debí poner una cara bastante rara, pero el negro no se amilanó y continuó diciendo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Puedes ponerte como quieras, pero pienso ir contigo. Además, recuerda que somos socios. Tú lo dijiste.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Efectivamente, lo había dicho. Y me alegraba de haberlo hecho. Un poco de ayuda no iba a venir mal. Ya me estaba cansando de jugar al héroe solitario que se enfrenta al peligro cual orgulloso Gary Cooper y acaba quedando como una maricona al ser rescatado por un galán más negro, más alto, más fuerte y, eso sí, un poco más feo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Decidí que nuestro desembarco de Normandía sería en la noche del día treinta, por considerar que ese día, habida cuenta de la juerga por venir, iba a ser tranquilo. Preparé un burbujeante Alka-Seltzer y me tendí a dormir abrazado a mi reciente compra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y pronto el sueño se hizo profundo y pesado como una tormenta de polvo y Laura entró por la ventana volando desnuda y desprendiendo estrellitas de colores al hacerlo, tan pequeña como Campanilla y acorralada por un capitán Garfio con acento alemán, que repetía muy alterado “Jodidos comunistas de mierrrda”, mientras intentaba atraparla con un cazamariposas, pero ella se refugió en lo alto del armario y él sacó un spray matamoscas y mosquitos y la gaseó sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo, clavado como estaba a la cama, entonces el nazi me vio y sacó una enorme navaja barbera de su bolsillo y yo comprobé con horror que estaba acostado sobre la Tabla Esmeralda y que querían arrebatármela, así que le di un puñetazo y otro y otro más, pero la carne se hundía bajo mis puños y él se reía y me hizo un terrible corte en el cuello, pero yo sabía que aún vivía y él no se daba cuenta, por lo que saqué la pistola y apreté el gatillo, aunque no ocurrió nada, sólo que a Hans le brotaron cuernos y rabo rojo y se puso a bailar con el culo al aire alrededor de la Tabla, en lo que apareció un enano verde vestido de negro, le dio un cabezazo en el estómago y cogiendo la Tabla Esmeralda comenzó a correr mientras decía “Llego tarde, llego tarde” y Laura echó a correr tras él, pero ya era grande y no volaba y el enano, que aunque bajito debía ser un salido de aquí te espero, se detuvo y comenzó a acariciarle el culo, justo delante de mis narices, y a Laura no le importaba que me estuviera muriendo, sólo tenía ojos para el enano y comenzó a frotarse contra la Tabla Esmeralda mientras Mary, con su ojo tuerto, nos miraba desde el fondo de la habitación y al verla comprendí que todo era culpa mía y Julián el jardinero, vestido de cosaco, le dio la razón y el juez tenía cara de Hans y olía a yodo y agua bendita e iba vestido de cura, pero al ver a Laura escaparse con Jorgito intenté desasirme de los policías y grité su nombre, pero no me oyó y nadie comprendía que yo era inocente, que era una injusticia, que Mary la Sorda estaba liada con el juez y el jardinero era el padre del enano y Laura estaba drogada, entonces entró el Tanganica y vi una puerta abierta, pero él se bajó la bragueta y comenzó a mearme las orejas con su enorme rabo para que no se me congelaran y una sombra negra observaba la escena y al verle lo comprendí todo: él era el...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Marcial. Marcial ¿qué te ocurre?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era Tanganica intentando sacarme de una pesadilla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Mierda, lo he visto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Que has visto qué?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y la verdad era que no lo sabía. No podía recordarlo. Tranquilicé al negro y le dije que volviera a dormirse. Encendí un cigarrillo y mientras fumaba me bebí media botella de ginebra que había comprado previsoramente, con lo que volver a dormir no iba a ser ningún problema. En ese trance andaba cuando en la oscuridad resonó la tenebrosa voz del negro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Marcial, ¿crees que encontraremos algo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— No lo sé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Y si lo encontramos, ¿qué piensas hacer?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Buena pregunta, sí señor. Lo malo es que no tenía respuesta.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-5533936498093166720?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/5533936498093166720/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=5533936498093166720' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/5533936498093166720'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/5533936498093166720'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/09/cap-3-6.html' title='CAP 3º - 6'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-4559336285609193121</id><published>2008-08-30T21:59:00.011+02:00</published><updated>2008-08-31T12:46:20.536+02:00</updated><title type='text'>CAP 3º - 5</title><content type='html'>Y lo era. Abrí los ojos y cuando pude acostumbrarlos a la luz descubrí que me encontraba en una peluquería, atado a uno de los sillones abatibles como un niño rebelde. Frente a mí se extendía una amplia colección de tijeras, peines, afila navajas, lociones y colonias, al pie de una gran lámina de espejo. Sobre éste resaltaban una serie de calendarios y reclamos publicitarios contra la caspa y la seborrea. Uno de los anuncios llamó mi atención. Era la fotografía de un fulano que caminaba de espaldas por una playa tropical, con dos hawaianas ceñidas a la cintura, anunciando un desodorante. Hans en su barbería siempre me sentaba frente a él, sabiendo como me gustaba su aspecto de “Marcial-en-el-trópico-tras-resolver-el-caso-de-su-vida”. Resultaba curioso evocar la imagen amable y placentera de la peluquería de Hans en aquellos momentos de tribulación y peligros sin cuento. Los mismos espejos, los mismos sillones, los mismos anuncios y calendarios, las mismas cremas y lociones...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Caí del guindo con sensación de gorrión oligofrénico. Evidentemente estaba en la peluquería de Hans. Este detalle introducía una nueva preocupación en mi maltratada y dolorida cabeza. ¿Habrían matado también a Hans? Eliminarlo por el simple hecho de ser mi peluquero me parecía un exceso de celo. Pero entonces ¿qué estaba haciendo allí? Era de locos. La cabeza me dolía como si me estuvieran esculpiendo el cerebro y no podía pensar con claridad. Pese a todo recordaba haber sido capturado en el observatorio, posiblemente por los mismos que habían liquidado a Julián el jardinero. El por qué permanecía con vida era por ahora un misterio en el que prefería no entrar. Olía a tortura que apestaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que más me preocupaba era saber si se habían percatado de mi descubrimiento en el cuarto de aparejos o sí, sencillamente, me descubrieron cuando escalaba la verja. Un pensamiento mayormente optimista y feliz, dadas mis escasas posibilidades de salir con bien de aquel atolladero, con lo cual la importancia de mi hallazgo se desvanecía como el humo de los cirios que muy posiblemente rodearían mi ataúd.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En esas andaba, aún medio tocado del ala, cuando escuché unos pasos que se acercaban. La puerta se abrió rechinando y, ¡oh sorpresa!, apareció Hans, mi fiel peluquero, vivito y coleando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¡Hans! —grité, aunque un tanto extrañado al no leer ninguna emoción en su rostro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Date prisa, suéltame —le dije, y él me soltó...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me soltó un revés en la cara que me hizo escupir dos dientes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Hola Marrrcial —saludó el muy bastardo con su mejor cara de estropajo letrinero—. Me alegro de volverrte a ver.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La puerta volvió a abrirse y entraron dos tipos con un aspecto nada tranquilizador. Uno permaneció junto a la entrada y el otro se situó al lado del alemán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Te estarás prrreguntando qué es todo esto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿La convención nacional de hijos de padre desconocido? —aventuré sin mucho convencimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tardaron un rato en cogerlo, pero finalmente uno de los esbirros se dirigió hacia mí con intención evidente de volver a partirme la cara. Hans le detuvo y con una sonrisa continuó hablando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No crreo que tu posición te permita muchas chulerías, Marrrcial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Qué estoy haciendo aquí? —pregunté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Qué estás haciendo aquí? —repitió Hans—. ¿Habéis oído, muchachos? Prrregunta que qué está haciendo aquí, ¿no es gracioso?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No debió resultarles gracioso porque no movieron un solo músculo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Estás en una barrbería, Marcial. ¿Y qué hacemos en las barrberías? Afeitar a la gente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hizo una pausa significativa y seguidamente ordenó a sus esbirros:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Quitadle los pantalones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pataleé, luché, gemí y maldecí, pero fue inútil. Pese a todos mis esfuerzos me dejaron en canicas. La situación era terrible: atado a un sillón de peluquero con mi chaqueta y mi corbata, las manos detrás de la espalda y el culo al aire. No era un final digno ni siquiera para un tipo como yo. Sólo una cosa me consolaba. Si querían cortarme el pito iban a tener que sacarlo con un alfiler como a un bígaro de su concha. Ni se me veía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Qué queréis? —pregunté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Información —contestó Hans repentinamente cibernético.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— La tendréis, ¿de acuerdo? La tendréis —dije intentando mostrarme conciliador—. Mira Hans, me conoces hace muchos años y sabes que soy una persona razonable. Tú dices lo que quieres, yo te lo cuento, tú me sueltas y yo desaparezco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Lo contarrás, claro que lo contarrás —dijo mientras afilaba en el suavizador una de sus navajas barberas—. No necesitamos tu colaboración.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era un sádico. Debí haberlo sospechado hace tiempo por las caras de satisfacción que ponía si en algún afeitado brotaba la sangre de un corte. Se acercaba peligrosamente a mí cuchilla en mano. Tenía que entretenerle como fuera. Mientras tanto podría ocurrir algún milagro. No sé, que se hundiera el techo, que se murieran los tres de un repentino infarto, que sonaran las trompetas del Apocalipsis o que mi ángel de la guarda se decidiera finalmente a hacer algo eficaz y les metiera la espada flamígera por el culo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Un momento, Hans —interrumpí con toda la calma de que era capaz, dadas las circunstancias—. Me gustaría fumarme un cigarrillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Un cigarrillo? —preguntó sorprendido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Sí hombre, una de esas cosas cilíndricas rellenas de tabaco —contesté sin un asomo de coña en la voz, mientras añadía con gesto dramático—. Es el último deseo de un condenado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dudó unos momentos, mirándome con cara de desprecio, aunque finalmente decidió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Dadle un cigarrillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y así lo hicieron. Me lo pusieron en la boca ya encendido. Confieso que me dio un poco de asco pero tal y como estaban las cosas tampoco era para ponerse en plan escrupuloso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Gracias. Oye Hans, mientras fumo ¿te importaría explicarme por qué me vas a matar? —dije dándole un tono casual a mis palabras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Si ése es tu deseo. No perrrdemos nada. Al fin y al cabo, vas a morir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A morir, decía el muy cerdo. Si al menos hubiera podido soltar una mano y hacerle algo. No sé, sacarle un ojo, hundirle la tráquea, cualquier cosa. Todo menos aquella humillante muerte de la que sólo me separaba el humo de un cigarrillo. Pero no había forma. Aquella gente sabía lo que se hacía. Me habían atado a conciencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Vas a morir por entrrrometido. Esta historia te vino grrrande desde el prrrincipio —dijo Hans empeñado en hablar con las erres, como si el retumbar de la letra en el paladar le resultara gratificante—. Se te avisó. Tus amigos intentaron que abandonaras, pero fue inútil. Intentamos asustarte, perrro no hubo forma y por eso ahora te ves en esta penosa situación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Y por qué tenía que ser yo? —dije haciéndole la pregunta que me reconcomía desde el principio de la historia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Oh, eso... Yo mismo te elegí. Para hacer el trrabajo necesitábamos alguien como tú. Un pobrrre diablo desamparado y solo, al que si hubierra prroblemas nadie echara de menos. Un muerto de hambrre cuyas miserias y frracasos me eran bien conocidos. Alguien con agallas perrro sin suerte. Alguien como mi cliente Marrrcial Canencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tocado. El cigarro debió temblarme en los labios al verme tan cruelmente retratado. Siempre lo dije: con tanto toqueteo capilar y tanto masajeo, uno acaba hablando siempre de más con el peluquero. Y acabas sintiéndote como un tonto. Y hablando de tontos, si Hans me recomendó y Laura ordenó que me contrataran, con la relación entre ellos que eso suponía, yo acababa de inventar la bitonteria, una nueva forma de estupidez absoluta y recalcitrante. Iba a convertirme en el rey de los tontos y, como no podía ser menos, coronado a título póstumo. Pero entonces ¿a qué venían los atentados contra ella o los disparos que tan amorosamente habíamos compartido si Laura estaba en el ajo? Ante tanta duda, y a falta de Alka-Seltzer, casi mejor morir aunque fuera haciendo el ridículo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hans dudó durante unos instantes, luego dejó la navaja sobre la estantería y se sentó frente a mí con gesto resignado. Llegaba la hora de las confidencias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Voy a contarte algo que tal vez te reconforte ante lo eminente de tu muerrrte. En el fondo siempre me caíste bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Qué gran consuelo, pensé, pero antes de que se me ocurriera algo ingenioso que contestarle se enredó en la historia más delirante que hubiera podido imaginar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Habló de los finales de la segunda guerra mundial; de cómo, ante lo eminente de la derrota alemana, un grupo de comandos especialmente entrenados fue seleccionado para una delicada misión. Era un encargo directo del Führer y estaba considerado alto secreto. Hans formaba parte del comando. Su misión consistía en transportar hasta nuestro país uno de los más preciados tesoros conseguidos por los nazis en sus correrías por el mundo. Se trataba de la mítica Tabla Esmeralda, que debería permanecer escondida en España hasta que, llegado el momento, fuera recuperada por las personas adecuadas. Sobre las cenizas del tercer Reich resurgiría un poder incontenible que llevaría a los iniciados a la cúspide del mundo. La Tabla Esmeralda contenía el secreto de aquel maravilloso poder.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Pero eso es absurdo —le interrumpí—. Mucha gente conoce el texto de la Tabla. Yo mismo tuve acceso a él a través de aquel pergamino falso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— No se trata de un pergamino falso. Es un mapa. Siemprrre supuse que no eras muy inteligente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hizo una pausa, encendió un cigarro y continuó hablando, como si hacerlo le costara un terrible y aburrido esfuerzo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— La Tabla Esmeralda llegó a su destino y fue confiada a tres personas de absoluta confianza y grran poder que se encargaron de custodiarrla. Ni el mismísimo general Frranco estaba al corriente de este secrreto. Nunca supimos dónde la ocultaron. Era un misterio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sacó un pañuelo y, mojándolo en una de las lociones, se dio una friega por la cara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Nuestra única pista era el falso pergamino que nos entrregaron a modo de recibo. En él estaba marcado el lugar exacto en el que se encontraba la Tabla Esmeralda. Entretanto Berlín cayó ante el empuje de las trropas aliadas y nuestra situación se hizo muy confusa. Contestando a tu pregunta te diré que sus poderes son inmensos en las manos adecuadas, pero supongo que resultaría inútil explicárrrtelo. Escaparía a tu corrta inteligencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— No entiendo. Siendo así, ¿cómo es que no la habéis buscado en todos estos años?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le había tocado un punto débil porque el tono de su voz creció en intensidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— El pergamino cayó en manos de una persona tan poderosa como ciega, que se empeñó en escondérnoslo hasta el fin de sus días.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Abraham Castaño! Todo empezaba a encajar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Pero ya tenéis el pergamino. ¿Por qué me perseguíais? ¿Por qué ese empeño en liquidarme?&lt;br /&gt;Sonrió con una mueca deforme y fea. Tomó un afilado verduguillo y se levantó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Tú sabes algo que nosotros ignoramos. De eso estoy seguro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego no sabían nada de mi descubrimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Hemos seguido tus pasos y finalmente has caído en nuestrras manos. Y tú prrronto, muy prrronto, vas a contarnos todo lo que sabes —dijo agitando la navaja delante de mis narices—. El cigarro se ha consumido Marrrcial. Ha llegado tu hora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Espera. Una última pregunta. ¿Por qué matasteis al jardinero? El no sabía nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Se suicidó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— No me hagas reír.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— No es ésa precisamente mi intención —dijo cortando en el aire uno de sus blancos y ya escasos cabellos—. Se suicidó al ponerrse en nuestrrro camino cuando investigábamos tu visita al observatorio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se me ocurrían cientos de preguntas más, pero Hans debió considerar que había sido excesivamente condescendiente conmigo y sin contestar apoyó el verduguillo sobre mi pierna, sujetándolo como si se tratara de un bisturí. Hizo un leve movimiento y la sangre comenzó a brotar. Luego giró y convirtió el corte en un estrecho rectángulo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Voy a arrancarte una tira de piel —comentó babeando de satisfacción—. El dolor será insoportable —dijo comenzando a despellejarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me había prometido no darle a ese cerdo el placer de escuchar mis gritos y no grité. Aullé, maldecí y pataleé, pero no grité. Hans parecía lleno de gozo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Puedo continuar así durante horas a menos, clarrro está, que nos digas todo lo que sabes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Si te lo digo —pregunté—, ¿qué harás?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Matarrte también pero con rapidez y eficacia —contestó, y supe que cumpliría con su palabra porque en sus ojos de sapo sádico se leía la desilusión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Hans ¿has oído hablar alguna vez de un taco capicúa? pregunté con mi voz más misteriosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Un taco capicúa? —preguntó a su vez con su lógica teutona un tanto desarbolada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Me cago en tu puta madre, me cago.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No le hizo gracia. En lugar de reírse comenzó a ponerse rojo de furia y apoyó la navaja en mi cuello. Apenas brotaron un par de gotas de sangre retiró la mano. Su rostro, aún congestionado por la ira, se contorsionó en una mueca que quería ser una sonrisa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Es un trrruco demasiado antiguo, Marcial. Pretendías enfurrecerme para que te matara rápidamente y sin sufrimientos. Así te ahorrabas las torrturas y confesar tu secrreto. Como ves, te ha salido mal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Confieso que no se me había ocurrido, pero resultaba ingenioso. El único problema era que yo no quería morir. Volvió a apoyar el verduguillo en mi pierna y realizó otro corte. Su cara brillaba de felicidad y una baba blanca le brotaba entre las comisuras de los labios. El muy cabrito era capaz de correrse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Los chinos conocían lo que voy a hacerte, como las Cien Muertes —dijo al tiempo que cortaba—. Lo vi en una película de Fu-Manchú.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tuve tiempo de reírme de su broma, porque en ese momento se abrió la puerta en medio de un gran estruendo y un ciclón oscuro irrumpió en la barbería. Pude leer el desconcierto en los ojos de Hans, sobre todo cuando el ciclón cogió a uno de los hombres que pretendía detenerle y retorciéndole la cabeza le quebró el cuello. Cayó al suelo desmadejado como un muñeco. Al escuchar una risotada salvaje y ronca le reconocí al instante: era el Tanganica. Creo que nunca me había alegrado tanto de verle. Aunque mi alegría duró poco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El otro esbirro del alemán había sacado la pistola y disparaba sobre mi amigo. El negro con una agilidad que no le imaginaba esquivó el primer disparo. Sin embargo el segundo le alcanzó de lleno en el hombro, salpicando de rojo los blancos baldosines de la peluquería.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¡Mátale, mátale! —gritaba Hans. Pero, inexplicablemente, Tanganica continuaba en pie. De un salto se refugió tras el barbero, al que cogió de la chaqueta y arrojó sobre su secuaz. Apenas dos segundos más tarde el negro era una máquina de golpear sobre quien le había disparado, en medio de un espeluznante chasquido de huesos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¡Se escapa, Tanganica! —grité.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hans salía corriendo por la puerta. El negro se levantó soltando a su rival que cayó al suelo como una marioneta sin hilos. Dio dos pasos hacia la puerta y cayó redondo, tan largo como era. Las fuerzas le habían abandonado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¡Tanganica, no! —volví a gritar con todas mis fuerzas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El negro no se movía y pensé que...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— No estoy muerto, Marcial, estoy fundido —me tranquilizó con voz quebrada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Menuda papeleta. Atado al sillón de una barbería, sin pantalones, chorreando sangre como un cerdo y rodeado de gente muerta por el suelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Tanganica haz un esfuerzo, desátame. Yo te sacaré de aquí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— No puedo, Marcial, no puedo —dijo con voz cada vez más débil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tenía que hacer algo. Si la policía nos descubría se había terminado todo el juego. No tenía mucha confianza en que funcionara y sin embargo había que intentarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Tanganica, escucha. Estás en el Madison Square Garden. Es tu revancha contra la “Maza de Detroit”. Has caído en la lona y el árbitro ha empezado la cuenta. Uno, dos, levanta coño, levanta. Es tu oportunidad. ¡Tres!, levántate, él también está “grogy” y puedes vencerle, ¡cuatro!, arriba Tanganica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El negro comenzó a moverse. Se dio media vuelta y consiguió hincar la rodilla en tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¡Cinco!, arriba negro maricón, ¿te vas a dejar vencer por ese mierda? ¡Seis!, se está riendo de ti.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Resopló como un búfalo acalorado y consiguió incorporarse. Se protegía la cara con las manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Arriba Tanganica. Ya lo has conseguido. Desátame, rápido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se acercó hasta mí con pasos tambaleantes. Cogió la navaja que había dejado Hans y cortó las ligaduras. Tuve el tiempo justo de levantarme y recogerle para que no cayera al suelo. Cargándolo como un saco al hombro, aunque la pierna me dolía de una forma endiablada, salí corriendo a la calle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando crucé la puerta y vi la forma en que la gente me miraba, lo comprendí todo. Pero ya no tenía remedio: iba en pelotas de cintura para abajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Afortunadamente, justo al lado de la barbería había una parada de taxis. El conductor leía el periódico y no nos vio entrar. Cuando lo hizo ya era tarde. Por mucho que yo fuera desnudo, el negro agonizante y ambos chorreando sangre la expresión de mi rostro debió resultarle definitiva. Estoico, no dijo ni una palabra aunque su cara era un auténtico poema. Le di la dirección de “Las Intocables” y allí nos llevó. Cuando llegamos no quería cobrarnos, pero insistí en pagarle, añadiendo una buena propina para que no se fuera de la lengua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me sorprendió comprobar que la puerta estaba abierta. Sin embargo lo agradecí. No había un momento que perder. Un médico discreto tenía que echarle un vistazo al Tanganica lo antes posible. Cuando crucé la puerta del club me quedé helado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los suevos, los vándalos y los alanos habían pasado por allí antes que nosotros. El local estaba destrozado. Habían roto las botellas, los vasos, los espejos, habían rajado los sillones, quebrándoles las patas y destrozado los discos. Dejé al negro en el suelo, comprobando que recuperaba el sentido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Qué ha ocurrido? —preguntó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Nada Tanganica, descansa. Voy a vendarte el hombro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue al ir a buscar una servilleta para vendar al negro cuando la vi. Sus pies apenas sobresalían por detrás de la barra. Estaba tumbada en el suelo con una fea herida en el estómago. Era Mary la Sorda y aún vivía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Marcial, dime ¿eres tú? —preguntó con voz entrecortada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Sí, Mary.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Ay jodido, siempre supe que ibas a traerme mala suerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Callé. No sabía qué decir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Tienes un cigarrillo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tenía, pero sobre el mostrador había un paquete de rubio americano. Encendí uno y se lo puse en los labios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Y Tanganica? —preguntó carraspeando a causa del humo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Iba a contestarle que no sabía nada de él, cuando una voz profunda y quebrada sonó a mis espaldas. No sé de dónde sacaría las fuerzas pero se había levantado. Tenía los ojos nublados por las lágrimas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Aquí estoy, Mary.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le cambió la cara al oír la voz del negro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Dame la mano —dijo—. Estás herido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— No es nada, sólo un rasguño —mintió él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mary tosió otra vez y de sus labios brotó un fino hilillo de sangre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Quién ha sido? —preguntó Tanganica con una voz que daba miedo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Eso ya qué importa, voy a morirme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El negro temblaba como un niño y yo temía que en cualquier momento se desmayara. Había perdido mucha sangre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— No digas bobadas, Mary. Vamos a llamar a un médico para que te ponga un parche en la barriga. No va a quedarte ni cicatriz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— No sabes fingir, Tanganica —dijo Mary esbozando una sonrisa—. Hubieras hecho muy mala puta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una fea y seca tos le acometió de nuevo y el cigarrillo se le cayó de los labios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Vinieron de madrugada, cuando las niñas ya se habían ido —prosiguió Mary—. Os buscaban. Intenté defenderme. Me lancé a los ojos de uno y le clavé las uñas. Entonces noté el navajazo y ya no pude hacer más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tanganica me miró suplicante, con el rostro desencajado. Pero yo no podía hacer nada. Tan sólo sentir una inmensa rabia y jurar que alguien pagaría caro todo esto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Tranquila María, descansa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Es la primera vez que me llamas así —sonrió satisfecha—. Tengo frío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tanganica la abrazó suavemente, como si tuviera miedo de hacerle daño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Se está a gusto entre tus brazos, negrito, muy a gusto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estas fueron sus últimas palabras. Un nuevo hilillo de sangre brotó de sus labios y Tanganica comenzó a llorar sin dejar de abrazarla. Era Nochebuena y el fantasma de la Navidad nos había dejado ese año unos negros regalos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-4559336285609193121?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/4559336285609193121/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=4559336285609193121' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/4559336285609193121'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/4559336285609193121'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/08/cap-3-5.html' title='CAP 3º - 5'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-6454349675726151685</id><published>2008-08-23T11:12:00.002+02:00</published><updated>2008-08-23T11:23:23.369+02:00</updated><title type='text'>CAP 3º - 4</title><content type='html'>Finalmente, tras una nerviosa espera hasta que las calles se vaciaran, llegué a mi punto de destino. El clima había decidido echarme una mano y, desde la media noche, una nevada lenta y persistente venía cayendo sobre la ciudad. Los alrededores del observatorio ofrecían un aspecto bucólico y navideño, y sólo faltaban un pastor y algunas ovejas para completar el cuadro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aprovechando que todo parecía tranquilo y silencioso, trepé por la valla y salté al jardín. Estaba cubierto por un espeso manto blanco y mis pisadas iban dejando huella mientras me dirigía en busca de Julián. Lo imaginaba feliz y contento, mirando por la ventana y recordando sus peleas contra los ruskis al mando de don José, putero mayor del reino de Alicante. Me había dicho que dormía en una pequeña habitación junto a la portería. La puerta estaba cerrada pero distinguí una ventana con luz. Allí debía ser.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miré pero no vi a nadie, así que llamé con los nudillos en el cristal, susurrando el nombre del jardinero. No estaba o no me oía, en cualquier caso, de seguir a la intemperie, iba a acabar congelándome. Saqué la navaja y forcé el pestillo de la ventana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La habitación estaba vacía, lo mismo que el pequeño retrete que había junto a ella. Un puchero hervía sobre un hornillo con apenas medio dedo de agua. Daba la impresión de llevar un rato consumiéndose. Lo apagué y volví a salir. ¿Dónde demonios se habría metido? No podía pasarme toda la noche buscando al jardinero estepario, por lo que decidí prescindir de él. Pasé por detrás del observatorio y llegué hasta la puerta del pequeño cuarto trastero. Traté de abrir pero estaba atascado. Empujé comprobando que lo que hubiera detrás de la puerta se deslizaba. A pequeños golpes conseguí un hueco lo suficientemente ancho como para pasar y penetré en la habitación. Encontré el interruptor de la luz y encendí. Lo que vi me dejó más frío que la nieve del exterior. Allí estaba Julián, el jardinero. Tenía un disparo en la cabeza y una pistola en la mano. Se había pegado un tiro. Al menos eso pensé al principio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cogí un saco y tapé el pequeño ventanuco que daba al jardín. No quería que vieran luz allí. Con muerto o sin muerto tenía que volver a registrar el trastero. Y al hacerlo descubrí cosas interesantes. Una colilla, por ejemplo. La olí y aún conservaba ese olor rancio y fuerte de los cigarrillos recién apagados. No dejaba de ser curioso, porque el mismo Julián me había contado esa mañana que no fumaba, al ofrecerle yo un cigarrillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No gracias, no fumo. Mi pobre padre era un fumador empedernido y murió de los pulmones cuando yo era niño. Nunca olvidaré como en los últimos días teníamos que abrirle la boca y sacarle las flemas con la mano para que no se asfixiara. Toda mi vida he sido incapaz de encender un cigarrillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Curioso. ¿El último pitillo? ¿Un capricho de suicida?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero aún había más. Su mano aferraba la pistola con mucha tensión. Con demasiada tensión. Lo normal hubiera sido que al disparar y caer al suelo la mano se hubiera abierto. Por otro lado se trataba de una pistola cara. No una de esas que se le compran a los chorizos, que se encasquillan cada dos por tres y a las que se les cae el cañón en cuanto te descuidas. Era una pistola buena, limpia y preparada, como la que usaría un profesional. En cualquier caso, un suicida no dejaría agua en el hornillo calentándose para preparar café. Alguien había cometido un error.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Julián debió oír algún ruido extraño y salió al jardín. Allí le sorprendieron y decidieron quitárselo de en medio. ¿Cómo? Pues fingiendo un suicidio. Una representación muy bien preparada. Se habían tomado incluso la molestia de apoyar el cadáver de Julián contra la puerta, para que al caer la cerrara por su propio peso. Un caso perfecto. Una habitación cerrada, un cadáver con una pistola en la mano y un disparo en la cabeza. Nadie iba a dudar, sobre todo tratándose de un jardinero sin importancia al que tenía motivos para asesinar. ¿Nadie? Ésa era la cuestión. Alguien sabía de nuestra visita al observatorio y había querido saber qué hacíamos allí. Al pobre Julián esa pregunta le había costado la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquel muerto quemaba, así que tenía que revisar la habitación y salir por piernas. Sin embargo no era sencillo. El cadáver extendido ocupaba casi todo el cuarto y era imposible hacer nada. Al final opté por una solución desesperada. Tenía que sacar a Julián de allí. Le sujeté por las piernas y comencé a arrastrarle hacia el exterior. Inesperadamente surgió la sorpresa porque en el forcejeo el zapato del jardinero se enganchó en uno de los clavos del entarimado y se levantó una tabla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Terminé de arrastrar el cuerpo y tras taparlo con una manta vieja volví a investigar la tarima. Las tablas estaban clavadas y tuve que ayudarme con el mango de una pala para hacerlas saltar. Al final quedó al descubierto una trampilla. El corazón me palpitaba como una locomotora anfetamínica mientras limpiaba de arena y polvo la tapa metálica. Finalmente conseguí levantarla para descubrir un agujero de medio metro aproximado de ancho y negro como el Tanganica. Introduje el brazo pero no había nada. Lo iluminé con el encendedor y sólo conseguí quemarme el dedo. Aquello era profundo. Decidí armarme de valor y sentado en el borde comencé a introducir las piernas. No había manera de tocar fondo. Estaba ya metido hasta el pecho cuando abandoné. Aquel maldito agujero apestaba a humedad y, sin embargo, parecía conducir al infierno. Tenía los nervios a flor de piel y no podía seguir. Necesitaba equipo, un carburo, unas cuerdas y, sobre todo y desesperadamente, una botella de ginebra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me llevó casi una hora volver a dejar todo como estaba. Afortunadamente encontré un martillo y clavos y pude volver a clavar el entarimado. Para más seguridad derramé sobre el lugar un poco de aceite que cubrí con serrín. Nada delataba la manipulación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tuve más remedio que dejar a Julián fuera. El trastero debía pasar lo más desapercibido posible en las pesquisas policiales. Seguía nevando y la manta se fue cubriendo de copos.&lt;br /&gt;La policía iba a volverse loca. Si no dejaba de nevar mis huellas iban a quedar borradas y sólo encontrarían un cadáver en mitad del jardín, bajo un blanco sudario de nieve y con una pistola en la mano. Igual que los que perdieron la vida en la estepa. A Julián le hubiera gustado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tenía que desaparecer de allí a toda prisa. Repasé los detalles una vez más y me dirigí a la verja. Comencé a trepar con los nervios a flor de piel, voraces como una manada de gusanos carnívoros. Por eso cuando sentí una mano tirando de mi gabardina recordé todas aquellas historias infantiles de aparecidos, muertos y cementerios, y lancé un grito desgarrador. Caí de espaldas al suelo y antes de poder reaccionar algo golpeó mi cabeza. Perdía el sentido pero aún tuve tiempo de pensar: este muerto es un hijo de puta&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-6454349675726151685?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/6454349675726151685/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=6454349675726151685' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/6454349675726151685'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/6454349675726151685'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/08/cap-3-4.html' title='CAP 3º - 4'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-5863958465744290021</id><published>2008-08-17T20:23:00.003+02:00</published><updated>2008-08-17T20:35:29.069+02:00</updated><title type='text'>CAP 3º - 3</title><content type='html'>“A Belén pastores, a Belén chiquitos” cantaba el altavoz de los grandes almacenes camuflado tras un abeto de plástico dorado. Era Navidad y la gente caminaba en manadas por la calle, cargada de paquetes, de bolsas, de carritos con botellas y langostinos congelados, preparando su cena familiar, anual y sonriente. Las pagas extras se evaporaban como copos de nieve en una plancha ardiente, como si ese dinero pagano les quemara los dedos en tan espirituales fechas y nunca fuera bastante para comprar toda la felicidad que necesitaban.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y yo, perdido entre la muchedumbre, pensaba también en mi regalo. Una Laura de largas y torneadas piernas, vestida con un lacito azul como único atuendo. Campana Laura, campana Marcial. Campana sobre campana y sobre campana una, hasta dar las doce.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los niños pegaban las narices llenas de mocos a los escaparates, fascinados por el río de plata del belén de musgo artificial y cuevas de corcho, eligiendo mentalmente ser el apuesto legionario romano que hacía guardia frente al palacio de Herodes, y soñando con sus regalos al ver a los repintados Reyes Magos acercarse desde una loma de escayola. Mi regalo, por el contrario, se alejaba en un viejo tren, camino de Alicante, escoltado por un Melchor monja, un Gaspar representante de turrones de Jijona y un Baltasar guineano que lo había depositado en la estación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un grupo de infantes me rodeó con curiosidad, tironeándome de la casaca roja. Iba a apartarlos con un capón cuando caí en la cuenta de que no hubiera resultado lo más adecuado. Mi traje rojo con ribetes blancos, las botas y el cinturón negros, unidos a mi larga y cerrada barba blanca, mi gorrito de dormir colorado y la campana plateada, sólo podían significar una cosa: iba disfrazado de papá Noel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Barboteé un confuso jo-jo-jó a modo de risotada y les acaricié el pelo, no sin la secreta convicción de que iban a pegarme algún piojo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Borja, no molestes al señor —recriminó a uno de los niños una señora flaca y seca, pero aún de buen ver.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No se preocupe señora —contesté—, estamos recaudando fondos para...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Estupendo, estupendo —cortó ella—. Estaré encantada de contribuir, por supuesto, pero me gustaría pedirle un favor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Horror, pensé viendo por dónde venía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es una tontería, pero me gustaría hacerle una foto con el niño sentado sobre sus rodillas. Será sólo un momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Maldita profesión. Y yo que había considerado una buena idea robarle el disfraz a punta de navaja a un pobre desgraciado que hacía publicidad callejera. Pensé que disfrazado me libraría de posibles perseguidores, sin reparar en que sólo cambiaba el tipo de peligro. Antes de que pudiera darme cuenta tenía al niño sentado sobre las rodillas y a la mamá en frente, máquina en mano, esforzándose en inmortalizarnos entre el bullicio y los empujones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ya está. Tome señor y muchas gracias —dijo tendiéndome un billete de cien duros—. Borja, dale un beso al señor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Me da asco —dijo la criatura—. Huele a naftalina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El rostro de su madre adquirió un tono bermellón muy favorecedor. Aunque a ella no debió parecérselo ya que le atizó al niño una sonora bofetada antes de perderse en la multitud. Sonreí sádicamente para mis adentros, pero el gozo duró sólo unos instantes. El tiempo suficiente para sentir sobre las piernas una fría sensación de humedad. Aquel proyecto de hijo de puta me había meado encima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Escapé de allí antes de que se corriera la voz y tuviera que soportar a todos los niños de la zona defecando sobre mí, dándome tirones de la barba y pellizcándome los huevos al levantarse. Entré en el primer bar que encontré a tomar una ginebra y quitarme aquel apestoso disfraz de caperucito navideño. Aproveché el cambio de indumentaria para irme sin pagar, y el ahorro y la copa me devolvieron la placidez. Ya más tranquilo me encaminé hacia “Las Intocables”, para esperar la llamada de mis amigos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mary tenía abierto, pero no había entrado ningún cliente. Ni aún así se alegró al verme. No le caía bien a la Sorda y si tragaba era por el Tanganica que ejercía sobre ella una extraña y oscura fascinación con su cara negra de besugo al horno y su panzón redondo y bamboleante. Pedí otra ginebra y un poco de agua en la que disolví uno de los Alka-Seltzer que acababa de comprar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sabía que esa noche iba a ser importante y necesitaba ponerme en marcha cuanto antes. Sin embargo los elementos se coligaban en mi contra. El tiempo transcurría desesperadamente lento y el teléfono no quería sonar. Además Mary bizqueaba de muy mala forma con su ojo tuerto y me estaba empezando a poner nervioso. Para colmo entró un borracho madrugador y en vez de enrollarse con una de las beldades del local se sentó a mi lado empeñado en contarme su vida. Estaba a punto de partirle un vaso en la cara cuando finalmente sonó el teléfono.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es para ti —dijo la Sorda en tono iracundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Corrí junto al aparato y al otro lado de la línea reconocí la voz de Armengoa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Marcial, soy yo. Oye que ya he hablado con mi amigo el de los sucesos. Que no te has cargado a ninguno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Eso está bien, ¿qué más?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pues nada, cosas muy curiosas. Que uno, el que puede hablar, dice que es un turista de vacaciones en España.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—El italiano, claro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—El mismo. El otro, que tiene casi todo roto, es hijo de un fabricante de embutidos de Olot. En el carné dice que es estudiante, soltero y que tiene treinta y seis años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Criaturita, ¿qué más?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Nada más. No tienen antecedentes y aseguran que las armas las abandonó allí el loco que les embistió con el coche, o sea tú.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No, si me habrán denunciado —dije ya un tanto harto de gánsteres limpios. Iba a acabar resultando que el enemigo público número uno era yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No mira, eso no. Dice que no recuerda nada, que fue todo muy rápido y que el loco, o sea tú, se dio a la fuga antes de que pudiera ver nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—En resumen... —corté con impaciencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Nada que pueda servirte. El italiano no es mafioso porque se sabría, al menos eso dice mi amigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Bueno Armengoa, olvídalo. Muchas gracias por todo. Ahora quiero que te pierdas durante unos días.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Descuida, no vas a tener que decírmelo dos veces. Me voy mañana a San Sebastián a pasar unos días con la familia, ya sabes, la Navidad y todas esas cosas. Bueno Marcial, cuídate mucho. Agur, chaval.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Colgó el teléfono dejándome sumido en la más absoluta confusión. ¿Quién era toda aquella gente que nos perseguía? ¿Qué tenían contra mí el gremio de charcuteros de Olot y los turistas italianos? ¿Qué estupidez era todo aquello? No tenían antecedentes ni eran conocidos en medios policiales, pero eran capaces de freírte a tiros con absoluta frialdad y eso sólo son capaces de hacerlo los profesionales. No es que uno tenga carné de matarife, pero si alguna vez había tenido que meterle un plomo a alguien después me había pasado dos días con el baile de San Vito, tomando el café con pajita. Algo gordo se estaba tejiendo tras esa extraña historia de la Tabla Esmeralda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sonido del teléfono interrumpió el hilo de mis pensamientos, cosa que por otra parte tampoco me importó mucho: en aquella madeja se había estado afilando las uñas un gato epiléptico y ahora a ver quién era el guapo que se hacía un jersey.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Albino llamando a yogurtera, albino llamando a yogurtera, cambio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era el Tanganica jugando a los agentes secretos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sin coñas Tanganica, que esto es muy serio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se carcajeó como un cachalote con resaca y me contó que Laura iba camino de Alicante. Que había hablado con Rosario y que todo estaba arreglado. Le agradecí su colaboración y le dije como a Armengoa que desapareciera hasta que todo acabara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Y cómo sabré cuando se ha acabado?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Muy sencillo —contesté—. Cuando veas mi esquela en los periódicos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-5863958465744290021?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/5863958465744290021/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=5863958465744290021' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/5863958465744290021'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/5863958465744290021'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/08/beln-pastores-beln-chiquitos-cantaba-el.html' title='CAP 3º - 3'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-1580840365822551891</id><published>2008-08-06T13:13:00.002+02:00</published><updated>2008-08-06T13:18:05.272+02:00</updated><title type='text'>CAP 3º - 2</title><content type='html'>Son manías. Dicen que son manías, pero no me gusta estar sentado de espaldas a la entrada. Fumaba plácidamente un Farias mirando distraídamente la puerta, cuando entraron dos fulanos con tufo a pólvora. Tenían el aspecto discreto y frío de los profesionales y estudiaban el amplio local sin despertar sospechas. Llevaban guantes, holgados abrigos oscuros y obviamente no buscaban mesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me levanté discretamente y caminé hacia los servicios. No había terminado de cerrar la puerta cuando una voz ronca y sin el menor titubeo ordenó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Que nadie se mueva. Permanezcan tranquilos en sus sitios y no pasará nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los perros nos habían seguido y yo me encontraba encerrado en el retrete sin saber muy bien qué hacer. Mi ausencia les desconcertaría, pero sólo durante unos instantes. Tenía que actuar con rapidez y la máxima prudencia. A Laura, Armengoa y el Tanganica podían freírlos al menor descuido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reparé en un pequeño ventanuco de ventilación que comunicaba con el patio y no lo pensé dos veces. Trepé y me lancé al vacío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Caí sobre un cajón de botellas vacías y el estrépito hizo asomarse a la ventana a media comunidad de vecinos. Era un patio interior y no comunicaba con la calle. Con la adrenalina a punto de estallar di una patada a una ventana y me colé en una casa. Otra vez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un tipo gordo y sudoroso que estaba viendo la televisión en camiseta se abalanzó sobre mí con inequívocas intenciones. Sin tiempo para más correctas explicaciones, hice una finta y le reventé la cara de sorpresa con un bofetón. Necesitaba llegar a la puerta y en dos saltos lo conseguí. Bien es verdad que para abrirla tuve que apartar sin excesivos miramientos a una vociferante criatura, que enfundada en un delantal rosa y con una amenazante cuchara de madera en la mano gritaba: “Asesino, asesino...”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gané las escaleras y llegué a la calle. Corriendo di media vuelta a la manzana y llegué con el tiempo justo para ver arrancar el coche de los matones con mis tres amigos dentro.&lt;br /&gt;Posiblemente mi ausencia les había salvado la vida. Era a mí, más concretamente a mi solicitado pellejo, a quien buscaban y encontrarles solos debió desconcertarles. Ahora necesitaban nuevas instrucciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Detuve un taxi y antes de que pudiera reaccionar había abierto la puerta, arrojando al suelo al conductor, ocupado su plaza y salido pitando tras los secuestradores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La persecución no fue muy larga ya que iban a cambiar de coche. Los muy cabrones conocían bien su oficio. Se situaron a ambos lados del vehículo y mientas uno abría la puerta el otro vigilaba con la mano dentro del abrigo. Sin embargo me lo habían puesto a huevo. Aceleré y lancé el coche contra uno de los costados de su automóvil. El impacto fue terrible y pude oír perfectamente el chasquido de los huesos del cuervo que vigilaba el lado por el que choqué. El testarazo contra el cristal fue de muerte. Me abrí una ceja hasta la altura del tobillo y comencé a sangrar como un decapitado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo las cosas habían salido bien. El coche en el que se encontraban mis amigos había volcado y el otro secuestrador se encontraba atrapado debajo, pataleando como un bebé hambriento. Hubiera jurado que la manilla de la puerta le estaba aplastando las pelotas. Bajé a toda prisa y vi como la ventanilla comenzaba a abrirse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Hijo puta, cabrón —gritó el negro nada más asomar la cabeza—. Yo te mato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— No, no. Le mato yo —gritaba Armengoa pugnando por salir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Y Laura? —grité.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Se ha desmayado, pero creo que está bien —contestó Tanganica ayudando a salir al librero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A todo esto, un numeroso y estupefacto público comenzó a arremolinarse en torno nuestro, convirtiendo aquello en una feria. Había que darse prisa porque la policía no tardaría en aparecer. El Tanganica cogió a Laura en brazos y preguntó que qué hacíamos. Lo malo es que eso era lo mismo que me preguntaba yo. Coger un taxi no, desde luego.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Armengoa nos sacó del apuro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Aquí están las llaves del coche en el que nos iban a meter. Es ese Renault blanco.&lt;br /&gt;Nos instalamos en él. Iba a arrancar cuando el Tanganica me dio un codazo, cambiando de asiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Deja, conduzco yo, si no te importa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue apenas arrancar y doblar la esquina cuando las sirenas de la policía comenzaron a sonar por todos lados. Les iba a faltar libreta para el atestado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El negro nos llevó a “Las intocables”, ya más cuartel general que burdelito apacible, y allí, entre copa y copa para recuperar el color, se nos fue pasando el susto. Laura volvió en sí y mientras lo hacía murmuraba: “Está loco, está completamente loco”, refiriéndose, supongo, a mí, en desagradecido delirio por mi eficaz operación de salvamento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mary la Sorda no se encontraba precisamente feliz con nuestra visita y aseguraba estar hasta el moño y otros lugares de parecido nombre con nuestras locuras y que aquello no era un hospital, que nos fuéramos a la puta calle, que nos iban a matar allí mismo y que le íbamos a joder el negocio, pero el Tanganica le dio un par de pellizcos y a la sorda se le leyó en el ojo sano que le gustaban el negro y el bochinche, y que iba a tragar lo que hiciese falta, sobre todo si el papel de unos billetes le ayudaba a hacer la digestión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Me cago en Dios —maldijo Armengoa como buen vasco que era— y yo que me hice librero porque era una profesión tranquila...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Bueno, coño —dije yo—, era una situación desesperada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Te los has cargado —insistió—. Al menos a uno te lo has cargado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Que no hombre, que no —terció Tanganica—. Uno gritaba y el otro, por lo menos cuando nos hemos ido, todavía respiraba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hizo una pausa y sonrió. El negro nunca perdía el buen humor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Como mucho le cortan las piernas y arreglado. Siempre puede dedicarse a vender tabaco en las Ramblas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era un consuelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿En las Ramblas? —pregunté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Es que era catalán. Ése por lo menos. Quería que pagáramos la gasolina entre todos —bromeó—. El otro era extranjero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Italiano —aclaró el docto Armengoa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿La Mafia otra vez? —pregunté un tanto acongojado y sirviéndome una nueva copa de matarratas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— No lo sé, hablaron muy poco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Bueno. Me importa un huevo. La Mafia, la CIA, la guardia suiza del Vaticano o los jémeres rojos. Me los paso por el forro. Este asunto hay que resolverlo y ya. Quiero ver actividad. Tú Tanganica, coge a la huérfana y me la mandas en el primer tren para Alicante. Que vaya a ver a tu amiga la hotelera y al cornudo de su marido. Tú Armengoa, quiero que averigües todo lo que sea posible sobre vuestros secuestradores o lo que quede de ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Estupendo —apuntó el librero—. Tengo un amigo periodista que se dedica a los sucesos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Yo no me voy —dijo Laura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había aprendido a distinguir cuándo la huerfanita hablaba en serio, así que procuré medir mis palabras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Mira Laura, este asunto es más feo de lo que pensaba. Aquí hay gente que está dispuesta a todo, aunque todavía no entiendo muy bien por qué. Quieren liquidarnos. Sabemos algo relacionado con ese pergamino que no les interesa que se divulgue y quieren quitarnos del medio. Éstos llevan muchos años en la calle y me imagino que sabrán cuidarse. Además negros y libreros vascos los hay a montones y si se los cargan no pasa nada, pero tú...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Yo qué? —preguntó ella mirándome fijamente a los ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Joder con las palabras. Había empezado largando una arenga y casi acabo declarándome.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Tú... tú te vas con el Tanganica. Negro, mete a ésta en el primer tren que salga de Madrid, aunque sea dentro de una maleta. Y no quiero excusas. Ahora me voy. A las once en punto estaré aquí y quiero que me llaméis, así que apuntaros el teléfono.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Y tú que vas a hacer? —preguntó Laura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Ir a misa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y al ver la sonrisa en su rostro, no pude evitar sentirme un poco menos viejo, un poco menos feo y un poco menos tonto.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-1580840365822551891?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/1580840365822551891/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=1580840365822551891' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/1580840365822551891'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/1580840365822551891'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/08/cap-3-2.html' title='CAP 3º - 2'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-4145345865304251008</id><published>2008-08-02T09:34:00.002+02:00</published><updated>2008-08-02T09:42:59.330+02:00</updated><title type='text'>CAP 3º - 1</title><content type='html'>Hay que tener amigos hasta en el infierno. Ése fue siempre mi lema. Yo no soy rico, no tengo influencias, ni puedo mover hilos desde el poder. Mi única fortuna son las amistades. No es que sea un capital como para proponerme matrimonio, pero tiene algunas ventajas. Te permite pedir algún favor y ser atendido; conseguir mesa en un restaurante completo o tomar copas en un bar de putas a un precio razonable. Por eso aquella mañana cuando salí de casa de Laura y vi al Truchas bajándose del coche, no pude dejar de acercarme y saludarle con un emocionado abrazo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Truchas es policía, le conozco hace mil años y siempre nos habíamos llevado bien. Poco después me llevaba esposado, camino de la comisaría, acusado de allanamiento de morada, secuestro y agresión con lesiones. El coche de Judas me trasladaba hacia el Calvario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Marcial, te he jodido —comentaba con pérfida sonrisa—. Llevaba años esperando este momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Truchas —le llamé cortándole el delirio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí, Marcial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Estate atento al tráfico, joder —dije para romper el fuego—. Mira, tú y yo nos conocemos hace muchos años, ¿verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí, Marcial, y ahora te he jodido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Bien, pues escúchame. Son las nueve y diecisiete de la mañana. A las doce cero-cero, tengo una cita vital —advertí en plan ejecutivo de alto standing—. Como a las doce en punto no esté donde he quedado voy a hacerme una mariconera con el forro de tus pelotas, ¿te parece bien?&lt;br /&gt;El muy zorro no contestó nada y sin dejar de mirar al frente, comenzó a cantar con su voz de chinchilla:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—“Si te ha pillao la vaca jódete, jódete...”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La llegada a la comisaría fue una delicia. Un grupo de espontáneos que a tan temprana hora hacían cola para denunciar, madrugadores, atracos y robos diversos, se ofreció voluntario para lincharme y entretener así su larga, aburrida e inútil espera. Sólo la decidida actuación de las fuerzas del orden impidió tan cobarde, cruel y equivocado acto. No pudieron evitar, sin embargo, que mi indefensa persona sufriera algunas magulladuras, varios desgarrones y un buen número de golpes, en especial los de una robusta sádica, de edad indefinida y huera, con el pelo oxigenado, que manejaba un bolso marrón, seguramente relleno de pesas de acero, con maníaca pericia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las siguientes horas transcurrieron con desesperante lentitud. Pude localizar a Laura, pero me empeñé en que el Tanganica la escoltara hasta la comisaría y eso ya no fue tan sencillo. Finalmente uno de los agentes que había hecho la ronda nocturna me echó una mano. Aseguraba haberlo visto en lo de Paca la Pescadera que, contra lo que pueda parecer, no regentaba un negocio de pescados sino el burdel más cutre y tirado de la villa. Al parecer el negro había decidido montarse una orgía con las dos mil pelas. El resto fue fácil. Un par de llamadas más y la voz de cavernícola del Tanganica resonó al otro lado de la línea. Le di instrucciones de que recogiera a Laura y se plantaran en la comisaría del barrio la Estrella en menos de veinte minutos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No fueron precisamente veinte minutos, sino una larga y desesperante hora, pero al final aparecieron. Laura, como siempre, con esa apabullante confianza en sí misma tan suya; el negro con su atávica prudencia. Ella se había puesto un vestido rojo de muselina capaz de despertar las simpatías del comisario más huraño. Él, no muy aficionado a los locales de ley y orden, prefirió esperar fuera tomándose un botellín en el bar de un supermercado cercano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La huerfanita habló con el comisario y le contó la historia más inverosímil del mundo. Habló asimismo con el desafortunado Jorgito que aún estaba en el hospital, rogándole que confiara en ella. Consiguió que retiraran las denuncias y poco antes de las doce me pusieron de patitas en la calle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al fin libres. Si no nos freían a tiros en el corto camino hacia la cita era muy posible que llegáramos puntuales. Y digo llegáramos porque Tanganica y Laura insistieron en acompañarme. Así que cogimos un taxi y nos plantamos en la cara oeste del Retiro. Dejé al negro emborrachándose con Armengoa y Laura y yo nos acercamos a ver a Julián el jardinero, quien nos recibió con toda cordialidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era un tipo curioso, bajito y reseco como una mojama, pero nervioso y lleno de energía. El edificio no era excesivamente intrincado, pese a las apariencias. El mayor inconveniente residía en no saber lo que buscábamos. Desdeñé en principio las dependencias administrativas y de uso continuo que liquidé con un vistazo, centrándome especialmente en aquellos lugares de poco uso, rincones polvorientos y desvanes clausurados. Julián nos habló de cada detalle, de cada lugar y cada telaraña de la compleja instalación técnica como un profesor con sus alumnos visitando el museo del Prado. Y entre lección y lección nos contó su azarosa vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Ah, don José, qué gran señor! Un señor de los de verdad. Yo de él, lo que me pida —nos explicó mientras descendíamos por una intrincada escalera—. Nos conocemos desde chavales. Nos criamos juntos en la Arganzuela y no nos separamos hasta que volvimos de Rusia, porque, ¿saben ustedes?, don José y yo estuvimos juntos en la División Azul. Y es más, si no llega a ser por él, yo no podría estar aquí escuchándoles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Le salvó la vida? —preguntó Laura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No exactamente. Estábamos en la estepa, hacía un frío de mil demonios y él me meó en las orejas cuando yo casi las tenía perdidas por la congelación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estaba harto de dar paseos, de subir y bajar escaleras, de visitar despachos y dependencias, sótanos y almacenes, sin descubrir nada interesante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Lo hemos visto ya todo? —pregunté un tanto decepcionado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí señor —contestó él ya junto a la salida—. Lo siento, pero ya le dije que aquí no había nada extraño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿No queda algún otro sitio por ver, no sé, un trastero o algo así?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Encogió los hombros y me miró con gesto compungido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ya le he enseñado todo. No hay más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hizo una pausa y prosiguió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Bueno, como no quiera ver el cuarto de los aparejos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿El cuarto de los aparejos? —pregunté yo, sintiendo que se encendía una débil lucecilla de esperanza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí, el cuarto en el que guardo los aparejos del jardín.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Vamos allá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se trataba de un pequeño cobertizo en la trasera del observatorio, que no se veía desde el exterior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ahora que recuerdo —dijo Julián mientras nos dirigíamos hacia allí—, hay una cosa extraña, tal vez no tenga importancia, pero...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Hable, por favor!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Yo hará unos siete u ocho años que utilizo ese cuarto para las herramientas, pero antes...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Continúe —insistí cada vez más excitado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Antes había ahí siempre un guardia de vigilancia. Epifanio se llamaba, pero se jubiló hace unos años y no vino nadie a sustituirle, lo que no es extraño porque en ese cuarto no hay nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Efectivamente. Se trataba de una pequeña habitación de tres por tres con el suelo entarimado de madera, en la que sólo había trastos y un buen montón de telarañas. Aún así repasé minuciosamente cada detalle, sin conseguir encontrar nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dimos las gracias a Julián y nos fuimos a buscar a Tanganica y Armengoa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Qué extraño —comentó este último—. Bueno Marcial, tómatelo con calma. Al fin y al cabo, mañana es Nochebuena. Déjalo correr.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era cierto. La Nochebuena se me había echado ese año encima a traición, sin más aviso que el de Armengoa. No había nada que hacer. Sin embargo no podía quitarme de la cabeza que la clave de todo el asunto estaba en el recinto del observatorio. Tal vez en aquel pequeño trastero, porque si no ¿qué razón tenía haber mantenido ese lugar vigilado durante tantos años? Aunque nunca se sabe, en la extintocracia pasaban cosas muy extrañas. Quizás en alguna ocasión una autoridad o el mismísimo Franco  visitara el observatorio, pusieron allí un guardia a la caza de judeo-masones o filocomunistas y después, cosas de la hábil burocracia, se olvidaron de quitarlo. Sin embargo una abeja zumbona y pertinaz  revoloteaba por mis ideas sin dejarme descansar. Tenía que volver al observatorio, pero prefería hacerlo solo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Os invito a comer —dijo Armengoa impulsivo. Iba a advertir apresuradamente que lo más prudente sería volver al apartamento, cuando ya el Tanganica y Laura estaban elaborando el menú y eligiendo restaurante. Eso es lo malo de trabajar con aficionados: tienen argumentos irresistibles.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-4145345865304251008?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/4145345865304251008/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=4145345865304251008' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/4145345865304251008'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/4145345865304251008'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/08/cap-3-1.html' title='CAP 3º - 1'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-1999993176338538213</id><published>2008-07-26T13:03:00.002+02:00</published><updated>2008-07-26T13:11:06.273+02:00</updated><title type='text'>CAP 2º - 9</title><content type='html'>Abrí la puerta y allí estaban los dos. La rubia y el negro. Él no tenía el pelo rizado ni enseñaba su blanca dentadura cantando “As Time Goes By”, ni ella agitaba su melena intentando camelarme dos billetes para la libertad al son de la Marsellesa. Y sin embargo estaban preocupados, me echaban de menos, velaban por mí, se estremecían ante mi tardanza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ah, ¿ya estás aquí? —dijo ella mientras se repasaba el esmalte de las uñas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Toma —dijo él entregándome un molinillo de café estropeado—, a ver si puedes arreglarlo. Tengo que salir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mis investigaciones al más alto nivel, mis contactos y sudores, mis desvelos y preocupaciones, todo baldío ante un molinillo de café como único reposo del guerrero. Ganas me dieron de arreglarlo e irme introduciendo en él con morbosa e indiferente sonrisa. Si no doliera tanto...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Cómo ha ido todo? —preguntó finalmente la huerfanita, agitando sus manos en abanico y soplándose delicadamente sobre las recién pintadas uñas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ha sido un día terrible, querida. He llegado dos minutos tarde a fichar y el jefe me ha llamado a su despacho para echarme la bronca. Ha vuelto a bajarme el sueldo. Ya sé, no digas nada. Tendremos que sacar a los niños del colegio y dejar a tu madre sin su ración de   heroína.  ¿Crees que si le diéramos azúcar notaría la diferencia?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Laura me miró largamente con paciencia y resignación, para finalmente murmurar:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Marcial, a veces pienso que no eres una persona seria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Que no soy una persona seria? —barboteé presa de la más ciega indignación—. ¿Que no soy una persona seria? —repetí ya más retórico—. Llevo toda la mañana jugándome el tipo en la calle por un asunto que en realidad ni me va ni me viene y del que no he conseguido sacar ni un puñetero duro, palizas, tiroteos y persecuciones a parte, ¿y qué me encuentro?, di ¿qué me encuentro? Tú haciéndote las uñas como un ama de casa aburrida, preguntándome ¿cómo te fue todo? con voz de pito, y a un negro caníbal entretenido con un molinillo de café. ¿Y no soy una persona seria? La que no es seria eres tú. Una niñata jugando a policías y ladrones, en plan místico por si fuera poco, y enredando al primer imbécil que se le pone a tiro en una historia con más mentiras que una declaración de Hacienda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No pude decir más. Por un momento pensé que iba a abofetearme y apostaría a que esa idea se le pasó por la mente. Sin embargo, recuperó su dignidad, respiró hondo y se dirigió a una pared de la que descolgó un cuadro. Abrió una caja fuerte camuflada y me arrojó a la cara un fajo de billetes como un ladrillo de seis agujeros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Lárgate —dijo con mal contenido furor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Iba a hacerlo pero un impulso irrefrenable me acometió. Cosas de la indignación. Me arrojé sobre ella y atrapándola entre mis brazos, rodamos sobre el sofá. Ella pataleaba y me golpeaba con todas sus fuerzas, pero fue inútil. Apoyé mis labios en su boca y como era de esperar fue calmándose y entregándose a la faena. Pronto, muy pronto, su boca se abrió ávida de mis besos y allí lancé la lengua en misión de reconocimiento. Todo perfecto y conforme a lo esperado, salvo por un detalle. Cuando mi lengua iniciaba un juguetón paseo por su tráquea, ella cerró los dientes, apretó las mandíbulas y mordió con toda la fuerza de que era capaz. Yo sentía que me ahogaba a causa de la sangre. Aún así saqué fuerzas de flaqueza y rodeando su cuello con los dedos comencé a estrangularla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sé cómo hubiera terminado aquello si dos fuertes brazos no nos hubieran levantado por los aires y tras agitarnos un par de veces no nos hubieran hecho soltar nuestra presa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Pero es que os habéis vuelto locos? —preguntó Tanganica muy sorprendido por el espectáculo que había presenciado a su vuelta de la calle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Allí estábamos los dos, caídos en el suelo, extenuados, mirándonos con los ojos desorbitados y al acecho como dos fieras en la jungla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Si me das una tirita para sujetar los pedazos de lengua tal vez te pueda contestar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue ella la que rió primero, lo juro. Y aunque maldita la gracia que tenía, yo también acabé sonriendo al escuchar sus carcajadas. Quién podía no hacerlo viéndola allí en el suelo sonreír con esa tan hermosa —aunque tan asesina— boca. Y qué guapa estaba con todo el pelo revuelto sobre la cara y el vestido desgarrado, mostrando más de lo que uno pueda llegar a ver sin derretirse como una velita de cumpleaños.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El negro no entendía nada y tuve que darle dos mil pelas y una patada en el fofo trasero para que fuera a comprar champán. Le empujé hasta la puerta y le susurré al oído:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Quedas libre hasta mañana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pero...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Piérdete.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y se perdió. Aquel negro también tenía el alma blanca y como además tenía buena boca, con aquellas dos mil pelas podía conseguir algún favor, sino de mucha calidad, sí de buen hacer y mejor empeño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Teníamos champán en la nevera —dijo Laura cuando cerré la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ya lo sabía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿No pretenderás seducirme? —preguntó cargando todas las tintas en su más desvergonzado mohín.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Imposible —contesté resignado—. Tengo el frenillo roto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella me rodeó con los brazos mientras susurraba en mi oído:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Siempre me gustó el bricolage.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-1999993176338538213?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/1999993176338538213/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=1999993176338538213' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/1999993176338538213'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/1999993176338538213'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/07/cap-2-9.html' title='CAP 2º - 9'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-599992627870594930</id><published>2008-07-18T10:41:00.002+02:00</published><updated>2008-07-18T10:48:27.338+02:00</updated><title type='text'>CAP 2º - 8</title><content type='html'>Dejé a Laura en su apartamento con el negro como vigilante y me lancé a la calle. No tenía una idea clara de cuáles iban a ser mis pasos. Sin embargo prefería pisar acera y respirar polución a aguardar en un agujero a que alguien viniera a echarme tierra por encima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El asunto tenía una clave. Una clave que yo podía poseer, dado el afán que mostraban algunos por quitarme del medio. Fuera quien fuese el que estuviera detrás de aquello, no quería competencia. Sin embargo, no tenía muy claro el caso que tenía entre manos. Era como llevar un monigote a la espalda y que todos se rían de ti sin que aciertes a explicártelo. Sea como fuera, mi respuesta debía encontrarse en el punto “0”: el observatorio astronómico del Retiro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hacia allí me encaminé. La cuesta de Claudio Moyano era un lugar ideal para iniciar mis pesquisas y permitía estar cerca del objetivo sin hacerse notar. Estaba hojeando unos libros polvorientos cuando alguien me llamó desde el otro lado del mostrador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Marcial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Coño, Armengoa, ¿qué haces tú por aquí?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Yo vender libros, que es lo mío —contestó con una sonrisa—. Me aburro en casa y mientras me arreglan el local le vigilo el tenderete a un amigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se trataba de uno de esos pequeños quioscos de madera que como casas de enanitos se extienden a lo largo de toda la cuesta, en los que uno puede encontrar los libros más sugerentes a los precios más asequibles, y en los que se adjunta, como regalo, una espesa capa de polvo gratis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Así que como el negocio no es mío y tus visitas acostumbran a ser el preludio de una catástrofe, voy a echar el cierre y te invito a tomar algo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nos dirigimos a un bar cercano en Atocha y frente a un café le conté mis penas y lo revueltas que andaban las cosas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sé que la clave del enigma se encuentra en el observatorio —le dije apurando el café y solicitando del grasiento camarero algún brebaje más alentador—. El problema es que no sé cómo voy a entrar a investigar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pero si allí hubiera algo extraño lo habrían descubierto hace tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Tal vez sí y tal vez no. Un ladrillo no es más que un ladrillo hasta que sirve para aplastarle la cabeza a alguien —repliqué sherlockholmesco—. Entonces ese ladrillo ya no es un simple ladrillo, es el arma del crimen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Entiendo. Tal vez tú repares en algo que  le pasaría desapercibido a alguien que estuviera acostumbrado a verlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Exactamente. Pero tendría que verlo todo, de arriba a abajo; subir, bajar, meterme en todos los sitios. Mi problema es que no sé lo que busco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras un minuto de silencio el librero comentó como de pasada:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es sencillo. Sólo necesitas conocer a alguien que trabaje en el observatorio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Iba a cagarme en su padre cuando una luminosa idea brotó de mi mente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Coño, Armengoa, eres un genio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le di un beso en la calva, le pedí que pagara las consumiciones y corrí a una cabina con todo el cambio que pude reunir. Mi salvación estaba a cuatrocientos kilómetros, en un bar de putas de Alicante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras un par de llamadas conseguí hablar con Pepe el madamo que se mostró encantado de volver a oír mi voz. Le pedí el favor y aseguró que intentaría ayudarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Voy a ver si puedo arreglarlo. Dame tu teléfono y te llamo dentro de media hora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Estoy en una cabina, ya te llamaré yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Compré un periódico, pero no lograba concentrarme en la lectura. El tiempo pasaba endiabladamente lento y yo necesitaba aquella respuesta. Finalmente se cumplió la media hora y corrí hacia la cabina. Una señora bajita y gorda, con dos coliflores sobresaliendo de la cesta de su compra, se me adelantó en el sprint final y tras un feo culetazo antirreglamentario se introdujo en la cabina. Comenzó a echar monedas y más monedas y hablar y hablar sin medida ni clemencia. Me sentía como una máquina a vapor con el escape taponado. Estaba ya a punto de asaltar la cabina y estrangularla cuando se decidió a salir. Entré y marqué. Comunicaba. Volví a llamar y por fin escuché la voz de Pepe al otro lado de la línea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Has tenido suerte. No quedaba nadie de mis tiempos trabajando en el observatorio. Nadie, salvo una persona, Julián el jardinero. Él puede enseñarte lo que quieras. Hicimos la guerra juntos y cuenta con toda mi confianza. Acabo de hablar con él y me ha dicho que vayas mañana. Te tratará bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras los agradecimientos debidos y con la firme promesa de visitarle en la primera ocasión, me despedí de él loco de alegría. Entré en un bar y pedí una ración de Jabugo. Aquello había que celebrarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En tan gustoso trance me hallaba, comiendo pata negra a dos carrillos y trasegando una botella de fino, cuando dos orondos matrimonios del país aposentaron sus ejemplares traseros en las cuatro banquetas contiguas a la mía. Su conversación, a la que rápidamente conecté la antena, era también pata negra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Cuatro cañas, niño... —pidió el caballero más bajito, emparentado a lo que se veía con la más gorda de las gordas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Qué lástima nos dio no haber podido ir —dijo la gorda más gorda y la voz le surgía de la garganta, ensombrecida por el eco de la triple papada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No te creas —la consoló la gorda medalla de plata—. No fue para tanto. Una boda como todas las bodas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Aún así. Este hombre mío siempre encuentra cosas que hacer en los momentos más inoportunos. Seguro que tiene una querida en el trabajo —dijo señalando a su alfeñique marido, que no sólo parecía incapaz de tener una amante, sino tan siquiera de imaginarla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Lo celebraron en lo del Majerote y estuvimos allí hasta cerca de las cinco —prosiguió la gorda más delgada—. Y no te creas, no pararon de sacar fuentes de langostinos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Al pobre novio casi lo desgracian —comentó el marido de ésta—. Durante la despedida de soltero los mozos lo tiraron al pilón y, claro, como estábamos a cuatro bajo cero lo sacaron hecho un carámbano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los cuatro rieron a grandes risotadas y las gordas aprovecharon el despiste para lanzarse sobre los boquerones en vinagre que les habían puesto de tapa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—A mí el mozo, no sé, no sé. Será todo lo secretario de juzgado que quieras, pero me parece un poco tiquismiquis —apuntó la gorda de la triple papada, mientras se limpiaba un churretón de aliño que le resbalaba por la barbilla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es que es forastero, pero es un buen chico —defendió el caballero que había ido a la boda—. Claro que teníais que haber visto la cara que puso cuando le dijimos de rifar las bragas de la novia —se cachondeó, dándole un codazo al bajito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No me digas que se molestó...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— No. Ya le explicó el cura que era una costumbre del pueblo y que no había nada malo en ello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Y luego bien contento que estaba con el dinero que sacaron —terció la gorda flaca—. Quería rifar también el sujetador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Las ganó el Evencio y estaba tan contento que se las comió mojándolas en chocolate.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Niño, llena —volvió a pedir el calvo—. ¿Y no hubo peleas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Lo de siempre. No falta boda en que no la arme alguno. Menos mal que los novios ya se habían ido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Y cómo fue? —inquirió la gorda monumento nacional.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Nada, por una tontería. El Boleras que tiene la lengua esa que tiene y siempre está ciscándola.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Total, que al Evencio se le debían haber subido las bragas a la cabeza, tiró de navaja y se fue para él hecho una furia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Y le pinchó?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Sí, pero con tan mala suerte que dio en hueso, se le cerró la navaja y se rebanó tres dedos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No se los rebanó —terció nuevamente la mujer—. Se le quedaron colgando y como estaba tan indignado, se los arrancó a mordiscos para seguir pegando con el muñón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Al final lo de siempre —prosiguió el marido, feliz de que le dejaran hablar—. Se cabreó el teniente que estaba también invitado, pegó dos tiros al aire y una hostia al Majerote que se había puesto histérico diciendo que le iban a llenar todo de sangre. Al final hicieron las paces y se fueron a tomar chocolate con churros, pero nosotros ya nos retiramos porque era un poco tarde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Total, una boda como todas las bodas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—A ver, pues lo de siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Jabugo no daba para más y los caballeros se retiraban a mear en compañía para contarse las partes más indecentes de la fiesta, mientras las mujeres despellejaban la más que improbable virtud de la novia. Así que pedí la cuenta y abandoné el local. Laura y el Tanganica debían estar preocupados.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-599992627870594930?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/599992627870594930/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=599992627870594930' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/599992627870594930'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/599992627870594930'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/07/cap-2-8.html' title='CAP 2º - 8'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-1999367272030614642</id><published>2008-07-12T11:17:00.002+02:00</published><updated>2008-07-12T11:24:57.730+02:00</updated><title type='text'>CAP 2º - 7</title><content type='html'>A la mañana siguiente sonaron unos golpes en la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Abre, soy el Tanganica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su voz parecía tranquila, así que abrí no sin tomar algunas precauciones como asomar el ojo por la primera rendija que permitía ver el exterior. Y la visión fue pavorosa aunque de ese asunto, y de lo que el negro sostenía con gesto obsceno entre sus manos a la altura de su bragueta, prefiero no hacer memoria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Mary me dijo que estabais aquí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco después Laura se despertó y con ojos soñolientos miró a derecha e izquierda, extrañada supongo de que su mayordomo no viniera a traerle el desayuno y en su lugar apareciera un negraco enorme sonriendo, en amplia exhibición de su dentadura de caníbal. Mandé al Tanganica al bar de la esquina para que comprara un par de cafés con churros, y mientras desayunábamos en la barra de “Las Intocables” fui trazando el plan de ataque.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Marcial —dijo el negro arrojando al hablar migas de uno de los suizos que se había comprado—, he estado informándome por ahí de lo del asalto a tu oficina. Un asunto feo. Los que pretendían asaros a tiros son profesionales y han venido de fuera, según se dice, de Italia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No me jodas, Tanganica, que con la Mafia no me he metido. Todavía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Eso es lo mejor —contestó apurando su cerveza—. Que según parece no es la Mafia. Es gente nueva y limpia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es un consuelo saber que vienen a España a inaugurar su curriculum delictivo con la muerte de un detective gilipollas que se mete donde no le llaman.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Laura, que había permanecido callada hasta entonces, encendió un cigarrillo y preguntó con cierta preocupación en el rostro:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Y Jorge?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Esa es otra cosa —contestó dirigiéndose a mí—. El niño está en el hospital. Está hecho un cromo, pero parece que no es grave. Vuestros visitantes debieron pensar que estaba seco y lo dejaron correr. En el fondo le salvaste la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No creo que me condecoren por eso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No. Pero los papás del niño son gente importante y te han echado a la policía detrás.&lt;br /&gt;Decidí tomarme la primera ginebra del día y al hacerlo se me ocurrió comentar en plan jocoso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Podía ser peor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Y lo es —replicó el negro—. Han echado en falta a la niña —dijo señalando a Laura— y se te busca por secuestro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Laura comenzó a reírse y el Tanganica, que para lo del humor es muy agradecido, la imitó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué vamos a hacer? —preguntó ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Yo no lo sé, pero tú vas a irte a casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No puedo. Esa gente quería matarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En eso tenía su parte de razón. Aunque no estaba claro si habían intentado liquidarme a mí sólo o a los dos, ella había venido a casa buscando protección. Por otro lado, lo había dicho sin pensar. En realidad no me seducía la idea de separarme de ella. Creo que me estaba acostumbrando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Aquí no podemos quedarnos. Tu casa y mi oficina quedan también descartadas y necesitamos un lugar donde escondernos. Ése es nuestro primer problema.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Iros a un hotel —apuntó Tanganica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No. En esos sitios las noticias vuelan, sobre todo si hay alguien dispuesto a pagarlas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Problema resuelto —dijo Laura, que había comenzado a cepillarse el pelo—. Mi padre tenía un apartamento no lejos de aquí. Lo utilizaba para sus asuntos privados. Siempre fue un hombre muy discreto. El portero tiene las llaves y nadie salvo yo sabe que existe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Ni Jorgito? —pregunté yo con retintín.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ni Jorgito —contestó ella con gesto pícaro.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-1999367272030614642?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/1999367272030614642/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=1999367272030614642' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/1999367272030614642'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/1999367272030614642'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/07/cap-2-7.html' title='CAP 2º - 7'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-1195264332350993736</id><published>2008-07-03T10:11:00.001+02:00</published><updated>2008-07-03T10:23:10.133+02:00</updated><title type='text'>CAP 2º - 6</title><content type='html'>Mary la Sorda no vio con muy buenos ojos que me presentara en su club estando a punto de cerrar y con una chavala como Laura. También es verdad que Mary no veía casi nada con buenos ojos porque era tuerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—La clientela ve a una niñata como ésta y mis pupilas no venden una escoba en toda la noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No le faltaba razón, pero antes de que pudiera cerrarnos la puerta en las narices Laura se adelantó plantándose frente a ella. Por un momento pensé que iba a arañarle por lo de “niñata”, pero demostró ser una mujer mucho más práctica. Abrió su bolso, sacó un fajo de billetes con el que se podía empapelar el pasillo de mi casa y se lo paseó a Mary por delante de los ojos, y ésta, que sería sorda pero no tenía un pelo de tonta, no se lo pensó dos veces. Echó a la calle a los pocos clientes que quedaban y despidió a las niñas. El club “Las Intocables” estaba a nuestra entera disposición.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Serví un par de copas y Mary puso una sábana limpia en el colchón de gomaespuma mientras nos decía:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Y no os hubiera resultado mucho más práctico ir a un hotel?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hablé con ella un momento y la acompañé hasta la puerta despidiéndome hasta el día siguiente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué le has dicho? —preguntó Laura sirviéndose un nuevo trago de un matarratas disfrazado de vermú al que habían puesto el psicodélico nombre de Maritrini, imitando al popular italiano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Que eras una pervertida y te gustaba hacerlo en sitios así.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Qué emocionante —dijo ella con una sonrisa de felicidad—. Nunca había estado en un lugar como este.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me gustaba verla feliz. Se sentía a gusto en aquel club apestoso y estoy convencido que de haber mediado entre nosotros una relación más íntima, lo que para mi desgracia no era el caso, no hubiera dudado en jugar conmigo a la cabaretera, sentada sobre la barra y con una boa de plumas alrededor del cuello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no era el momento de fantasías sino de hablar largo y tendido. La huerfanita tenía muchas cosas que contar. Nos sentamos en un par de banquetas, todavía recalentadas por los viciosos culos de nuestros antecesores, y trasegando Maritrini y ginebra de la peor comenzamos a hablar. Y me contó cosas muy interesantes. La historia se ponía al rojo vivo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La susodicha decía llamarse Laura Hergberz y ser hija de un tal Lauro Hergberz, lo que no dejaba de ser algo chocante y dar muestras del espíritu ciertamente ególatra de su progenitor. Como quiera que el que esto subscribe tuvo a bien hacer público y en alta voz este pensamiento, la interrogada frunció el ceño y arrojó un cenicero amarillo de Cinzano sobre el relator, que sólo merced a unos bien condicionados reflejos pudo esquivar la agresión y, tras la debida disculpa, proceder a continuar con la toma de declaración.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su padre, según explicó, resultó ser un hierofante, palabra que el oyente desconocía pese a su bien disimulada actitud y para cuya comprensión viose en la imperiosa necesidad de acudir a un diccionario, artículo por otra parte poco habitual en un lugar como “Las Intocables”. Dado lo cual, y durante un despiste de la declarante, telefoneó a cierto sujeto, más conocido como Armengoa, que se prestó a informarle, asegurando, que buscado y encontrado el concepto en un diccionario de la máxima reputación, resultó significar: “Sacerdote que en Eleusis tenía a su cargo la dirección de ceremonias” y como segunda acepción “Maestro de nociones recónditas”, formulación más pertinente respecto al hilo de la historia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El mentado Lauro Hergberz y el difunto Abraham Castaño eran amigos y compartían una misma afición por la esoteria y los estudios ocultos, relación que se complementaba con la pertenencia de ambos dos a la raza judía. Su padre y Abraham, según afirmaba, compartían el secreto de cierto manuscrito que casualmente había caído en sus manos. Ella aseguraba no saber nada del mismo, así como de los oscuros trabajos que con él realizaban.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El auditor cruzó los dedos y tocó madera ya que todo aquel asunto le sonaba a brujería de la peor, y sin embargo conservó la presencia de ánimo suficiente para continuar el interrogatorio y realizar tres preguntas:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1º) ¿Cómo conocía ella el lugar en el que se escondía el misterioso manuscrito?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2º) ¿Qué extrañas motivaciones determinaron la elección de tan macabro emplazamiento para ocultar el mismo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3º) ¿Qué interés le movía a ella en todo aquel asunto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La primera y segunda pregunta quedaron englosadas en una sola respuesta. Existía, por lo visto, un un formal acuerdo entre caballeros cerrado entre el citado Castaño y el señor Hergberz. Por el mismo se estableció que a la muerte de uno de los socios, el pergamino permanecería en poder del superviviente. Al óbito de este, el pergamino, ya en manos de un prestigioso y reputado abogado, sería introducido de forma discreta y subrepticia en un lateral del ataúd del finado, en cuyo testamento figuraría una severísima cláusula por la cual sus restos reposarían en Tierra Santa, lugar de sus ancestros. Allí ciertas personas cuya identidad afirmó desconocer la declarante se harían cargo del importante documento. La muerte del padre de Laura había dejado el asunto en manos de Abraham Castaño y este había seguido al pie de la letra los términos del acuerdo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En cuanto a la tercera cuestión, la interrogada declaró haber actuado por causa mayor. Tras el fallecimiento de su progenitorde se le hizo llegar un sobre con sus últimas voluntades. Un sobre sorpresa. Y de las gordas, porque en él el padre de Laura rompía todos los términos del acuerdo con su antiguo socio y rogaba a su hija que siguiera al pie de la letra las instrucciones que se le daban, lo que incluía contratarme y el robo del pergamino, cuando falleciera el señor Castaño. El motivo no quedaba claro (hubiera sido raro que algo quedara claro en esta historia para variar) pero el señor Hergberz aseguraba a su hija tener serios y fundados motivos (o era un cabroncete, que esa era otra posibilidad, dicho sea esto como nota al margen y sin querer influir en el relato de la declarante) para pedirle que hiciera lo que se le decía. Y ella como buena hija, lo hizo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Eso es todo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— El resto ya lo sabes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este escribano conocía folletos de supositorios que tenían información más reveladora. Lo único claro era, por un lado, que habían vuelto a robar el manuscrito y que esta vez no había sido yo. Por otro, que alguien quería cargarse a Laura y dejarla huérfana también de si misma. Aquel sinsentido resultó muy deprimente. Dicha congoja obligó al relator a suspender las diligencias durante el tiempo necesario para ingerir, de manera desaforada y contumaz, dos vasos grandes de ginebra. Tan imprudente ingestión provocó una desafortunada pero cierta incapacidad para continuar con el informe en el firmante, a quien Dios guarde muchos años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No dejaba de pensar en quién podía habernos atacado en mi oficina. Lo más lógico hubiera sido pensar en los Castaño. Ellos eran los principales ofendidos en esta historia y por lo que sabía no era gente que se andara con chiquitas. Mi apartamento les había brindado una ocasión de oro para liquidar de un golpe a los principales implicados en el robo. Sin embargo tenía la impresión de que Pepón había conseguido apaciguarlos. Por otra parte estaba el robo del pergamino en casa de Laura. No me parecían sus métodos. Acostumbraban a trabajar de la forma más discreta posible y hubiera podido acabar conmigo y recuperar el pergamino de una manera limpia y sin necesidad de comprometerse. Pero si no eran ellos ¿quién entonces? Pepón estaba en el ajo, pero había tenido ya su oportunidad, a mí y al pergamino juntos en un solo ramillete. No, no podía ser él y sin embargo no había nadie más que conociera el asunto. Ese camino no llevaba a ninguna parte, así que decidí cambiar de tercio:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Háblame de tu padre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La huerfanita sacó un cigarro rubio del bolso y lo encendió con gesto estudiado y elegante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Era un hombre excepcional pero muy extraño —contestó poniéndose repentinamente triste—. En realidad le traté muy poco ya que estuve varios años estudiando en el extranjero. Por otra parte él también viajaba mucho pues tenía negocios en varios países. Cuando murió su vida era para mí casi un misterio. Desapareció demasiado pronto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde luego aquel no parecía ser su tema favorito y comprendí que poco iba a sacar en claro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Duerme un rato, Laura, debes estar agotada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí, será lo mejor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se recostó sobre el colchón vestida como estaba y yo encontré una manta relativamente limpia con la que podría cubrirse, ya que estaba empezando a hacer frío. Apagué todas las luces salvo una pequeña lámpara roja y volví a la barra a tomar una copa más. Tras unos instantes de silencio, la voz de Laura resonó en la penumbra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Marcial, ¿sabes?, a veces siento al lado la presencia de mi padre tan cerca y claramente que podría tocarle con sólo extender los dedos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bien. Decididamente esa chica sabía cómo quitarme el sueño. Tenía la mirada perdida en el humo de su cigarrillo. Aunque no quería interrumpir el hilo de sus pensamientos, aproveché las últimas palabras para formularle la pregunta que me quemaba los labios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Por qué es tan importante el pergamino? Por lo que sé existen infinidad de textos que reproducen la Tabla Esmeralda...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No lo sé con exactitud, pero mi padre y Abraham se pasaban horas y horas estudiandolo todo sobre él. Al parecer debe tratarse de una copia del texto exacto de la Tabla. En resumen, quienquiera que copiara el pergamino debió hacerlo exactamente del original.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es imposible —contesté, decepcionado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No veo por qué.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Muy sencillo. Ese manuscrito es falso. Está escrito hace cuarenta o cincuenta años y la Tabla Esmeralda, si existe o alguna vez existió, desapareció de la circulación hace siglos.Laura se quedó nuevamente callada y pensativa. El enigma tenía en ella tan poca respuesta como en mí. La Esfinge iba a acabar devorándonos a los dos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-1195264332350993736?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/1195264332350993736/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=1195264332350993736' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/1195264332350993736'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/1195264332350993736'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/07/cap-2-6.html' title='CAP 2º - 6'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-531874409081189210</id><published>2008-06-25T09:25:00.004+02:00</published><updated>2008-06-25T10:39:55.703+02:00</updated><title type='text'>CAP 2º - 5</title><content type='html'>“Taxista detenido como cómplice en el robo a un coleccionista”, decía el periódico en la sección de sucesos. El gremio de taxistas, de continuar así las cosas, iba a declararme persona non grata. Sobre todo teniendo en cuenta que al pobre infeliz ni siquiera le había pagado la carrera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El chocolate con churros me había sentado como un tiro y pretendía resolver mis matutinos problemas con una copa de ginebra en el bar de la esquina. Tanganica había devorado ya cuatro suizos, media bolsa de magdalenas, y de postre iba por el tercer botellín.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco había sacado en claro de la visita a la urbanización y, sin embargo, algo me decía que la huerfanita no tenía aún todos los ases. Cada vez estaba más convencido de que el pergamino era una especie de mapa que contenía una clave importante. Si estaba en lo cierto, gracias a mi amigo Pepe, el madamo, conocía ya uno de los datos: el observatorio del Retiro era un punto vital. Ella podía saberlo o no saberlo. La duda era si mi jugada resultaba un trío de ases que te obliga a ir a todo para que casi siempre acaben dándote en el morro o si, y esta era mi esperanza, mi rival llevaba unas pelonas, lustrosas y frágiles figuras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nada importante podía hacer por el momento. Si acaso reunir información sobre la huerfanita y sus extrañas y peligrosas aficiones. A veces lo más práctico era sentarse y esperar acontecimientos. La ventaja de ser una sombra es que nadie repara en ti hasta que no decides darle una patada en el culo a tu dueño. Me daba en el corazón que algo iba a suceder. No sabía bien el qué: alguna noticia perdida en un pequeño recuadro del periódico; un comentario en la radio o una conversación indiscreta escuchada por la persona idónea. Así pues, inicié mi trabajo de araña, tejiendo una bonita tela y esperando que alguna mosca interesante viniera a servirme de desayuno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El negro me traía la prensa y yo escuchaba pacientemente la radio, mientras mataba el aburrimiento con revistas del corazón entre líos de marquesas y cantantes, o recortando anuncios de venta por correo. A veces el Tanganica venía a verme y jugábamos al póker con almendras. Yo hacía trampas y le dejaba ganar aburrido como un hongo con collarín, pero en este trabajo el tedio era una constante y su compañía ya no molestaba. Al tercer día la espera dio sus frutos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estaba recortando el famoso anuncio del burrito distribuidor de cigarrillos cuando llegó el Tanganica de la calle con un montón de periódicos. En uno de ellos llamó mi atención un pequeño recuadro medio escondido entre las páginas de sucesos. En él, en un tono entre jocoso y alarmista, se comentaba el segundo robo consecutivo cometido en el chalé de una conocida urbanización de las afueras. Los rateros habían forzado una ventana y penetrado en el domicilio. Habían maniatado al fámulo, único ocupante en ese momento de la vivienda, procediendo a la sustracción de un importante número de antigüedades. La policía, finalizaba la noticia, seguía al parecer una pista segura, habiendo procedido a la detención de un taxista presuntamente implicado en el primero de los robos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa era mi mosca. O mucho me equivocaba o el pergamino había vuelto a cambiar de manos. No dejaba de ser sorprendente el inaudito interés que de repente todo el mundo sentía por los pergaminos falsos. Tal vez fuera cosa de montar un negocio comprando códices falsos en el Rastro, escondiéndolos en un ataúd y contratando a un gilipollas para que los rescatara a punta de pistola. Lo que resultaba claro es que el asunto no estaba ni mucho menos cerrado, así que todavía tenía grandes posibilidades de arrimar mi cazo al reparto de beneficios. Sólo existía un nuevo problema que añadir a los anteriores. Averiguar quién era el nuevo dueño del pergamino. En mi particular quiniela, dos candidatos contaban con la triple: por un lado los Castaños, herederos naturales y defraudados de tan intrigante documento; por otro Pepón Picha-bífida, capaz de vender a su madre y, tras recomprarla, vendérsela a su padre como si fuera nueva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era un asunto delicado e irresoluble por el momento, al que habría que meter mano con pies de plomo y guantes de seda. En ese estado de cosas, y dado que no soportaba ni un minuto más permanecer encerrado, decidí invitar al negro a uno de esos espectáculos de nenas con piernas hasta el cuello, champán y lentejuelas. Un espectáculo espléndido del que salí muy a mi pesar con un par de molestias. Una en el bolsillo, excesivamente aligerado para lo mermado de mi presupuesto, y otra en el ojo derecho en el que sospechaba podía habérseme metido un muslo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tanganica, a quien el espectáculo había despertado sus más bajos instintos —lo que en el caso del negro era mucho decir— se despidió yendo en busca de algún lupanar acogedor en el que le trabajaran al fiado como en los ultramarinos. Yo, más temeroso de Dios y de las purgaciones, y a falta de medios materiales con los que acudir a un lugar de reconocido prestigio y salubridad, decidí volver a casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al llegar a mi calle hice un inquietante descubrimiento. La luz de la ventana de mi oficina estaba encendida y recordaba perfectamente haberla apagado al salir. Entré en el portal y comencé a subir las escaleras con sumo cuidado. En el rellano todo parecía normal, así que me acerqué caminando de puntillas a la puerta y pegué el oído. No se escuchaba nada. En ese momento alguien me atizó una soberana patada en el culo e irrumpí dentro dando tumbos y aterrizando a los pies —deliciosos pies por cierto— de una persona no por conocida y admirada menos temida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Hola, huerfanita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me miró con desdén y encendió un cigarrillo. A mi espalda Jorgito esperaba sus órdenes dispuesto a cualquier intervención.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Jorge, vigila la puerta —le dijo al gigante—. Y tú, Marcial, siéntate allí enfrente donde pueda verte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Si no te importa prefiero permanecer de pie —contesté con una sonrisa al tiempo que me incorporaba—. Creo que tu amigo Jorgito me ha roto la rabadilla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Disculpa su comportamiento —me dijo ella ya más amablemente—. A veces es un poco impulsivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Eso tiene fácil arreglo. Átale una cuerda a las pelotas y cada vez que se desmande le das un tironcito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jorgito abandonó la puerta y se dirigió hacia mí con inequívocas intenciones. Ella levantó la mano y le detuvo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No he venido aquí para discutir. Quiero hacerte una proposición.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La sola mención de aquella palabra me hacía temblar como una hoja. Una chavala así era como para hacerse una foto juntos y encargar mil copias para empapelar la ciudad y que todos te vean. Aunque, evidentemente, sus palabras no tenían el doble sentido que yo les atribuía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Quiero que trabajes para mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Me parece muy bien, pero estamos fuera del horario de oficina —dije haciéndome el duro—. Vuelve mañana, guapa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jorgito se acercó hasta mí cogiéndome por las solapas, hasta conseguir que quedara de puntillas. Aquello resultó indignante. Una cosa es que uno sea humilde y sepa cuándo tiene que achicarse, y otra muy distinta que un mostrenco de dos metros te ridiculice ante la mujer de tus sueños. Así que imité su gesto y agarrándole por la chaqueta, le planté un cabezazo entre las cejas con toda la mala leche que los años de calle me habían enseñado. Durante unos instantes pareció no darse por enterado y siguió mirando con ojos de cordero en celo, pero de repente dio un grito terrible y me soltó. Viendo que pintaban feas, pensé en rematar la faena y le pegué un uno-dos en el estómago. Casi me rompo las manos. Aquel animal no pareció acusar el castigo por lo que la emprendí a patadas con una de sus espinillas, le hundí un dedo en el ojo y le golpeé la cabeza con un pisapapeles de mármol hasta que comenzó a brotar sangre. Un par de puñetazos en la oreja consiguieron el propósito de desequilibrarle y finalmente, como un miura de seiscientos kilos, acabó de derrumbarse rompiendo un baldosín al caer. Todavía alcanzó a levantar la cabeza que sangraba como un grifo roto y tuve que descabellar con una patada a la mandíbula. Mulillas y fin de la faena. La huerfanita me miraba ya con más respeto y sentí la obligación de pedir disculpas:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Lo siento, guapa, pero últimamente todo el mundo le ha cogido el gusto a mi cara y estoy empezando a hartarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abrí el aparador y cogí una botella de ginebra. Al hacerlo le di la espalda y al volverme para ofrecerle un trago vi que me apuntaba con una pistola de cachas nacaradas. No perdí la calma. Bebí directamente de la botella y le dije:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es el momento de comprobar si realmente me necesita. En caso contrario, bueno, siempre nos quedará París.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por un momento pensé que iba a disparar. Luego, tras un instante de indecisión, bajó la pistola y la guardó en el bolso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Quiere una copa? —le ofrecí para romper el hielo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No, gracias —contestó con voz fría—. Quiero que hablemos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Estoy a su disposición.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me senté frente a ella en una privilegiada posición que me permitía estudiar sus largas y bien torneadas piernas, entrevistas a través de una amplia abertura lateral de la falda. Un modelito del mejor gusto y que contaba con todas mis simpatías.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Necesito su ayuda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Evidentemente. No sabía cómo ella podía haberse enterado de lo que yo sabía o de que sabía lo que a ella le interesaba. La cuestión era que lo sabía y allí estaba su hermoso par de piernas para confirmármelo. ¡Qué hermosa adivinanza!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Suponía que antes o después acudiría a mí — le dije encendiendo un cigarrillo—. Y es más, estoy dispuesto a ayudarla siempre y cuando lleguemos a un acuerdo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— El dinero no es problema.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El dinero siempre es un problema, pensé para mis adentros, aunque no llegué a decirlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No me refiero al dinero. Quiero que me cuente toda la historia desde el principio, huerfanita.&lt;br /&gt;Rebuscó un momento en un pequeño bolso que llevaba exóticamente colgado al cuello y extrajo un papel doblado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Me llamo Laura y, si puede apartar los ojos de mis piernas durante unos momentos, le agradecería que leyera esto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así lo hice. Con gran dolor de mi corazón retiré la vista de sus hermosas extremidades y me concentré en el papel que exhibía. Era un recorte con la noticia del robo en su casa que había publicado la prensa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No hay que ser un lince para averiguar qué le han robado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Eso no le incumbe —contestó en tono impertinente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Cómo que no? —pregunté sorprendido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No. Su trabajo va a consistir en protegerme durante unos días, no en hacer preguntas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Protegerla yo? Creí que tenía bastante con el campeón —dije señalando a la figura sanguinolenta que roncaba en el suelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Como puede ver, a veces no es suficiente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me sentía un tanto decepcionado. La huerfanita no quería meterme en el ajo, sino tenerme controlado. Era una lástima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Lo siento, guapa, pero estoy trabajando en un asunto mucho más importante —dije remarcando bien las palabras, a ver si se daba por aludida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pienso pagarle bien —contestó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Me importa un cuerno el dinero. Tengo un yate en Puerto Banús, varias cuentas corrientes en Suiza y una amante en Torremolinos, así que coja a Jorgito y lárguese.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pero es que le necesito —dijo en uso de todas sus malas artes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí, como...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No me dio tiempo a buscar una comparación lo suficientemente gráfica, porque en ese momento alguien derribó la puerta de una patada. Empujé a Laura arrojándola al suelo y salté sobre el interruptor de la luz, dejando la habitación a oscuras. No recordaba dónde había dejado la recortada y tampoco importaba mucho ya que antes de que pudiera hilvanar un pensamiento coherente, una ráfaga de balas barrió la estancia. Y eran balas de verdad, de ésas que silban junto a la oreja y te dejan hecho polvo el papel de las paredes. Los atacantes debían ser dos, porque uno tropezó con Jorgito y se cayó al suelo blasfemando, mientras el otro gritaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Por aquí no saldrán, tengo bien protegida la puerta!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y acertó, porque no salimos por allí. Cogí a Laura del brazo y salté con ella a través de una de las ventanas, en medio de un enorme estrépito de cristales. No se trataba de un suicidio desesperado aunque a ella, en su ignorancia de que tan sólo un piso más abajo existía una especie de patio, debió parecérselo. Las numerosas macetas amortiguaron nuestra caída y pudimos levantarnos a toda velocidad, lo que nos fue muy útil ya que tan sólo unos segundos después a las plantas les surgió un feo pulgón en forma de plomo ardiente. Los muy cabrones querían freírnos y disparaban desde la ventana como posesos, arrasando todo lo que se les ponía a tiro. Corriendo entre los tejados logramos despistarles. Nos colamos por una ventana. Atravesamos la salita de otro anciano matrimonio que estaba oyendo la radio y a los que saludamos muy cortésmente, y finalmente conseguimos alcanzar la calle. Paré un taxi y nos perdimos en la noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Laura y yo no éramos iguales, eso estaba claro. Mientras yo no acertaba a encender el cigarrillo por el temblor de manos que tenía, ella se limitó a decir:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Alguien quiere matarme.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-531874409081189210?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/531874409081189210/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=531874409081189210' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/531874409081189210'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/531874409081189210'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/06/cap-2-5.html' title='CAP 2º - 5'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-1959234550411943813</id><published>2008-06-13T17:50:00.007+02:00</published><updated>2008-06-13T18:45:46.054+02:00</updated><title type='text'>CAP 2º - 4</title><content type='html'>“Perdido lascivo púgil guineano, negro como los ojos de Platero”. Salvo poner un anuncio en el periódico lo había intentado todo, pero nadie sabía nada del Tanganica. Desde que bajé del tren a las siete anduve como alma en pena buscando al negro en todos los garitos en que era conocido. Pero fue inútil. Llevaba varios días sin dejarse ver.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este tipo de ausencias no eran extrañas en mi amigo y se repetían con una cierta frecuencia. Días después Tanganica reaparecía como si nada hubiera sucedido. Nunca supe a qué se dedicaba en estos retiros, aunque alcanzaba a comprender que no tendrían nada de espirituales. Sin embargo con aquel feo asunto de por medio temía que el negro pudiera estar metido en algún lío. En cualquier caso, era seguro que no lo habían secuestrado los de la trata de blancas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desayuné un grasiento chocolate con churros en la puerta de Toledo y volví a casa. En el buzón había una montaña de propaganda, dos apercibimientos de embargo y una notificación del banco sobre una cuenta llena de números rojos. Cogí todos aquellos papeles y subí las escaleras fascinado por la oferta de unos maravillosos chalés a pocos minutos de la Puerta del Sol, en el kilómetro ciento cincuenta y seis de la carretera de Burgos. Abrí y al ver todo a oscuras subí las persianas. Allí lo encontré. Estaba desplomado sobre el sofá con el cuello doblado en una postura inverosímil y el brazo caído sobre el suelo. Una cruda sensación de rabia comenzó a subirme del estómago a las orejas al ver que mis temores se confirmaban. Me acerqué despacio al cuerpo del que había sido mi amigo y apliqué el oído a su pecho. En ese momento, unos brazos de acero ciñeron mi espalda en un abrazo mortal, mientras una voz profunda de ogro me gritaba al oído:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Violador, violador!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su inconfundible aliento a ajo y cloaca me devolvió la tranquilidad, así que por una vez lo agradecí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Coño, Tanganica, creía que te habían dejado seco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿A mí? —preguntó extrañado—. No sé por qué.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le conté que había estado preguntando por él y que nadie le había visto desde mi partida. Lo hice sin ninguna esperanza de que me contara la razón de su desaparición, y mi falta de fe se vio nuevamente confirmada ya que se limitó a mostrar su blanca dentadura y a decir:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Unos asuntos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este negro podía llegar a ser tan enigmático como la esfinge.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Quería hablar contigo, Tanganica. El viaje a Alicante ha sido más provechoso de lo que te puedas imaginar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Te has tirado a Rosario?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Esa es otra historia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Seguro. Al marido le gusta, pero sólo si puede espiar. Tienen una habitación con espejo falso. Disfruta mucho viendo cómo se la cepillan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bien. Muy bien. Había vuelto a hacerlo. Sin embargo prefería no insistir en esa línea de pensamiento que podía acabar con mi famoso “salto del ángel desde el Viaducto”, y me centré en el otro tema.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Alguien nos la ha estado jugando en el caso del pergamino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tanganica mostró su extrañeza y tuve que ponerle en antecedentes de lo averiguado gracias a Pepe, el madamo de Alicante, y de mi decisión de retomar el caso. Le pregunté si le gustaría ayudarme y se mostró encantado, sobre todo cuando le ofrecí una parte de los más que improbables beneficios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo importante era ponerse a trabajar, y rápido, ya que en los días perdidos el negocio podría haberse cerrado y nosotros quedado fuera del reparto. Sin embargo me daba en la nariz que tanto interés por alejarme de Madrid se debía a que el asunto iba a exigirles todavía cierto tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo investigaría la dirección conseguida a través de Peláez y el Tanganica se dedicaría a obtener información en los burdeles de Pepón. Hay hampones muy aficionados a irse del pico en la cama y mientras unos, más clásicos, dicen aaahhhh o preguntan ¿gozas vida?, otros, en el momento del éxtasis, largan la lista de implicados en un asesinato o los nombres de todos los camellos del barrio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El negro se marchó a iniciar sin demora sus eróticas pesquisas. Por mi parte preferí relajarme durante un rato bajo el agua caliente de la ducha. Al salir era un hombre nuevo. Elegí mis mejores galas y armado de valor y desprendimiento cogí un taxi con dirección a la urbanización de las afueras en la que esperaba encontrar respuesta a muchas de mis preguntas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El taxista no dejó de pegar hebra durante todo el trayecto impidiendo que me concentrara en mis pensamientos, por lo que decidí prescindir de sutilezas. Entraba, le contaba a quien viviera allí mi triste historia, y esperaba su reacción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La urbanización parecía una cárcel de lujo. Estaba rodeada de una alta verja y por todas partes patrullaban guardias de seguridad. En la entrada y delante de una barrera nos detuvieron y tuvimos que dar un montón de explicaciones sobre el lugar al que nos dirigíamos. Finalmente, y tras muchas vueltas, encontramos el chalé que buscábamos. También es cierto que llamar a aquello chalé no era hacerle los honores. No había visto una casa así, con columnas y una gran escalinata de mármol blanco, desde “Lo que el viento se llevó”. Le dije al taxista que esperara y me dirigí a la puerta un tanto cohibido. Hubiera debido tomarme un par de copas de ginebra para soltar la lengua, pero en aquel momento ya no tenía remedio. Llamé al timbre y esperé. Al cabo de unos momentos la puerta se abrió. Un mayordomo estirado y viejo me miró de arriba a abajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Si viene a vender algo debe utilizar la puerta de servicio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Intentó cerrar, pero se lo impedí interponiendo el pie en el marco. Bien es verdad que me pasé varios días cojeando a resultas de mi gesto, pero el truco surtió efecto y el criado volvió a abrir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Plebeyo, me llamo Marcial Canencia y quiero ver a tu jefe. Mueve el culo que me están esperando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era un quisquilloso y no le gustó mi forma de hablar, sin embargo me franqueó la entrada dejándome pasar al recibidor. Bien, ya estábamos dentro. Se había conseguido lo más difícil. Pese a todo el hombrecillo no sabía muy bien qué hacer y me miraba con un cierto e indignado temblor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Venga muchacho, muévete, que no pienso guardarme ningún jarrón bajo la chaqueta en tu ausencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque hubiera debido hacerlo, ya que cada florero de los que por allí aparecían debía valer un ojo de la cara. Cuando el mayordomo se marchó me dediqué a curiosear un poco. Sobre una estantería había una serie de estatuillas chinas de lo más instructivo, con posturas y variantes que hubieran hecho ruborizar al editor de cualquier revista porno danesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras un rato volvió el fulano de los malos humores y con su mayor y más estudiado gesto de desprecio me hizo pasar a la biblioteca. Allí me estaban esperando. Tendría veinticinco años y era una especie de suma de cualidades de todas y cada una de las beldades que aparecen en las revistas. Llevaba un vestido de seda de amplio escote que permitía entrever una piel cuidada y suave y adivinar todo lo demás. Era alta y delgada. Tenía el pelo rubio y unos ojos azules que al mirar taladraban. Había mucha fuerza bajo aquella mirada y sobre todo clase, mucha clase.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Hola guapa, me parece que te han dado mal el recado. Yo quería ver a tu papá, no soy el profesor de aerobic.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Si quiere ver a mi padre tendrá que buscarlo en el panteón de la Almudena. Murió el año pasado. En cuanto a su sentido del humor, he de confesarle que lo encuentro de lo más vulgar. Siéntese.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;K.O. en los primeros segundos del primer asalto. Empezábamos bien. Y yo que había pensado invitarla a cenar. Pero la gatita era una tigresa con unas uñas de lo peor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué es lo que desea? —preguntó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Je, esa sí que era una buena pregunta. Pero no es bueno mezclar el placer con el trabajo, así que fui directamente al grano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es un asunto laboral. Me gustaría que habláramos de cierto pergamino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se arrellanó en un sofá de piel negra y encendió un cigarrillo mientras decía:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Un asunto del que no he quedado en absoluto satisfecha. Se le encargó un trabajo, adelantándole una cantidad de dinero y días después me entero de que le ha vendido el pergamino a un proxeneta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hablaba como los ángeles. Era una delicia escucharla. Sobre todo cuando me descubrió para quién trabajaba Pepón. A esa chica no le gustaba dejar cabos sueltos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Afortunadamente, pude recuperarlo y ya se encuentra en mi poder.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Veo que es usted coleccionista —dije por romper el hielo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Efectivamente. Por eso quería el pergamino. Se trata de un viejo códice muy interesante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acabáramos. Otra que me tomaba por tonto. En las páginas amarillas no debía venir en la “d” de detectives —que no venía—, sino en la “g” de gilipollas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ya. ¿Qué hacía el pergamino en el ataúd?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No veo por qué tengo que contestar a sus preguntas —dijo con suficiencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Mira, guapa —contesté con la mejor de mis sonrisas—, este asunto huele a podrido como un kilo de merluza con gusanos. Me han partido la cara un par de veces, han arrasado la tienda de un amigo y a más de uno no le importaría engordarme la barriga con un saco de plomo. Así que hablamos claro o le voy con la película a un amigo de la Dirección General de Seguridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tema no pareció hacerle mucha gracia y eso que la tenía: los únicos amigos que he tenido yo en la DGS han entrado allí esposados. Se quedó pensativa durante un momento, hasta que finalmente tocó una campanilla y acudió el lacayo tragaperchas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Tráeme un Martini. ¿Quiere tomar algo? —preguntó dirigiéndose a mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tanta amabilidad me conmovía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí, por favor, un Alka-Seltzer con poca agua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El doméstico me dirigió una despreciativa mirada de asco y se retiró sin hacer comentarios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Debería haberle pedido un cóctel. Es un verdadero experto —afirmó ella, conciliadora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Me conformaría con que no envenenara el Alka-Seltzer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pocos instantes después volvió el mayordomo con los brebajes y se retiró discretamente. Debo reconocer, haciendo honor a la verdad, que el Alka-Seltzer, servido en vaso bajo y con la justa proporción de agua, estaba inmejorable. Confieso que no sentía una excesiva compañía por el levitero, pero admiro mucho la profesionalidad y se trataba de un barman excelente. Al salir tal vez le diera un azucarillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El problema era que entre sorbo y sorbo mi interlocutora había ganado tiempo y, ante mis preguntas, comenzó a hilvanar la historia más delirante y falsa que hubiera esperado oír. Mohines, carantoñas y garatusas, en un amplio muestrario de agasajos con el fin de que me tragara la píldora. Y una lagrimita al evocar a su papá en el lecho de muerte sujetándole fuertemente la mano y rogándole que consiguiera el pergamino para completar su colección, y ella, pobre huérfana, sin saber qué hacer en un mundo de fieras donde todos querían aprovecharse de su inexperiencia. Y yo paladeaba mi Alka-Seltzer, escuchando y asintiendo con gravedad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Y lo del ataúd? —pregunté aprovechando la pausa de un hipido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Yo no sé nada de esa historia. Papá me dejó escritas unas instrucciones que he seguido al pie de la letra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Qué previsor, pensé para mis adentros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella me miraba con unos ojos que hubieran hecho estremecer al bujarrón más impenitente, a la vez que agitaba el pelo y agachándose permitía adivinar el nacimiento de un escote de ataque cardíaco. Afortunadamente y en previsión de contingencias como esta había tenido la precaución de romperme el frenillo. De seguir en esa línea el nuestro hubiera sido inevitablemente un romance no consumado. Así que, aprovechando la circunstancia y posiblemente un tanto desilusionado, le dije:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Bien. Ahora me gustaría escuchar la versión para el extranjero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué quiere decir? —preguntó ella endureciendo el gesto y la voz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Que la historia de su papá es muy triste y muy lamentable y que ahora que vuelven a estar de moda los seriales daría mucho juego en la radio, pero es un cuento chino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Salga de esta casa —gruñó amenazadora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La pequinesa enseñaba los dientes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Y si me niego ¿qué va a hacer? ¿Llamar a la policía o echarme encima a la momia coctelera?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una sonrisa diabólica cruzó su rostro y temí que las sorpresas se acercaran unos días antes de Navidad. Hizo sonar la campanilla un par de veces y al instante la puerta se abrió apareciendo él. Él, ello o lo que fuere. Una especie de Hércules con un par de sacos terrenos de músculos repartidos a todo lo largo y ancho del cuerpo, elegantemente enfundados en un conjunto Pierre Cardin; un paquidermo con dos dedos de frente mal contados y una sola obsesión, obedecer la voz de su ama: saluda, patita, mata. Y el hueso era yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En un segundo calibré mis posibilidades, que a la luz de los acontecimientos eran más bien escasas. De poco o nada iba a servirme el curso de “Técnicas avanzadas de defensa personal: conviértase en un experto luchador temido por los hombres y admirado por las mujeres, capaz de vencer a su adversario aún en el caso de que éste vaya armado. En tan sólo quince días la práctica de estos ejercicios le convertirán en un hombre nuevo”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Acompaña a este caballero hasta la puerta —dijo la muy bicha con una sonrisa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comprendía que después de mi farol sobre la policía, la puerta a la que iban a acompañarme tenía muchas posibilidades de ser horizontal y dar entrada a ese cómodo, aunque reducido habitáculo, más conocido por ataúd.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Quieto ahí!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De un salto me había situado junto a la chimenea. Sobre la mesilla se exhibía toda una colección de antiguos jarrones chinos que amenacé con tirar al suelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Espera, Jorgito —le dijo al zombi.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Muy bonitos estos floreros —apunté yo con experto ademán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No son floreros. Son urnas funerarias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mierda. Estaba empezando a hartarme de jugar con cosas de muertos, sobre todo teniendo en cuenta lo cerca que podía estar de tratarse de las pertenencias de algún compañero de camposanto y que a uno siempre le ha gustado llevarse bien con los vecinos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Urnas —repetí mientras retrocedía unos pasos—. Me parece excelente. Supongo que serán muy frágiles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El monstruo hizo un gesto de avanzar pero ella le detuvo. Yo mientras tanto, sin dejar de hablar, continuaba mi lento camino hacia la salida más cercana, en este caso una ventana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pobres, todo el día encerradas. Si no le importa me las voy a llevar a dar un paseo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abrí los pasadores y sin perder de vista a mis interlocutores empecé a salir cargado con un par de jarrones. Apenas pisé el césped, solté las urnas y eché a correr.Abandonar la urbanización fue una auténtica odisea entre pastores alemanes, dóbermans, guardias jurados y linchadores amateurs que alertados por la presencia de un ladrón — así me habían calificado — se dedicaban a mi búsqueda, felices como si jugaran a la caza del zorro. Un camión de basuras fue el vehículo más elegante que pude conseguir y entre latas, lechugas, raspas de pescado, kleenex, botellas y restos de comida cara, logré abandonar aquel manicomio.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-1959234550411943813?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/1959234550411943813/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=1959234550411943813' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/1959234550411943813'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/1959234550411943813'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/06/cap-2-4.html' title='CAP 2º - 4'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-1026226127265771819</id><published>2008-06-05T17:44:00.002+02:00</published><updated>2008-06-05T17:52:50.810+02:00</updated><title type='text'>CAP 2º - 3</title><content type='html'>No me sentía especialmente feliz por mi actuación, aunque tampoco era cosa de echarse a llorar. Me acerqué a la estación y saqué un billete en el expreso para Madrid. Esta vez, ya que el hotel me había salido gratis, pude permitirme el lujo de sacar una litera, lo que después de una larga jornada sin dormir no era ninguna tontería. El tren no salía hasta la noche por lo que el resto del día fue un constante ir y venir calle arriba y calle abajo a la espera de que mi amigo Pepe abriera. Quería despedirme de él antes de volver a casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuatro Alka-Seltzer, dos cafés, siete cervezas y ocho copas de ginebra más tarde, me planté en la puerta del local que ya estaba abierto. Pepe, en plan moderno, escuchaba un disco de la Piquer con una bolsa de hielo sobre la cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Hola Marcial —me dijo con voz débil—. Lo peor de hacerse viejo son las resacas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le conté la batalla del hotel y él se reía como un loco, haciendo equilibrios con la bolsa de hielo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Venga, hombre, tómate una copa y déjalo correr.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Coño Pepe, es que soy un desgraciado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Que no Marcial. Que son las mujeres, que son unas burras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Anda éste por dónde me sale —dijo la Dolores que acababa de entrar por la puerta enfundada en unas pieles más falsas que la dentadura de una rana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comenzamos a beber y aunque era temprano el garito comenzó a llenarse. Al primer golpe de ozonopino que Pepe le atizó al local, sentí ganas de vomitar y mirando el reloj comprobé con satisfacción que se acercaba la hora del adiós.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Bueno, Pepe, mi tren sale dentro de un rato. Me voy a ir para la estación —dije, iniciando la despedida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Coño! si no me acordaba —exclamó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué ocurre?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Te acuerdas de los números que me dijiste anoche?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué números? —pregunté un tanto aturdido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí, hombre, una serie extraña de números que me diste a ver si me sonaban de algo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recordé a qué se refería. Estaba hablando de las cifras de la Tabla Esmeralda. El malestar desapareció y mis orejas debieron crecer treinta centímetros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pues mira. Los apunté en una servilleta y, cosas de borrachos, cuando desperté recordé de qué me sonaban. Igual no tiene nada que ver, pero las cifras coinciden exactamente con el enclave geográfico de Madrid: 14'/45" de longitud Oeste y 40º/24'/30" de latitud Norte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pepe era un tipo imprevisible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Y tú cómo coño lo sabes?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Hombre, Marcial, porque soy físico. No te lo he contado, pero de joven estuve trabajando en el observatorio astronómico de Madrid.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—El del Retiro —puntualicé en plan informado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Exacto. Me resultó curioso comprobar que habías citado los datos exactos del emplazamiento cartográfico del observatorio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No podía creerlo pero allí estaba Pepe, el madamo de un club de niñas de Alicante, dándole una posible solución al enigma que me traía de cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Te sirve de algo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pues mira, no lo sé. Algo es, desde luego, pero el aprobado me lo tienen que dar en un chalé de Madrid. Gracias por todo. Eres un amigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras los calla hombre, calla, para eso estamos los amigos, ya sabes dónde tienes tu casa, los abrazos y los besos de las niñas que en su efusión me dejaron toda la cara llena de carmín, salí a la calle dirigiéndome a la estación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me sentía eufórico y con ganas de trabajar a raíz de este giro inesperado de los acontecimientos. Poseía ahora, al menos, una clave en la que basar mis pesquisas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En principio los datos eran un tanto extravagantes. El tipo de los preservativos picantes me encarga recoger un papel escondido en un ataúd. El muerto resulta ser Abraham Castaño, un pez gordo del hampa. Me retraso en la entrega y Pepón se encarga de atraparme. Finalmente alguien le va con el cuento de que corro peligro al Tanganica, y éste me saca un billete y me empaqueta para Alicante como si fuera una nórdica menopaúsica. Por si fuera poco, el códice ni siquiera es antiguo y, según Armengoa, no vale un duro. Un perfecto caso sin pies ni cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora bien, el destino se llama Pepe y viene en mi ayuda. Un código cifrado en el documento coincide con los datos cartográficos del observatorio astronómico de Madrid. No hay que ser un lince ni haber visto muchas películas de piratas para saber que un pergamino con una clave secreta que señala un lugar sólo puede ser una cosa: un mapa. De ser así todo coincidiría y el precio del pergamino, aparentemente sin valor, subiría como la espuma. Ahora bien, era un plano, pero ¿un plano de qué? Esa era la clave del asunto y en un chalé de Madrid, quien hubiera contratado a Peláez, debía conocer la respuesta.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-1026226127265771819?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/1026226127265771819/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=1026226127265771819' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/1026226127265771819'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/1026226127265771819'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/06/cap-2-3.html' title='CAP 2º - 3'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-8766037529757111438</id><published>2008-05-28T10:38:00.002+02:00</published><updated>2008-05-28T10:52:05.518+02:00</updated><title type='text'>CAP 2º - 2</title><content type='html'>Mi exilio transcurría de una forma plácida y feliz, que es una forma tan buena como cualquier otra de describir el aburrimiento. Sin nada mejor que hacer, me dedicaba a dar largos paseos por la playa, ya que pese a estar en diciembre la temperatura era agradable, y a tomar copas de ginebra en un club cercano a la carretera de San Juan. El interés por ese local, aparte de mi habitual debilidad por los licores de garrafa, venía determinado por una incipiente, aunque no por ello menos agradable, amistad con el curioso personaje que lo regentaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tendría unos setenta años. Era enjuto y fibroso y pese a la edad respiraba vitalidad por los cuatro costados. Se diría que la ginebra, de la que consumía cantidades industriales, le conservaba como a una lagartija disecada el formol. Lo que más me sorprendió fue saber que era físico nuclear.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pues sí, hijo, sí. He recorrido medio mundo dando conferencias y asistiendo a congresos. Algunos aseguran que estuve propuesto para el Nobel. Sin embargo, hace cinco años murió mi esposa y lo vi todo claro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estábamos sentados en dos viejos taburetes de plástico negro que contrastaban con la roja decoración del local, bebiendo ginebra y comiendo panchitos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Vendí la casa, junté todos mis ahorros y me vine a Alicante. ¡A tomar por culo la ciencia! La ilusión de mi vida había sido dirigir un club de niñas y aquí me tienes, de madama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las niñas, bastante feas por cierto, le adoraban y Pepe, que así se llamaba el contertulio, se dejaba querer y engañar en las cuentas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—El día que mis hijos sepan a lo que me dedico me declaran incapaz, heredan y acabo en un asilo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así pasaban las horas entre copas y más copas, paseos y las amables atenciones de Rosario y el cafre de su marido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estaba una noche en el club de Pepe, harto de ginebra y humo, cuando poseído por una extraña inspiración le pregunté:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Oye Pepe —dije pasándole el brazo por encima de los hombros—. ¿A ti te dicen algo las cifras 14, 45, 40, 24, 30?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Permaneció pensativo durante un momento haciendo acopio de los restos de su lucidez y por fin, con el rostro iluminado por la sabiduría, contestó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era de esperar, así que seguimos tomando copas hasta que las niñas dijeron que era hora de cerrar y Pepe se desmayó encima de la barra como un muñeco de trapo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al levantarme el mundo era un barco en mitad de la tormenta, pero conseguí mantener el tipo y salir a la calle recordando a aquellos viejos boxeadores de las películas que tras un terrible castigo permanecen de pie en la lona aupados solamente por el coraje y la clase.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El frío de la calle despejó mis ideas y el caso perdido comenzó a bullir dentro de mi mente como un torbellino. Pepón, Peláez, el pergamino, iban y venían por mi cabeza dando vueltas y más vueltas, mezclándose con la Tabla Esmeralda, las extrañas cifras que la remataban y el afán de los Castaños por hacerse un llavero con mis bolas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella historia no tenía ningún sentido pero no conseguía olvidarla. Llegué al hotel y sentado en un sillón del recibidor permanecí cavilando y fumando hasta casi el amanecer. Serían las seis y media cuando Rosario apareció con una larga bata rosa y unas pantuflas de peluche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué haces aquí? —preguntó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Morirme. ¿Tienes un Alka—Seltzer?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí, creo que hay una caja en la cocina. Espera un segundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volvió momentos después con el burbujeante brebaje. Se sentó a mi lado con una copa de ponche y brindó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Por ti.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Por hoy.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella apenas se mojó los labios. Yo apuré hasta la última gota del sedante elixir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Quieres que te dé un masaje? Eso alivia mucho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No contesté y Rosario se situó a mi espalda frotándome los omoplatos y la nuca. La borrachera se evaporaba en manos de las burbujas y el tiempo. Sólo sentía ya un ligero escalofrío recorriéndome la piel desde la cabeza a las rodillas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Giré la cabeza y la vi sonriendo. Sin pensar, tomé una de sus manos atrayéndola hacia mis labios. Rosario, sin dejar de sonreír, susurró:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Déjalo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Eres feliz? —pregunté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su boca se rompió en una carcajada antes de responder:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Y tú?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No contesté. Seguía acariciándome el cuello y no quería ni podía hablar. Sin embargo volví a coger sus manos e incorporándome la estreché por el talle, besándole los labios. En ese momento una luz se encendió y la estentórea voz de su marido inundó la habitación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¡Zorra! ¡Mala puta! Así me pagas lo que he hecho por ti.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esgrimía una pistola en su mano derecha y temblaba furioso y colorado como una aparición.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Te voy a matar, y a ese cabrón también.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se acercó a Rosario y golpeándola con la pistola la hizo caer al suelo. Allí comenzó a llorar con un gemido monocorde y apagado roto solamente por el entrecortado quejido que le ocasionaban las brutales patadas de su marido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Varios clientes se asomaron a la escalera y el calvo, engrandecido por los espectadores, disfrutaba con el espectáculo. Mi paciencia llegó al límite. Salté sobre él. Con una mano controlé la pistola y con la otra le aferré el cuello. El arma cayó al suelo y se disparó,  agujereando el espejo de la recepción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comencé a abofetear su cara grasienta y enrojecida. Sin odio, sin rabia. Sólo con pena, con una inmensa tristeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Golpeaba y golpeaba metódicamente como un autómata y supongo que no hubiera parado hasta matarle si Rosario no se abalanza sobre mí sujetándome los brazos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Déjalo Marcial, por lo que más quieras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su marido temblaba en el suelo como un pelele. Por sus ojos corrían lágrimas de impotencia y rabia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Vete, por favor —dijo ella—. Tu equipaje se lo mandaré al Tanganica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tenía la cara hinchada, cruzada por una gran franja roja, pero no lloraba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me fui hacia el calvo y agarrándole por las solapas lo levanté hasta la altura de mis ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Como vuelvas a ponerle la mano encima te van a enterrar con una cicatriz del culo a la garganta, ¿entiendes, maricón?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gimió como un perro  al caer al suelo y golpearse una ceja en la mesilla. Sin embargo no me importó. Me dirigí a la puerta. Una última mirada desde el umbral tropezó con los ojos de Rosario. En ellos había esa tristeza antigua de los condenados a decir siempre adiós.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-8766037529757111438?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/8766037529757111438/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=8766037529757111438' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/8766037529757111438'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/8766037529757111438'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/05/cap-2-2.html' title='CAP 2º - 2'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-5630392598366826267</id><published>2008-05-20T08:26:00.001+02:00</published><updated>2008-05-20T08:29:56.447+02:00</updated><title type='text'>CAP 2º - 1</title><content type='html'>Existen muchas formas de despertarse tras una noche de sueño profundo. Puede despertarte una chavala de impresión poniéndote las tetas en la nariz al ir a encender la luz; puede despertarte un estirado mayordomo con una bandeja sobre la que habrá preparado un exquisito desayuno y el periódico; puede despertarte Charlotte Rampling bailando la danza de los siete velos y hasta se le puede perdonar que sea un saco de huesos; puede despertarte Rita Hayworth cantando “Amado mío” o Lauren Bacall pidiéndote fuego. Admite uno que le despierte un cliente para encargarle el caso del siglo e incluso la vecina golpeando a su marido, noctámbulo y beodo, que llega a casa de madrugada. Se entiende que te despierten una cañería rota, los bomberos o las trompetas del Apocalipsis, pero abrir los ojos y verle la jeta al Tanganica diciendo “te voy a dar por culo blanco vicioso”, es como para volverse insomne crónico y vocacional.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Tanganica ¿qué coño haces aquí?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Te he sacado un billete de tren para Alicante. Sale dentro de una hora. Tienes el tiempo justo para darte una ducha y desayunar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abrió la ducha a todo gas, arrancó las sábanas que me cubrían y, a empujones, me llevó hasta el baño. Sin saber cómo, mi maltrecho, aterido y desconcertado cuerpo se encontró de repente bajo las cataratas del Niágara. El agua caía sobre mi cabeza como agujas heladas y las ideas, así maltratadas, no osaban traspasar el cuero cabelludo. ¿Qué pintaba yo en Alicante? No pude hablar. El negro me tendió un cigarrillo y un vaso con Alka-Seltzer, se encaramó en una silla y bajó una maleta del altillo. Mis preguntas sobre el particular chocaban con un muro móvil y parlante que vaciaba el cajón de la ropa interior, arrugaba camisas, enrollaba pantalones y recogía calcetines, haciéndome el equipaje y asegurando que necesitaba unas vacaciones, que todo estaba arreglado, que fuera a una dirección que él me iba a dar y preguntara por Rosario, una amiga, una chica del oficio a la que había retirado un paleto y que ahora regentaba un hostal en Alicante. Que era un sitio acogedor y limpio y que podría conseguir ginebra de garrafa porque tenían una discoteca de las caras al lado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco pude hacer ante aquel torbellino y cuando quise darme cuenta estaba sentado en el tren con la maleta sobre mi cabeza, precariamente instalada en una repisa, con un billete amarillo en la mano y mi mejor cara de gilipollas, viendo al negro despedirme desde el andén entre grandes aspavientos con un pañuelo ni limpio ni blanco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Conforme íbamos adentrándonos en el horizonte me sentía cada vez más abatido. El caso de mi vida se deshacía como polvo entre los dedos. Con él la posibilidad de salir del agujero, de olvidarme de las cucarachas, las clientas menopáusicas, los clientes alopécicos, las interminables esperas en una esquina, las visitas al Registro, las angustias a fin de mes, el esconderse del casero, la capa de mugre, los zapatos deformados, las camisas de cuellos desgastados, los jerseys con bolitas, los pantalones con brillos, los bolsillos con agujeros, las mujeres con olor a perfume y sudor y los jodidos viajes en un vagón de segunda entre un guardia civil con bigote negro y un representante de turrones de Jijona tartamudo. Madrid, a mis espaldas, era un sueño desvanecido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llegamos a la costa, una lluvia fina y persistente invadía la ciudad. Los taxis se ocuparon en un abrir y cerrar de ojos, y con mi habitual habilidad fui incapaz de atrapar uno. Pronto me encontré calado hasta los huesos, chapoteando en una urbe desconocida, a la busca de un hostal del que nadie me sabía dar razón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, tras muchas vueltas logré encontrarlo y en contra de lo imaginado resultó ser un lugar muy agradable. Tenía tres plantas y aunque en conjunto parecía un poco vetusto, la decoración de madera y telas oscuras brindaba una sensación cálida y reconfortante. El nombre del negro fue, por otra parte, mi Ábrete Sésamo, ya que me acogieron con toda cordialidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Los amigos de Tanganica son mis amigos —dijo Rosario—, pero no se lo nombres a mi marido que es un hombre muy celoso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Celoso, medio calvo, casposo, barrigón, zafio, ruin, lerdo, gruñón y tonto, muy tonto. Fue la única nota negra en aquel conjunto de atenciones. Una profunda sensación de desperdicio me acometía cada vez que contemplaba a aquella soberbia moza, de prietas hechuras y honesto relleno, en manos de aquel gañán eternamente cabreado. Tal vez fuera mi sentido de las proporciones y la estética; tal vez fuera envidia o, sencilla y llanamente, que me iba haciendo viejo. Con cuánto gusto le hubiera partido la cara, pero parecía poco correcto. Con qué placer le hubiera plantado un par de hermosos cuernos, pero a ver a dónde iba yo con el frenillo roto.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-5630392598366826267?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/5630392598366826267/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=5630392598366826267' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/5630392598366826267'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/5630392598366826267'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/05/cap-2-1.html' title='CAP 2º - 1'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-898386210894083838</id><published>2008-05-12T20:26:00.003+02:00</published><updated>2008-05-12T20:35:48.004+02:00</updated><title type='text'>CAP 1 - 10</title><content type='html'>—Pasa. El jefe te está esperando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El que hablaba era el albino. El mostrenco de dos metros cuadrados que el día anterior casi me mata de media bofetada. Me había estado cacheando y por supuesto había tenido que dejarle la recortada en prenda. Ahora todo estaba en manos de Pepón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Caminé por la nave vacía hacia una tenue luz que se distinguía al fondo. Llovía y los goterones de agua que se colaban por la deteriorada uralita iban formando charcos en el suelo con un ruido inquietante. Si salía con bien de ésta decididamente iba a tomarme unas vacaciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La luz procedía de una lámpara de gas de esas que se utilizan en el camping con el fin de que te devoren los mosquitos. Tras ella se encontraba Pepón, sentado en una caja, y dos de sus muchachos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Las siete en punto. Admiro mucho a la gente puntual.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pepón parecía de buen humor y eso me tranquilizó un poco. Es más, llegó a sorprenderme cuando con un ademán despidió a sus dos matones, ordenándoles que esperaran fuera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Así hablaremos más tranquilos —dijo—. ¿Has traído el pergamino?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le tendí el rollo de cartón en el que había protegido el documento y él lo extrajo extendiéndolo sobre una caja vacía. Sacó una lupa y comenzó a examinarlo con sumo cuidado. Permaneció en esta actitud durante unos momentos, negando de vez en cuando con la cabeza. Finalmente se encogió de hombros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Te juro que no entiendo por qué tienen tanto interés en este documento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Quién? —pregunté—. ¿Los Castaños?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Marcial, no seas curioso. Cuanto menos sepas de este asunto mejor para ti. Por cierto, los Castaños están dispuestos a olvidar este incidente con la única condición de que te volemos la cabeza y te abandonemos en un vertedero para que te coman las ratas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volvió a sonreír mostrando sus dos dientes delanteros forrados de oro. Yo le miraba fingiendo indiferencia y estudiando las posibilidades de lanzarme a su cuello y morderle la yugular. Mi madre siempre lo decía, hay que tener amigos hasta en el infierno. Cuando yo llegara Pepón me estaría esperando para hacer las presentaciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sin embargo —continuó— no voy a hacerlo. Me caes bien. Tienes clase y confío en que algún día trabajarás para mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sacó un sobre del bolsillo de la gabardina y me lo ofreció.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Aquí tienes lo prometido. Cuéntalo si quieres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No hace falta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Como quieras, pero hazme un favor. Coge la pasta y piérdete una temporada. Si los Castaños te ven por aquí yo voy a verme en un compromiso y tú criando amapolas. ¿Estamos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Iba a marcharme, pero dudé un momento y esa estúpida curiosidad que tantos problemas había causado volvió a jugarme una mala pasada: quería ver la cara de Pepón cuando se lo contara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Antes de irme quiero decirte una cosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pepón me miró detenidamente, intentando averiguar por dónde iba a salirle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—El pergamino es falso —dije como quien no le da importancia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para mi sorpresa Pepón no pareció inmutarse. Permaneció callado un momento y luego, sonriendo, llamó a sus muchachos. Si mis pensamientos se hubieran materializado mi boca se habría desvanecido y la lengua, reptando como una serpiente, hubiera corrido a metérseme por el culo. Sin embargo el Picha-bífida se dirigió a sus matones indicándoles que me acompañaran a la puerta como si no hubiera oído nada. Opté por callar y escoltado por los dos guardaespaldas apresuré mis pasos hacia la puerta. Cuando ya me había alejado unos metros el Pepón gritó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Marcial, lo mejor que puedes hacer es olvidarte de este asunto. Has tenido suerte hasta ahora, pero la fortuna no va a sonreírte eternamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No contesté. Algo me decía que ésta no iba a ser nuestra última entrevista. Llegué a la entrada de la nave y el albino me devolvió la recortada y los cartuchos. La cargué, me la colgué al hombro por el interior de la americana y salí a la calle donde aún llovía. Tenía la cabeza vacía. No quería darle más vueltas a este asunto de locos. Sólo pensaba en dormir. Un día entero a ser posible y en mi cama, con la sola y amable compañía de una botella de ginebra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Justo antes de meterme en el metro tuve un presentimiento y entré en un portal. Abrí el sobre y conté el dinero. Mis temores se confirmaron: el cabrón del Picha-bífida me había sisado mil duros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegué a casa y me invadió un tremendo cansancio. Hacía mucho frío y tuve que encender la estufa y ponerle un par de mantas más a la cama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al vaciar los bolsillos de la americana para acostarme encontré un papel. Era la copia que Armengoa había hecho del pergamino. Lo arrugué y lo tiré a la papelera. Sin embargo un segundo después estaba agachado rebuscando entre los papeles. Por fin lo encontré y tras plancharlo con las manos lo clavé con una chincheta en la pared, frente a la cama. Permanecí durante un rato con la mirada perdida en aquellas frases sin sentido. Cuando me dormí unos números daban vueltas y más vueltas alrededor de mi dolorida cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;FIN DEL PRIMER CAPÍTULO&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-898386210894083838?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/898386210894083838/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=898386210894083838' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/898386210894083838'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/898386210894083838'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/05/cap-1-10.html' title='CAP 1 - 10'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-4470707540638498149</id><published>2008-04-29T13:04:00.003+02:00</published><updated>2008-05-01T12:31:22.320+02:00</updated><title type='text'>CAP 1º - 9</title><content type='html'>La visita al hospital no me aclaró gran cosa y salvo por comprobar los efectos reconfortantes de la legendaria y temida venganza del Canencia sobre aquel muerto de hambre, podía considerarse un absoluto fracaso. En aquel asunto nadie sabía nada, ni Pepón, ni los Castaños, ni Peláez, y yo mismo, la única persona lúcida del embrollo, comenzaba a sentirme como un burro al que atan una zanahoria frente a las cejas y avanza y avanza sin ningún destino preciso. La solución siempre iba unos pasos por delante de mis pesquisas. Ahora se alejaba hasta un chalé de las afueras, pasando por la librería de mi amigo Armengoa, que por cierto seguía sin contestar al teléfono.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cometiendo un exceso cogí un taxi y me planté en la librería. Pese a lo avanzado de la hora la puerta estaba cerrada. Aquello no me daba buena espina así que decidí utilizar la entrada trasera que se escondía en un lúgubre callejón. Casi me rompo la pierna a fuerza de darle patadas a la puerta, pero finalmente cedió la cerradura y recortada en ristre entré en la tienda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más que una librería de viejo parecía una de aquellas progres y voluntariosas que, años atrás, quemaban los fachas en su cruzada contra la infiltración roja y moscovita, y que fina y sutilmente acababan decorando con un zurullo contracultural que apestaba a croissant de California.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los libros habían sido cuidadosamente desmontados de sus estanterías y revisados. No hacía falta ser un lince para comprender que buscaban mi pergamino y que para ello no habían reparado en esfuerzos. Habían despegado el papel de las paredes; levantado el suelo en todos aquellos lugares en los que un baldosín flojo hacía sospechar un escondrijo; descolgado cuadros y rajado las telas, e incluso habían arrancado la vieja cisterna del retrete para revisar su interior. De Armengoa no había ni rastro, pero unas gotas de sangre junto a la entrada no presagiaban nada bueno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De repente un libro cayó de su estante y el aullido más desgarrador me heló la sangre. No lo dudé y volverme y descargar los dos cañones de la recortada sobre la figura fue todo uno. No creo que a Armengoa le molestara demasiado el boquete que hice en la tienda, pero del pobre gato sólo pude encontrar el cascabel. Alguna anciana del barrio le llamaría minino traidor y desagradecido, imaginándole en las garras de alguna gata seductora y pérfida, sin saber que el pobre animal había dejado sus siete vidas sobre el mostrador de una librería de viejo. Así es la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La detonación debía haber sacado a media ciudad de la siesta, así que opté por hacerme humo lo más rápido posible y me perdí en el callejón. Al doblar la esquina unos brazos de oso me aprisionaron por la espalda, y una voz de ogro restalló en mi oído.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—La jodiste Marcial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Tanganica, cabrón, un día de estos voy a volarte los sesos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El negro me soltó riendo como un poseso, con aquellas carcajadas suyas partidas y quejosas como la tos de un tísico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Guarda eso — dijo, señalando la recortada— y sígueme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Tanganica comenzó a avanzar con grandes zancadas. Saltaba vallas, cruzaba patios, atravesaba callejones e incluso llegamos a pasar a través de un par de viviendas llenas de viejos y viejas arrugados y llenos de polvo que frente a la radio parecían esperar todavía el resultado de la batalla del Ebro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finalmente llegamos a la puerta de un desvencijado club de puertas repintadas de rojo, coronado por un cartel dorado en el que podía leerse “Las Intocables”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No me jodas, Tanganica. No me irás a llevar de putas a estas horas...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El negro mostró su dentadura de caníbal en una sonrisa de oreja a oreja y golpeó con los nudillos. Primero tres golpes cortos y luego uno rápido. Esperó un momento y repitió la operación. Tras unos instantes de incertidumbre, comenzó a aporrear la puerta como un loco. Por fin alguien abrió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Rápido, pasad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La que hablaba era una gorda como de unos cincuenta años, teñida de rubio, con los labios muy pintados de rojo y una verruga negra a la altura del mentón. Un suéter naranja ceñidísimo permitía adivinar unas tetas descomunales que debían rozarle las rodillas. Era Mary la Sorda. El negro hizo las presentaciones y Mary atrancó la puerta con un pasador de hierro. El local estaba iluminado con una tenue luz roja. Tenía una pequeña barra con cuatro taburetes desgarrados de skay y unas botellas con las marcas más insólitas de whisky y ginebra que hubiera visto nunca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Pasad al reservado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El reservado era una habitación de dos metros con un colchón de gomaespuma, una sábana sucia y fina como papel de fumar, una mesita de noche con tres patas y una imagen fosforescente de la virgen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¡Armengoa!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Allí estaba el muy mamón fumándose tranquilamente un cigarro, mientras yo lo imaginaba en un vertedero, lleno de perdigones y criando estiércol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Evidentemente tenía mucho que contar, así que Mary sirvió unas copas y nos instalamos todos juntos en el camastro, en erótica reunión clandestina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por lo visto el Armengoa estaba a punto de abrir la tienda cuando dos tipos con muy mala pinta le empujaron hacia el interior a golpe de pistola. Le encerraron en el retrete y empezaron a ponerlo todo patas arriba. Estaban buscando el pergamino. Cuando llevaban un buen rato revolviendo sin ningún resultado, sacaron al librero de su encierro y le pusieron de rodillas, amenazando con volarle la tapa de los sesos si no les decía dónde estaba escondido el papel. En eso se abrió la puerta y entró Tanganica como un torbellino, repartiendo golpes a diestro y siniestro —más bien a siniestro— y entre él y el Armengoa, que estaba quemado por el destrozo y las amenazas, pusieron a los matones a caldo. La sangre del suelo era de ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Me temo que voy a tener que cerrar la tienda por unos días. Afortunadamente los destrozos los pagará el seguro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Tanganica, como casi siempre, sonreía sin decir palabra, pero yo no acababa de ver claro el asunto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Oye —le pregunté—. ¿Y tú como sabías que éste tenía el pergamino?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Muy sencillo. El otro día te estuve siguiendo durante toda la mañana. Nuestro encuentro no fue tan casual como pareció.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Por lo visto —intervino Armengoa— el chaval decidió que no estaba muy seguro con el pergamino en mis manos y se vino de inspección. Muy oportunamente, por cierto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Animados por las copas empezaron a hablar atropelladamente y a contarme los asaltos del combate, mientras yo se lo gritaba al oído a Mary la Sorda que no quería perderse ripio de la pelea y se pasaba el rato tirándome de la manga para que le contara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Les dejé desfogarse y sólo cuando Tanganica amenazaba con empalmar su relato con la pelea en el Madison Square Garden contra la “Maza de Detroit” me animé a interrumpirles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pero bueno ¿y el pergamino?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Armengoa cogió un maletín que tenía tras su espalda y, depositándolo en el suelo, lo abrió. Allí estaba mi pergamino sano y salvo. Poco más de un folio viejo de papel por el que nos estábamos jugando la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Lo has traducido?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Armengoa asintió con la cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es un documento muy interesante, pero no sé si va a serte especialmente útil. Aquí tengo la traducción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tomé el papel que me tendía el librero y comencé a leer con deleite. En él debía encontrarse la clave de aquel extraño asunto. Sin embargo, conforme más iba leyendo, más cara de gilipollas debía estar poniéndoseme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué coño es esto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué esperabas, el plano de un tesoro?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sin coñas, Armengoa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Es un códice esotérico. Un compendio sobre magia o alquimia. El original se atribuye a un personaje más o menos mítico llamado Hermes Trismegisto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Trismegisto... —repetí yo, viendo que aquello no llevaba a ningún sitio interesante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Trismegisto, sí. Tres veces grande o tres veces sabio, podría ser la traducción. Un personaje egipcio a quien algunos hacen coincidir con el dios Thot, aunque también era conocido por persas y caldeos. Hay quien apunta que bajo ese nombre, utilizado a modo de seudónimo, se transmitía la obra de un antiguo centro iniciático.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sin erudiciones, que me pierdo —avisé sirviéndome un nuevo trago de ginebra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Esta obra debió llegar a Toledo de mano de los árabes traducida ya del egipcio o el hebreo. Se trata de una copia en latín de la Tabla Esmeralda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Armengoa hizo una pausa para encender un cigarrillo y continuó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—El original, según cuenta la tradición, habría sido grabado en un libro de páginas de oro, adornado con esmeraldas. Este pergamino, como ves, es una copia de aquel texto. Una serie de sentencias de sentido muy oscuro para quien no sea un experto en la materia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Permanecí callado durante unos momentos intentando deshilvanar el hilo de aquella historia pero resultó inútil. Frases como “Esto es verdad, sin mentiras, muy verdadero” o “El sol es su Padre; la Luna su madre. El viento lo ha llevado en su vientre. La tierra es su nodriza”, me sonaban más a fandango que a otra cosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Lo siento —dijo Armengoa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿No hay nada más?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Lo que has visto. Doce sentencias y un pie de página con el nombre de Toledo y unas cifras sin mayor sentido, al menos para mí: 14, 45, 40, 24, 30. Eso es todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Será el teléfono del faraón —bromeó Tanganica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mis sueños de riqueza se desvanecían como polvo entre los dedos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Y por su antigüedad, ¿tiene algún valor?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Armengoa y Tanganica se miraron de un modo significativo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué ocurre? —pregunté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Marcial, lo siento, pero este documento es falso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Cómo que es falso? —pregunté ya un poco cabreado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Que es falso. Ni siquiera es antiguo. Tendrá a lo sumo cuarenta o cincuenta años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Daban ganas de comerse el pergamino. Me había estado jugando la vida y poniendo en peligro la de mis amigos por un pedazo de papel que no valía ni su peso en el trapero. Tardé varios minutos en reaccionar y sólo gracias a media botella de ginebra pude salir del paso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Bueno —dije reponiéndome—. Todavía no está todo perdido. Pepón Picha—bífida ha ofrecido veinte mil duros por el papelito. Si me doy prisa, todavía llegaré a tiempo para la cita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Sí, es tarde —intervino Mary la Sorda—. Mis chicas deben estar a punto de llegar y preferiría que no os vieran aquí, que luego todo se sabe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nos despedimos. Les di las gracias a Mary y al Armengoa y salí con Tanganica en dirección al metro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Quieres que te acompañe?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No creo que sea necesario. Gracias de todos modos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la calle había comenzado a llover. En el metro, sin embargo, hacía un calor pegajoso y maloliente que revolvía el estómago. Hubiera debido tomarme un Alka—Seltzer.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-4470707540638498149?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/4470707540638498149/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=4470707540638498149' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/4470707540638498149'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/4470707540638498149'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/04/cap-1-9.html' title='CAP 1º - 9'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-5496756292266907929</id><published>2008-04-17T12:39:00.004+02:00</published><updated>2008-04-17T12:54:18.601+02:00</updated><title type='text'>CAP 1º - 8</title><content type='html'>No podía decirse que hubiera comenzado la mañana con muy buen pie. Sentía el cráneo sujeto con tiritas y lo que quedaba sano de mi cerebro me hacía saber que de seguir así iba a acabar en una institución de oligofrénicos, con la vista perdida en el vuelo de mil moscas imaginarias.&lt;br /&gt;Compré un par de Alka-Seltzer y entré en una cafetería a tomármelos. Tras hacerlo pude empezar a hilvanar ideas, por lo menos las más sencillas. El día podía ser duro y debía estar preparado. Bajé a los servicios y dentro de uno de los retretes comencé a limpiar la recortada. Acababa de empezar cuando escuché unas voces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No me jodas, eso es bicarbonato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Anda con el listo. Prueba, pruébala. Métete una raya y me lo cuentas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ésa sí que era buena. Un camello pasando coca delante de mis narices. Estaba muy cansado y aquello me dio una idea. Le di una patada a la puerta y salí Benelli en mano a vérmelas con aquellos dos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Que nadie se mueva! —grité.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Hostias, un madero —dijo el camello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El comprador no dijo nada porque se puso blanco como la cal y comenzó a recular contra la pared hasta que metió el pie en una escupidera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Os habéis caído con todo el equipo. Venga, al suelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se tumbaron sin rechistar. El traficante llevaba en el bolsillo una pequeña bolsa llena de polvo blanco. Corté un puñado con la navaja y acercándomelo a la nariz aspiré con más voluntad que estilo, pues ciertamente no soy experto en esas lides.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Tú, quítate el cinturón —le dije al más asustado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué va a hacer?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Que qué voy a hacer?, pues qué voy a hacer, coño, darte por el culo. Venga maricón, date prisa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tío me dio el cinturón y al salir lo utilicé para cerrar su puerta enganchándola en la manilla del váter de señoras. Subí, pagué apresuradamente la consumición y salí a la calle sonriente y feliz como un niño con zapatos viejos. Mi cerebro iba recuperando las esperanzas de salvación y el cansancio había desaparecido. Tenía, por el contrario, ganas de andar y correr.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eres el mejor, decía, eres el mejor y no van a poder contigo. Y mientras pensaba en los maravillosos efectos del Alka—Seltzer, no pude evitar ponerme a cantar aquello de: “Marcial, tú eres el más grande...”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con el espíritu renovado y la canción guerrera en los labios entré en la primera cabina que pude encontrar. Era urgente que Armengoa me ofreciera alguna pista sobre el contenido del pergamino. Llamé varias veces pero nadie cogía el teléfono. El muy vago no debía haber abierto la tienda y eso que ya eran más de las diez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el último intento la cabina se tragó los duros y estuve a punto de reventarla a patadas. No obstante decidí tomarlo a broma. Qué más daba. Pronto iba a ser rico. Muy rico. Y Patro bebería los vientos por mí en cuanto oliera la pasta. Y podría contratar a la asistenta dos horas todos los días y tendría un gran barril lleno de ginebra de garrafa y montañas de Alka-Seltzer y mucha ropa de la mejor y una bañera para dos, o mejor para tres. Una bañera de mármol con grifos de bronce y un secador de aire caliente en vez de toallas, y dos tailandesas que vendrían todos los sábados desde Bangkok para hacerme un masaje con aceite de coco, y tendría un mayordomo como Rip Kirby y una silla de ruedas como Ironside y un fonendo como el doctor Welby y un par de tetas como las chicas del Penthouse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No pude reprimir la risa. ¿Para qué quería yo un par de tetas? Pero qué más daba. Iba a ser rico y todos tendrían que aguantar mis caprichos con sonrisas de oreja a oreja, así que si quería tener tetas las tenía y todo el mundo a joderse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entre pensamiento y pensamiento avanzaba por la calle con zancadas de gigante hacia mi destino. Tenía que ver a mi cliente, el de las guindillas, antes de que le dieran el alta. Era la clave del asunto. Sólo él podía aclarar qué historia era ésta. Por qué la gente del Castaño desconocía lo del pergamino y lo que era más importante, cómo lo sabía él. Tendría que explicarme también a quién se le había ocurrido un escondite tan macabro y ante todo y sobre todo si escocía mucho lo de las guindillas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La risa volvió a atacarme y tuve que parar un momento a recuperar la compostura, dado que ya estaba junto a la puerta del hospital y tampoco era cosa de entrar despelotándose a un lugar tan triste, como si uno fuera un sádico o una quinceañera histérica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entré en la clínica y pregunté por mi cliente. Afortunadamente se había inscrito con el mismo nombre que dio en el hotel y no fue difícil localizarle. Habitación 614.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Subí en el ascensor y ya frente a su puerta no pude evitar sentir un cierto nerviosismo en el estómago. Golpeé con los nudillos antes de entrar y tras recibir su permiso para pasar me planté frente a él con la más beatífica de las sonrisas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A decir verdad no tenía muy buen aspecto. Unas grandes ojeras le enmarcaban los ojos, y aunque hacía poco tiempo que le habían visto por última vez parecía estar mucho más delgado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sé qué le habían hecho en el aparato, pero hacia la mitad de la cama se producía un elevamiento como si fuera una tienda de campaña pequeñita o la casa de un indio enano. A duras penas pude reprimir una carcajada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Cómo se encuentra? —pregunté con aire compungido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Mal, muy mal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué le ha ocurrido?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus ojos parecieron girar en las órbitas y las venas del cuello comenzaron a hinchársele a través del pijama. Se diría que tan sólo recordar los pasados acontecimientos le provocaba instintos animales. Lentamente balbuceó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Algún hijo de puta me...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no pudo seguir hablando y tuve que acercarme a su lado pidiéndole que se tranquilizara. Le serví un poco de agua y tras refrescarse la garganta pareció un poco más calmado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué hay de nuestro asunto? ¿Consiguió el pergamino?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Oh, sí. Naturalmente —dije aparentando indiferencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Puedo verlo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Oh, casualmente no lo llevo encima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Hace tres días que espero ese papel y usted sin aparecer. Y ahora viene diciendo que no lo lleva encima. Creo que no olvidará que le he dado un adelanto sobre el trabajo a realizar y que si quiere cobrar el resto tendrá que entregarme el pergamino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No me olvido de nada. Pero parece que a usted sí se le olvidó decir que el velatorio era de Abraham Castaño, uno de los tipos más peligrosos del país.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se calló como un zorro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Y no sé si sabrá —proseguí— que en estos días de retraso han intentado matarme, me persiguen a todos lados, me han golpeado cuatro o cinco veces y los del Santo Entierro han rescindido el contrato que mantenía con ellos para tener un funeral decente el día de mi muerte. Las noticias vuelan y mi pellejo vale menos que el de un visón calvo. Así que, amiguito, ya estás largando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No parecía dispuesto a hablar. Se ve que había dado con un tipo duro. Me miraba con los ojos muy fijos y estudiaba las posibilidades que tenía de salir del embrollo sin que le partiera la cara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Seamos sensatos. Usted tampoco preguntó de quién era el funeral. Le adelanté un dinero y estoy dispuesto a mantener el trato y darle el resto, más una bonificación de, digamos, veinticinco mil por las molestias, siempre que, claro está, me entregue el pergamino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Contemplaba y escuchaba con asombro cómo el precio de mi piel había subido en cinco mil duros desde nuestra última conversación. Claro que si pensaba liquidar con eso el asunto lo llevaba absolutamente claro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—El caso es que ya no quiero dinero, sino información. De lo contrario...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Me vas a pegar —interrumpió con una sonrisa digna del cerdito de Sanders—. He de avisarte que he tomado mis medidas. La enfermera me ha dicho que unas habitaciones más allá convalece un pez gordo y la escolta, al menor síntoma de jaleo, no tardará ni un minuto en acudir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Pegarte? —dije con la mejor de mis sonrisas—. No, qué tontería. Soy pacifista y no me gustaría mancharme las manos de sangre. Pero tengo aquí algo que seguro que te va a gustar.&lt;br /&gt;Eché mano al bolsillo de la americana y extraje unas guindillas que había comprado en previsión de cualquier contratiempo. Las agité insinuante delante de sus narices y él murmuró un histérico “hijo de puta” y se derrumbó llorando y pataleando como un niño. Le di dos bofetadas y se calmó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Soy todo oídos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No sé nada —dijo entre sollozos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Tranquilo que todo va a salir bien. Bebe un poco de agua y cuéntame la historia desde un principio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi interlocutor carraspeó, bebió unos sorbos y me miró con ojos acuosos. Su historia fue toda una decepción. Era un viajante de comercio que desde hacía varios años recorría el país representando productos de una serie de empresas de alimentación. Sin embargo las cosas iban mal últimamente y cuando le ofrecieron hacer de intermediario en una transacción no lo dudó. Poco podía ofrecerme. Apenas un nombre y la dirección de un chalé en una elegante urbanización de las afueras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué sentido tiene el pergamino?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Me ofrecieron casi el doble por no hacer preguntas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Comprendo. Por cierto ¿por qué me elegiste a mí para el trabajo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No fui yo. Me dieron el nombre y el teléfono. Por lo visto lo habían elegido en las páginas amarillas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Bien. No te molesto más. El médico ha dicho que te darán de alta dentro de un par de días.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Caminé hacia la puerta y, una vez allí, le dije en tono doctoral:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Un consejo, deberías cambiar tu marca de preservativos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cerré la puerta justo a tiempo. Una lámpara estalló en el lugar donde segundos antes se encontraba mi cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras avanzaba por el blanco pasillo, camino del ascensor, todavía escuchaba sus insultos y maldiciones. Sin embargo no pude prestarle atención. Alguien me estaba tomando por gilipollas. Mi número no aparece en las páginas amarillas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-5496756292266907929?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/5496756292266907929/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=5496756292266907929' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/5496756292266907929'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/5496756292266907929'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/04/cap-1-8.html' title='CAP 1º - 8'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-565063271108021595</id><published>2008-04-07T18:23:00.003+02:00</published><updated>2008-04-07T18:33:28.833+02:00</updated><title type='text'>CAP 1º - 7</title><content type='html'>&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Escapar con bien de las garras del Picha-bífida podía considerarse todo un éxito pese a la humillación, el frenillo roto, el dolor de cabeza y a tener la cara como un pan de la bofetada que me propinó su sicario, el monstruo blanco. Tenía que hacer entrega del pergamino en una nave vacía de Campamento a las siete de la tarde. Él me daría mis cien mil del ala e intentaría solucionar mi situación con los muchachos del Castaño. Así se arreglaba el problema y todos quedábamos contentos. El negocio resultaba perfecto salvo por un detalle: yo no tenía ninguna intención de entregarle el pergamino. Al menos por ahora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Debían ser las siete de la mañana y hacía un frío de merluza congelada. Entré en el metro sin dejar de rumiar malévolos y vengativos pensamientos. Toda esa historia estaba empezando a ponerme de mala leche. De muy mala leche. No había llegado uno a sus años para que una furcia le estampara una lámpara en la cabeza y un orangután le cruzara impunemente la cara para ganar puntos delante del jefe. Tenía hasta las siete de la tarde de relativa tranquilidad. A partir de ese momento más me valía desaparecer del mapa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Llegué al hotel y subí a la habitación. Tal y como pensaba la habían dejado como después de un terremoto. Afortunadamente uno es precavido. Abrí la ventana y estirando el brazo palpé la cornisa hasta dar con una bolsa de plástico. Allí, cuidadosamente envuelta, se encontraba la Benelli. La metí en una bolsa junto con la ropa y salí de aquel hotel piojoso en el que no había tenido más que complicaciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Decidí buscar un lugar seguro donde instalarme y al instante pensé en Patro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Llamé a la puerta y tras un momento de espera abrió. Creí que iba a lanzarse a mis brazos para besarme emocionada, pero para mi desconcierto intentó darme una patada en los cojones. Tuve que cogerla por la cintura y cargármela al hombro, oyendo cómo profería horribles maldiciones y abominaba de mí y de todo lo mío entre puñetazos y gritos, mordiscos y arañazos. Yo sonreía con una mueca más bien imbécil ya que la muy animal me estaba haciendo polvo, y para polvos estaba yo con el frenillo roto, así que le decía que se calmara, que podía explicárselo todo, y ella contestaba que sí, hijo de puta, que se lo expliques a tu padre el obispo, que te dije que no se te ocurriera volver a aparecer por aquí, y suena la puerta y ahí estás tú, con tu cara de muerto de hambre, esperando que te tienda los brazos después de lo que me hiciste, que eso no se le hace a una mujer como yo, y no te creas que me van a faltar hombres, así los tengo, así, y educados y con pasta, no como otros que no tienen donde caerse muertos, y entre arañazos y golpes yo intentaba justificarme y ella insistía llamándome chulo, degenerado, pervertido y maricón, muchas veces maricón y ya estaba más que a punto de desfallecer cuando el destino vino en mi ayuda y ella, a mis espaldas, cogió un candelabro, me lo plantó en la cabeza y todo se hizo nuevamente oscuro, y mientras caía al suelo yo sabía que había ganado y que más tarde, tan sólo un poco más tarde, me despertaría en sus brazos y ella tendría los ojos arrasados en lágrimas de arrepentimiento y pasaría una bolsa de hielo por mi cabeza, al tiempo que se desharía en palabras de amor susurradas al oído, oh cariño te he echado tanto de menos, perdona, me puse tan nerviosa al verte... descansa cariño que te prepararé un baño caliente como tanto te gusta y te daré un masaje en la nuca que te dejará nuevo, y Caperucita volvería a caer en brazos de su lobo y juntos chapotearíamos en la bañera riendo como locos, y ella prepararía una cena deliciosa y tendería un mantel y sobre el mantel velas y su mejor vajilla, y vino caro y embriagador, y luego bailaríamos al son de una música lenta y entre penumbras nos besaríamos, y yo deslizaría mis manos bajo su vestido jugueteando con sus nalgas y ella me besaría el cuello y nuestras ropas quedarían tendidas aquí y allá y tras una interminable noche de amor beberíamos champán y más champán hasta caer exhaustos y borrachos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Borrachos, malditos borrachos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Una vieja con aspecto de bruja me zarandeaba con un escobón y hablaba arrojándome perdigones de saliva al rostro, echándome del rellano de la escalera a la que me había arrojado Patro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—A dormir la mona a la calle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Es que yo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Calla cerdo. Luego me vomitarás la escalera y yo a joderme y a limpiarlo. Lárgate o llamo a la policía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Bajé tambaleándome las escaleras de casa de Patro. Sentía la cabeza como un globo a punto de estallar e incluso creo que sangraba un poco. Si este caso daba algo de pasta iba a tener que encargarme una cara nueva. Me estaban dejando convertido en un monstruo a fuerza de golpes. Aunque realmente eso era lo de menos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;El aire frío de la calle calmó un poco mis dolores pero no la congoja que sentía por dentro. Sospechaba que Patro ya no me quería.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-565063271108021595?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/565063271108021595/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=565063271108021595' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/565063271108021595'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/565063271108021595'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/04/cap-1-7.html' title='CAP 1º - 7'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-6141503328386417104</id><published>2008-03-30T19:16:00.007+02:00</published><updated>2008-03-30T20:11:45.708+02:00</updated><title type='text'>CAP 1º - 6</title><content type='html'>&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Llevaba toda la mañana investigando y era poco lo que había sacado en claro. Nadie parecía saber nada a excepción, claro está, de que me la había jugado por colarme de rondón en el velatorio del Castaño. En cuanto al pergamino, ni nombrarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Era una situación extraña. Un viejo pergamino escondido en un ataúd; un tipo que conoce el escondrijo y me manda a buscarlo metiéndome en una ratonera; un grupo de hampones que se lanza a mi captura, y un servidor intentando sacarle partido a una historia sin pies ni cabeza. La única conclusión lógica era que si alguien podía aclararme aquel embrollo era mi cliente. El hombre que me había encargado el trabajo y que estaba dispuesto a pagarme cien mil pesetas por el pergamino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Llamé a su hotel y en centralita me dieron un mensaje lacónico: el señor Peláez había sufrido una indisposición, teniendo que ser trasladado de urgencia a un hospital. Al parecer las guindillas habían tenido un efecto explosivo. Mañana iría a hacerle una visita. Hoy poco quedaba por hacer. Pasé por el club El Sorbete a recoger mi ropa, compré una botella de ginebra y me fui para el hotel. Más me valía descansar ya que el día siguiente, según esperaba, iba a ser muy, pero que muy movido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Según dijo el conserje no había preguntado nadie por mí, ni habían venido a verme. De todas formas le pedí la cuenta con intención de marcharme al día siguiente. No había que apurar la suerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Entré con cuidado en la habitación pero todo parecía normal. El jarrón de plástico con flores artificiales sobre la mesa; el teléfono prehistórico y sin línea; el armario con dos perchas de alambre; las cortinas estampadas de flores amarillas; la alfombrilla de recorte de moqueta; la chica desnuda sobre la cama...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Pasa cariño, no te quedes ahí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Aquella chavala era una de esas bellezas que le huelen a uno los billetes junto al sobaco como los perros las salchichas. Evidentemente su olfato andaba estropeado o iba buscando algo, ya que por mi parte lo más que podía hacer era firmarle unas letras a treinta, sesenta y noventa días. Claro que tampoco era cosa de desaprovechar la ocasión, así que cerré la puerta con doble vuelta de llave, dejé encendida una luz tenue, bebí un buen sorbo de mi botella de ginebra y fui desnudándome camino de la cama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Fue una noche inolvidable. Bien es verdad que no lo fue gracias a su pecho duro y poderoso como un capitel de mármol, ni por sus largas piernas de muslos prietos rematadas por un culo retozante e invitador como un melocotón. No. Resultó todo mucho más simple. Apenas le puse la mano encima y a causa, supongo, de la desacostumbrada erección, se me rompió el frenillo y comencé a sangrar como un cerdo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Entre ir al baño y cortarme las venas con una Gillete o pegarme fuego a lo bonzo en la puerta del Congreso, opté por lo más sencillo: beberme la botella de ginebra mientras ella me hacía cosquillas en la espalda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—¿Te duele mucho?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Psché...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Parece mentira que de una herida tan pequeña salga tanta sangre. Lo has puesto todo perdido. Espera que voy a limpiarlo un poco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Entre las caricias y la ginebra me había entrado una modorra terrible, así que cuando la rubia se levantó de la cama ni siquiera me volví para mirarla. Y fue un error. Un grave y doloroso error, ya que lo siguiente que recuerdo fue un golpe seco y duro que retumbó en mi cabeza como si fuera el badajo de una campana. Luego todo se volvió negro y la placidez me envolvió. Por lo visto la chica no era un cortesía del hotel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Desperté, no sé cuánto tiempo después, en un cuarto de paredes desnudas y atado a una silla. Mis ojos estaban empezando a acostumbrarse a la luz de la lámpara que pendía del techo, cuando un tipo con cara de muy mala leche entró en la habitación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Voy a desatarte. No hagas tonterías. El jefe quiere verte —dijo entre lacónico y telegráfico.&lt;br /&gt;Le seguí por un largo pasillo hasta llegar a una habitación grande y bien instalada, con moqueta de lana y paredes revestidas de madera, tan bien puesta como el despacho de un notario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Caramba, a quién tenemos aquí. Marcial Canencia en persona. Hoy por hoy, el hombre más buscado de todos los madriles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;La voz que pronunciaba estas palabras resultaba inconfundible. Todo el mundo había oído hablar de él. De él y de su historia. Una puta cara de Fleming, despechada y vengativa, se la jugó de una forma terrible. Y fue llevándoselo a la cama aunque parezca mentira. Previamente se había introducido entre las piernas un artilugio que en algunos sitios conocen como “salchichero”. Un simple aro de metal con una cuchilla en el centro. Con las urgencias del amor uno aprieta y aprieta y el salchichero te va rebanando el miembro hasta dejarlo como la lengua de una serpiente. Mi interlocutor había matado con sus propias manos a dos hombres que entre risas le llamaron por el apodo con que era conocido en todo el hampa: Pepón Picha-bífida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Su grupo controlaba gran parte de la prostitución en la ciudad, en pugna con el clan de los argentinos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Ponte cómodo. ¿Quieres tomar algo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Sí, por favor. Quiero un Alka-Seltzer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Un esbirro preparó el brebaje y el picante y ansiado sabor de sus burbujillas me devolvió algo de consciencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—¿Te preguntarás por qué te hemos traído aquí? —dijo Pepón entrando en materia—. Es muy sencillo. Media ciudad anda buscándote y yo puedo conseguir un buen precio si te entrego.&lt;br /&gt;Las cosas pintaban feas, pero estaba tan cansado y me dolía tanto la cabeza que pensé que lo mejor sería acabar de una vez: una peana de cemento y al Manzanares, a hacerle compañía a los patos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Sin embargo —continuó Pepón— no voy a hacerlo. Y no voy a hacerlo porque admiro tu valor. Meterte en mitad del velatorio del Castaño y amenazar a toda su gente con una recortada... Hubiera invitado a todos mis clientes a una ronda de niñas gratis por verles la cara de gilipollas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Yo no sabía que era el entierro de Abraham Castaño —repliqué sin demasiada convicción.&lt;br /&gt;Efectivamente, el Picha-bífida me ignoró y continuó hablando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Lo que está claro es que no lo hiciste por hobby. Según he oído decir desgarraste un lateral del ataúd y recogiste algo, no sé qué. Y no lo sé porque ni los mismos hombres del Castaño sabían que allí hubiera nada escondido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Los ojos debieron ponérseme como platos al oír aquellas palabras. Ésa sí que era buena. Ahora resultaba que nadie, salvo mi cliente, sabía que el pergamino estuviera allí. En ese momento comprendí por qué había resultado todo tan sencillo. No se esperaban una cosa parecida. Sin embargo la historia se volvía más extraña por momentos y yo, la verdad, no tenía muchas ganas de continuar con ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Estoy esperando a que hables —me espetó Pepón ya un tanto impaciente.&lt;br /&gt;Comencé a contar poco más o menos lo que sabía. Bien es verdad que le añadí algún que otro detalle para darle colorido y emoción al asunto. Por ejemplo que mi cliente ya había recibido el pergamino y yo cobrado mi dinero y abandonado el caso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Pepón sonrió a sus muchachos y todos, como impulsados por un resorte, comenzaron a carcajearse. Uno de ellos, albino y grande como un cruce entre la Masa y Copito de nieve, se acercó y me largó un revés como la coz de una mula. Pepón continuaba sonriendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Mira Marcial, yo empecé muy joven en esto vendiéndole perros a un restaurante chino para que hiciera chopsuey. Desde aquello he corrido mucho y ahora controlo un pequeño aunque floreciente negocio. En resumen, déjate de cuentos y hablemos claro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;No las tenía todas conmigo después del tratamiento de choque del albino, así que mi respuesta no se hizo esperar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—De acuerdo. Este asunto me está viniendo grande y estoy deseando traspasárselo a alguien. Por un módico precio, claro está -aventuré sin muchas esperanzas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—No creo que estés en condiciones de pedir nada, pero hoy me siento generoso. Concreta tu oferta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Quiero cien talegos -dije mirándole fijamente a los ojos. Y al ver que no se reía, añadí—: Y otro Alka-Seltzer.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-6141503328386417104?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/6141503328386417104/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=6141503328386417104' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/6141503328386417104'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/6141503328386417104'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/03/cap-1-6.html' title='CAP 1º - 6'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-829993808369016344</id><published>2008-03-24T09:53:00.003+01:00</published><updated>2008-03-24T10:00:42.828+01:00</updated><title type='text'>CAP 1º - 5</title><content type='html'>&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Tuve que dormir en un hotel y eso me hizo levantarme cabreado. Nunca he soportado los hoteles. Ni siquiera me gusta cambiar de cama especialmente si como la que me habían dado era dura como una pared y estaba estratégicamente situada junto a una cañería con problemas estomacales y propensión al ronquido. Por si fuera poco en recepción no tenían Alka-Seltzer y el recepcionista me envió sal de frutas y una Saldeva como si yo fuera una adolescente con la regla. Y eso no era lo peor. Lo peor era que iba a tener que pasar varios días durmiendo en ese agujero de chinches, ya que mi casa debía estar más vigilada que el Banco de España, toda llena de tipos con la misma sana intención: hacerme un agujero en el traje nuevo. Que esa era otra. Con tanto uso el traje de impresionar se me iba a quedar hecho una mierda, con más lamparones que el pañuelo de un tuberculoso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Desayuné un café con churros y me fui a ver a Armengoa, el de la compra-venta de libros, que era un experto en latinajos y tal vez pudiera explicarme por qué todo el mundo se mostraba tan interesado por el papelito del ataúd.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;En la calle, pese a la proximidad de la Navidad, no hacía un frío excesivo y lucía un sol reconfortante. Los guardias habían cortado el tráfico en la Puerta del Sol y se había formado un jaleo de narices. Afortunadamente yo iba a pie y como en tantas otras ocasiones me sentí feliz de no tener coche. Desde luego el que no se consuela es porque no quiere.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Armengoa acababa de subir el cierre y eso que eran cerca de las diez. Claro que como él mismo repetía siempre, para cuatro mamones que leen un libro en este jodido país, no va uno encima a madrugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Hola, Armengoa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—¡Coooño! Dichosos los ojos —dijo mientras me estrujaba en un fuerte abrazo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—¿Dónde te habías metido, chaval? Tienes un aspecto imponente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Por ahí, de negocios. He estado ocupado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Me invitó a sentarme en la trastienda y me ofreció una taza de café.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—No gracias. ¿No tendrías un Alka-Seltzer?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;No tenía, naturalmente, así que no tomé nada. Le expliqué que debía hacerle una consulta y se mostró encantado de poder ayudarme. Comencé a explicarle el asunto pero en eso entró una chica delgada, fea y con gafas que le pidió un libro raro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—No guapa, no lo tengo, pero si vuelves la semana que viene puedo intentar conseguírtelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;La chica se marchó y Armengoa se volvió hacia mí sonriente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—¿Está buena, verdad? Oye, estoy pensando que voy a echar el cierre y así hablamos más tranquilos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Coño, Armengoa, que son las diez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Anda y que les den por el culo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Bajó el cierre y se sentó a mi lado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Mira, el asunto es el siguiente. Tengo en mi poder un papel que está armando mucho revuelo y tras el que anda mucha gente. Gente de lo peor, por cierto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—¿De qué se trata?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Ese es el problema. El pergamino en cuestión está escrito en latín o algo parecido y no entiendo ni palabra. Tómalo a ver si a ti te dice algo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Le tendí el papel y Armengoa lo examinó detenidamente durante unos instantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—¿De dónde has sacado esto? —preguntó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Si te lo contara no me creerías. Digamos que lo heredé de un amigo que falleció hace poco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Es latín, efectivamente, y por el aspecto yo diría que se trata de un códice medieval. Fíjate —me dijo señalando un punto del pergamino—. La “A” abierta como una épsilon griega y la “G” en forma de “C” caudada. Yo diría que se trata de escritura visigótica, siglos ocho al doce.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Maravillado ante tanta erudición, pero más prosaico, pregunté:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—¿Es valioso?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Hombre sí, pero no tanto como parece que me cuentas. De todas maneras déjamelo y mañana te lo tengo traducido. A ver si sacamos algo en claro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—De acuerdo, pero ten cuidado. La gente que lo busca no dudaría en quitarte de en medio si supiera que lo tienes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Descuida que no pienso jugármela por ti. De todos modos sal por la puerta de atrás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Salí a un callejón y de allí otra vez a la Gran Vía. Debía darme prisa. Tenía que hacer muchas cosas antes de acabar la jornada. Nada te vuelve más diligente que saber que tu pellejo vale menos cada minuto que pasa. Otra vez al metro. Iba a acabar con olor a talego de tanto andar encerrado, pero a ver qué remedio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;El andén estaba medio vacío y tal vez fue esa circunstancia la que me permitió sentir en la nuca un par de ojos clavados con insistencia. Me volví con rapidez y pude reconocer el rostro del hombre que me seguía desde lo del velatorio, intentando camuflarse tras las páginas de un periódico. Hay que reconocer que si era un asesino era todo un profesional: iba leyendo El Caso, pendiente de las últimas novedades del oficio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;No soporto que jueguen conmigo al gato y al ratón. He pasado muchos años de perro callejero, siguiendo de manera discreta y profesional a la gente más diversa, para que un gatito de angora, chapuzas y descarado, quisiera dármela con queso, así que decidí tomar la iniciativa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Esperé a que el metro apareciera en el túnel y me acerqué lentamente a mi perseguidor. Cuando estuve a su altura el metro ya estaba casi detenido. Se le veía un tanto sorprendido por mi actitud y no sabía muy bien qué hacer. Sus instrucciones debían limitarse a seguirme y dar cuenta de mis desplazamientos. Le pregunté la hora y muy nervioso se apresuró a dármela. Mi siguiente movimiento no creo que tuviera que apuntarlo en la agenda. Le solté un rodillazo en los bajos que le hizo sonar la campanilla al rebote de las pelotas en la garganta. Cuando comenzaba a recuperarse mi vagón ya se perdía ganando velocidad en la oscura profundidad del túnel. Aquella mañana no deseaba testigos de mis desplazamientos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Me bajé en Embajadores y subí envuelto por la muchedumbre. Tenía una cierta manía persecutoria y desde el calvo con sombrerito gris que caminaba a mi lado, hasta la coja que renqueaba con la bolsa de la compra, todo el mundo me resultaba sospechoso. Temía que en cualquier momento se me echara alguien encima con la navaja en la mano y me dejara el pescuezo como la tapa de un retrete.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;En tan animosas disquisiciones me hallaba cuando, al doblar un recodo, unos brazos de acero me atenazaron la espalda y una voz cavernosa y con murciélagos me susurró al oído.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Te voy a arrancar la oreja de un mordisco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Pataleando en el aire giré la cabeza y pude ver una blanca dentadura reluciendo dentro de una boca de enormes labios que sonreía. Era el Tanganica haciendo gala de una fina muestra de su sentido del humor. Pese al susto me alegró verle ya que quería hacerle un par de encargos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Entramos en un bar y el negro me contó que unos tipos le habían ofrecido una pasta si les daba algún detalle sobre mi paradero. Él se hizo el tonto y comenzó a contarles su combate contra la “Maza de Detroit”. Uno de ellos quería darle dos hostias a ver si le entraba la lucidez pero el otro dijo que lo dejara, que estaba sonado, y el Tanganica, por lo visto, sonreía y enseñaba mucho los dientes, así que terminaron largándose sin más problemas. Y el negro apuntó que afortunadamente para ellos, que si se llegan a poner tontos se lía a hostias y se los tienen que llevar con los dientes en el cogote. Y algo de razón debía tener porque yo he visto al Tanganica levantar un seiscientos con cuatro chavalas dentro y aparcarlo a pulso entre dos coches.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Le encargué que fuera a mi casa, cogiera algo de ropa y se la dejara al encargado del club El Sorbete que era amigo mío. Se tomó seis botellines y cuando comenzó a contar su combate contra la “Maza de Detroit”, le largué dos mil pelas para taxis y le dije que me perdonara, que tenía muchas cosas que hacer esa mañana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Inesperadamente el dueño del bar le preguntó si era Tanganica, el famoso púgil, y al negro se le iluminaron los ojos. Dijo que nos invitaba a una ronda a cuenta de la casa, que era un amante del boxeo y recordaba muy buenos combates del guineano. Decliné la invitación y salí por patas. El entusiasta aficionado iba a comprobar en sus carnes lo que era un auténtico peso pesado.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-829993808369016344?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/829993808369016344/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=829993808369016344' title='7 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/829993808369016344'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/829993808369016344'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/03/cap-1-5.html' title='CAP 1º - 5'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>7</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-9173088483503304734</id><published>2008-03-13T13:29:00.005+01:00</published><updated>2008-03-13T17:40:25.128+01:00</updated><title type='text'>CAP 1º - 4</title><content type='html'>&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;La noche caía lentamente sobre la ciudad vistiéndola de lentejuelas y ésta se dejaba mansamente hacer como una muñeca hinchable en manos de un fetichista. Yo jugaba a los faquires sobre los punzantes muelles del colchón que habían cosido a puñaladas y andaba ya por el tercer Alka-Seltzer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;El pergamino estaba extendido sobre la mesa. Apenas treinta líneas de latinajos con un margen de pequeños grabados rojos, verdes y oro. Por su culpa mi piel se encontraba en siniestra rebaja y yo embarcado en el asunto más feo de mi carrera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Recordé las palabras del sujeto del hotel asegurándome que no iba a tener ningún problema. Que se trataba simplemente de recoger un pergamino escondido en un ataúd y que, aunque resultara un poco chocante irrumpir así en mitad de un velatorio, nadie se opondría pues todos se acobardarían ante el brillo de un par de cañones. Todo muy sencillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Me estaba jugando la licencia ya que en la breve lista de atribuciones que me otorga no figura la de desvalijar cadáveres, pero el asunto parecía fácil y la oferta tentadora para mis precarias posibilidades económicas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;El único detalle que aquel hijo de perra había olvidado mencionar es que aquel entierro era el de Abraham Castaño y que media hampa iba a estar presente en el velatorio. Un pequeño lapsus gracias al cual mi cliente y yo mantendríamos una larga, apasionada e interesante conversación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#000000;"&gt;Sin &lt;/span&gt;embargo mi desmemoriado contratante no estaba nunca en el hotel y el pergamino me quemaba las manos. El asunto me venía grande y lo sabía. Ganas me daban de buscar al Tanganica, devolverle el papel y desaparecer con mis cinco mil duros. Hubiera sido lo más sensato. El problema es que yo nunca he sido una persona sensata. Una codiciosa vocecilla me susurraba al oído que en la trastienda de este negocio se estaba ventilando mucha pasta y yo, como todo pobre sin vocación, quería dejar de serlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Me cambié la camisa, me puse la corbata de los domingos y el traje de lana inglesa recién traído del tinte. Me miré en uno de los pedazos del espejo y salí a la calle hecho un figurín. Hacía un frío terrible, pero la gabardina estaba llena de lamparones y me interesaba ofrecer un aspecto inmejorable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;La entrada del metro desprendía un calor reconfortante que agradecí y después de un par de estaciones me encontré frente al hotel del fulano. Era el típico establecimiento aledaño de la Gran Vía, sin grandes lujos pero servicial y respetuoso para con los caprichos. El conserje me estudió esbozando la más servil de sus sonrisas, pero mi indumentaria debió darle el pego porque adiviné cómo los jugos gástricos de la codicia le revolvían el estómago.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—¿Qué desea, caballero?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Ando buscando a un amigo. Se hospeda aquí, pero no recuerdo el número de su habitación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Le di el nombre de mi cliente y él, sin dudar apenas un momento, me largó la información.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Su amigo se aloja en la habitación 318 pero, lamentablemente, en este momento no se encuentra en su cuarto —me dijo con gesto compungido—. De todas maneras no creo que tarde. Si desea esperarle en uno de nuestros salones...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Muchas gracias, pero preferiría esperarle arriba. Hace mucho tiempo que no lo veo y me gustaría darle una sorpresa —dije tendiéndole discretamente un billete.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;El conserje dudó un momento, pero la comprobación del agradable color del papel moneda y el deseo de que reposara en su bolsillo acabaron por convencerle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Como desee el señor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Golpeó un par de veces el timbre que había sobre el mostrador y le ordenó a un botones:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—Acompañe al caballero a la habitación 318 y vuelva con las llaves.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;El botones tendría unos cincuenta años. El traje rojo con chorreras y el gorrito redondo del mismo color le daban un aspecto patético. La cara se le iluminó al ver que no llevaba maletas y con un paso cansino y desesperadamente lento me acompañó hasta la habitación. Abrió la puerta y me tendió la mano sin pudor, esperando la propina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Cuando por fin me quedé solo comencé a registrar el cuarto en busca de algún detalle que me aclarara las cosas. Realmente aquel tío no era ningún jeque árabe y viajaba con menos equipaje que Adán largándose del Paraíso: una mano delante y la otra detrás con el dedo medio señalando a Dios. En un rincón había un montón de calcetines sucios; una camisa colgaba de una percha en la barra de la ducha y unos calzoncillos se secaban sobre el radiador. En la maleta no había nada interesante y sobre la mesa sólo un Bic, un cuadernillo de papel de escribir y una servilleta de bar con mi teléfono y mis iniciales. En el suelo, junto a la cama, encontré una novela titulada “Ríos de esperma” y un periódico abierto en la página de anuncios por palabras. Una casa de saunas y masajes aparecía marcada con tinta azul y el teléfono había sido escrito con números grandes en una de las esquinas del diario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Sobre la mesita de noche había una caja de preservativos. Al parecer le tenía miedo a las purgaciones. No sé por qué se me ocurrió la idea. Se ve que el haber hecho un viaje en balde y dilapidado una pasta en propinas provocaba la ebullición de mi mala leche. La cuestión es que desempaqueté uno por uno los preservativos y los coloqué encima de la mesa. El para qué extraña perversión llevaba el fulano guindillas en la maleta es algo que nunca sabré, pero supongo que fue el detonante de mi perversa elucubración. Mezclé cuidadosamente la guindilla con un poco de after-shave y extendí el brebaje por el interior de las gomas, volviendo a plegarlas con mucho cuidado. Con el uso tampoco era fácil advertir la maniobra ya que como bien anunciaba la caja, eran preservativos súper-lubrificados. Eso sí, cuando comenzara el procaz movimiento copulatorio, iba a advertir sin duda sus efectos. O mucho me equivocaba o iba a resultar la noche más picante de su vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Procuré dejar todo como estaba y bajé. Al llegar a recepción, el conserje me detuvo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—¿Se va ya señor? ¿No piensa esperar a su amigo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;—No —le contesté con una gélida sonrisa—. He cambiado de opinión. Por cierto, es mejor que te olvides de mi visita o voy a abrirte otra boca, como ésa que tienes de mamón, en el estómago.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Supongo que no le sentó muy bien, pero una vez en la calle y con el frío que hacía, no tuve ni fuerzas para reírme. El metro me llamaba con un calorcillo invitador y en la primera boca que tuve a mano me introduje. Por el olor adiviné que no debía lavarse los dientes muy a menudo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-9173088483503304734?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/9173088483503304734/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=9173088483503304734' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/9173088483503304734'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/9173088483503304734'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/03/cap-1-4.html' title='CAP 1º - 4'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-3535481650431791310</id><published>2008-03-07T09:44:00.004+01:00</published><updated>2008-03-07T09:52:36.406+01:00</updated><title type='text'>CAP 1º - 3</title><content type='html'>&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;La limpieza de la oficina me había costado seis horas de asistenta, teniendo además que soportar su perorata sobre lo revueltos que estaban los tiempos y las orgías que nos corríamos los desalmados con jovencitas inocentes y púberes que dejaban su honradez y reputación en nuestros tálamos de viejos buitres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Ni siquiera el trasiego constante y pertinaz de la botella me había librado de sus reproches. Y entre trago y trago tenía que escucharle que no bebiera tanto, que La Casera daba muchos gases y me iba a pasar la tarde con retortijones. La vieja sátira sólo pensaba en sexo y aerofagias, en un quevedesco y brutal cóctel de sensaciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Qué pensaría al ver el colchón rajado, las sábanas sobre la mesa, el relleno de la almohada desparramado por el suelo, los muebles volcados y todos los papeles extendidos sobre la alfombra. Estaba convencido de que, si hubiera estado sola, se hubiera preparado un bebedizo sobre mi hornillo y, untándose el sexo y los sobacos, habría salido volando por la ventana montada en la fregona, desnuda y escarnecida como una meiga tras besar el culo del diablo. Sabía que la vieja me había robado un calzoncillo y que olía las camisas sucias antes de llevarlas a la lavandería. Y la botella bajaba y bajaba y el alcohol no subía y ella rezongaba imaginando el rostro de la núbil adolescente que habría atado a la cama y sodomizado mientras que otra moza, gallarda y aguerrida, me mordisqueaba los huevos. Yo la observaba desde mi mesa en sus idas y venidas, en ese extraño baile de cepillos y fregonas, y veía como mostraba sus muslos escondidos y sus bragas de ballena y sus medias y sus ligas que resbalaban hacia la rodilla y que ella, de cuando en cuando, se ajustaba subiendo el pie sobre el sofá y mostrando una corva enrojecida y sucia. Y comentaba que el espejo caído y roto me traería siete años de mala suerte, mientras confesaba que su difunto, un viejo funcionario con más cuernos que instancias selladas, también disfrutaba mucho cuando hacían uso del matrimonio mirándose en el espejo de la cómoda y como ella le daba pellizcos en las pelotas cuando él intentaba propasarse y le pedía alguna ordinariez o le susurraba porquerías en la oreja. Que su difunto era un hombre muy hombre y muy apasionado y aunque chiquitito, tenía una potencia de aquí te espero y andaba siempre caliente con el badajo a punto y radiante. Y cómo ella tenía que mandarle a la calle a que se comprara tabaco o el periódico porque no podía más y tenía el vientre escocido de tanto chingar. Y cómo a veces le sorprendía en el retrete meneándosela y cómo una vez le tuvo que partir una silla en la cabeza porque él estaba como loco y rebufaba sin parar y quería tomarla por detrás mientras ella fregaba los cacharros, cogiéndole las tetas bajo el delantal y dándole mordiscos en la oreja como si fuera un degenerado y ella una prostituta. Así como también le decía: “Genaro, eres un guarro, me vas a matar a polvos”, y cómo una primavera se lo llevó la tisis y en su caja parecía un pajarito y ella, que siempre había sido una señora, se tuvo que poner a fregar suelos. Y mientras yo le daba el último repizco a la botella vacía, ella murmuraba entre dientes que seguro que también había traído jovencitos, que ahora la gente no hacía distingos en los agujeros y que nos gustaba incluso ver cómo otro lo hacía con nuestra señora, hasta que le di una patada en el culo y le dije que yo por detrás ni un fideo, y que era una ordinaria y que se fuera a la puta calle. Así que empezó a llorar y sorbiéndose los mocos recogió su dinero y me dijo que era un grosero, dio un portazo y bajó blasfemando por las escaleras con las bragas empapadas y deseando que llegara el jueves para volver. La habitación, si no limpia como una patena, al menos estaba presentable.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-3535481650431791310?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/3535481650431791310/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=3535481650431791310' title='9 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/3535481650431791310'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/3535481650431791310'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/03/cap-1-3.html' title='CAP 1º - 3'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>9</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-7597560134934901689</id><published>2008-03-01T10:06:00.006+01:00</published><updated>2008-03-01T10:52:53.688+01:00</updated><title type='text'>CAP 1º - 2</title><content type='html'>&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Me había metido en aquel tinglado con una tarjeta, la dirección de un hotel del centro y cinco mil duros que me adelantó el cliente, un fulano baboso y gordo con modales de marica y olor a ambientador de cine de barrio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;La tarjeta era más falsa que un pequinés de metro ochenta, pero al menos me serviría para recordar por quién debía preguntar en el hotel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;El asunto no me había gustado desde un principio. Mi trabajo es de otro estilo. Los divorcios, los cuernos, el amante esposo que se lo hace de masoca con una furcia de látigo y cuero al compás de las sentencias de Camino, o la fiel esposa que entretiene sus ocios trabajando por horas en una casa de masajes fina, con madama y palanganero negro de metro y medio de rabo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Si acaso, muy de vez en cuando, recibir la visita de algún oscuro industrial con la úlcera dibujada en el rostro, para que vigiles a su nuevo contable cuyo tren de vida supera con mucho su sueldo, o a un mozalbete con cara de pajillero vicioso que le pasa información de la empresa de papá a los rivales por unos talegos para nenas, gasolina y chocolate. Encargos rutinarios y legales. Unas fotos, un informe y a cobrar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Sin embargo cuando aquel tipo vino a verme a la oficina estaba peleándome con el casero por un quítame allá unos alquileres. Los tiempos están difíciles y los jueces de divorcio ya no se impresionan por nada. Para los otros asuntos se trabaja ahora con vídeos y escáneres, con rayos X y computadoras. Hace falta inversión y un equipo de varias personas, tener un local en el Windsor y llevar trajes de modisto francés. Con una oficina en Antón Martín, trajes de rebajas y una vieja Yashica de 6x6 no se va a ningún sitio. A falta de mejores soluciones, cogí una botella vacía de Casera y bajé a la bodega a comprar ginebra de garrafa. Comprendo que no resulta muy elegante pero mi estómago se ha acostumbrado y no soporta otro jarabe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;En la calle encontré a Tanganica, un guineano ex-boxeador que vive por el barrio y que de vez en cuando me pasa algún soplo interesante. Hay quien dice que está sonado y que el último KO, en su combate ciento doce, le dejó el cerebro como un potito Bledine, pero ¡joder con el tonto! Conoce los trapos sucios de casi todo el mundo de la Villa, no importa el poder y la fama que tenga. Fue él quien cierto día me señaló un discreto y elegante portal, con una más aún discreta vigilancia policial, donde altas personalidades del mundo de la empresa, de la política, del ejército y hasta en algún caso del clero, desahogaban sus tensiones entre baños de espuma, liberándose del stress a base de masajes tailandeses con aceite de coco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Conoce todos los clubes y todos los burdeles. Las madamas le encargan pequeños recados, y más de una vez le he visto saliendo de una sex-shop con sus andares de gorila y un misterioso paquete bajo el brazo, para atender a algún cliente que había sorprendido a la dueña del salón de masajes con la más insólita petición.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Lo que yo te diga —me contaba un día respirando trabajosamente a través de su desviado tabique nasal—. Cuanto más altos están, más les gusta que les den por detrás. Digo yo que será para compensar. Todo el día dándole al personal por el culo les debe crear curiosidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Si tú lo dices...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Si yo te contara. El otro día la señorita Andrea me mandó llamar con urgencia y me envió a comprar un rabo de plástico negro que hubiera asustado a Carmen la M-30.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—¿A quién? —pregunté sorprendido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Sí hombre, Carmiña, la M-30. La del club 69. ¿No la conoces?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Pues no.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—La llaman así porque tiene el chocho como una boca de metro. Cuentan que en sus buenos tiempos era capaz de cepillarse a tres marines por el mismo orificio. Pero bueno, a lo que íbamos, ¿para quién pensarás que era el artilugio?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—No sé, algún vicioso que quería ver a la chavala como un polo de peseta —dije aún a sabiendas de que me equivocaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Sí, ya, ya... —contestó él con su risilla más babosa—. Era para el tío. Y adivina quién era él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Acercó su boca maloliente a mi oreja y un profundo tufo a cloaca me hizo entrecerrar los ojos. Claro que cuando escuché el nombre pensé que merecía la pena. Como este negro publicara algún día sus memorias más de uno tendría que abandonar la vida pública y retirarse a un convento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Cuando le vi andaba rebuscando sabe dios el qué en una papelera, entre envoltorios de chocolatinas, cáscaras de naranja y un periódico del día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—¿Cómo va esa vida, Tanganica?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Bueno, vamos tirando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Voy a la bodega ¿quieres una cerveza?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Eso ni se pregunta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Entramos en el bar y pedimos una ginebra y un botellín. Mientras Lucio me llenaba la botella, el Tanganica se puso serio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Me alegro de haberte visto, Marcial. Quería hablar contigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Me miró con sus ojos acuosos y llenos de venillas rojas, y se trasegó el botellín de un trago, casi sin respirar. Emitió un sonoro eructo y se golpeó el pecho como si fuera un gorila con ganas de pelea. Sospechando que su afán por hablar podía suponer que volviera a contarme los quince asaltos de su pelea contra la “Maza de Detroit” en el Madison Square Garden, opté por largarme de la manera más rápida posible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Oye Lucio, cóbrame que tengo prisa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Tranquilo, hombre —dijo el negro—. Lucio, una de lo mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Mira Tanganica, no es por hacerte el feo pero ando un poco mal de tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Espera. ¿Te dice algo el nombre de Abraham Castaño?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Un escalofrío me recorrió la columna vertebral como si sintiera una cucaracha trepando por la pernera del pantalón, pero di un sorbo a la copa y pude mantener la calma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—No, ¿por qué habría de decírmelo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—No, por si acaso. Resulta que cierta gente anda un poco mosca con un fulano que se les coló en mitad de un velatorio y se llevó un papelito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Di otro lento trago con la vista perdida en un calendario de talleres Jiménez y no contesté nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Si yo fuera él lo devolvería —agregó tras unos instantes de silencio—. O tal vez lo enviaría con un mensajero negro y tonto de esos que siempre olvidan las caras y los nombres —añadió sonriendo desde el fondo de sus ojos enrojecidos, esperando una respuesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Apuré la copa con mi más enigmática cara de póker, y dándole una palmada en la espalda contesté:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Si encuentro a alguien que quiera venderme una estampita con olor a muerto ya te avisaré. ¡Ah!, y gracias por la invitación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Cogí mi botella, salí a la calle, entré en el portal, subí las escaleras de dos en dos y casi atropello a la anciana del segundo que cargada con la bolsa de la compra estaba tomándose un respiro en el primer rellano, abanicándose con una lechuga.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;La puerta de la oficina estaba abierta, reventada de una patada. Lamenté no tener la Benelli recortada a mano, pero me armé de valor y entré. Lo habían registrado todo a conciencia. Un desastre. Sólo se salvó el pomo interior de la puerta y eso porque hacía seis meses que estaba roto y había tenido que cambiarlo por un pedazo de cuerda.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-7597560134934901689?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/7597560134934901689/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=7597560134934901689' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/7597560134934901689'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/7597560134934901689'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/03/cap-1-2.html' title='CAP 1º - 2'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-2460986186950486243</id><published>2008-02-26T10:00:00.006+01:00</published><updated>2008-02-26T17:46:32.849+01:00</updated><title type='text'>CAP 1º - 1</title><content type='html'>&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Hans llevaba cerca de cuarenta años en nuestro país. Pese a su edad no había perdido el pulso y manejaba la navaja barbera como nadie. Tampoco había perdido su acento germano y las erres retumbaban en su garganta al hablar como si estuviera apretando el acelerador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—¿En qué andas trrrabajando ahora?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;El roce de la brocha me estaba dejando medio dormido y sus palabras hicieron que abriera los ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Hace un par de días hice un trabajo para un coleccionista —contesté no sin pereza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—El coleccionismo es una bonita afición.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt; Había terminado con el enjabonado y ahora preparaba el filo de la navaja en el cuero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Yo también era coleccionista —murmuró.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—¿Ah sí? No sabía —comenté por compromiso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;No pareció escucharme y pasando por alto mis palabras se enzarzó en un largo monólogo. Sin embargo sus palabras adormecían como la nana de una vieja y ni el ronco resonar de sus erres conseguía romper el curso de mi modorra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Nuremberg no fue precisamente una fiesta ¿sabes?, y aquel maldito trrribunal pro-sionista no iba a pasar por alto mi afición. Pero fui más listo que ellos y pude llegar hasta aquí haciéndome pasar por agente comunista. Me temían —sonrió —. Me temían por ser comunista. Yo que huía de las hordas bárrrbaras y materrrialistas del Kremlin y del teocrrrático sionismo americano, confundido con un sucio comunista. Qué estupidez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Comenzó a deslizar suavemente la cuchilla sobre mi rostro con movimientos secos y expertos, pero no dejó de hablar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Yo, un pobre sarrrgento alemán, confundido con un comunista. Ellos arrrasaban Berlín y sin saberrlo me ofrecían un pasaporte para la libertad. Ni siquiera con su infame victoria, en alianza con todas las rrazas inferiores del planeta, fueron capaces de eclipsar el genio de la raza aria de la que yo, humildemente, fui buena muestra. ¡Comunistas! —gritó con toda la potencia de sus depauperados pulmones de asmático—. ¡Viva Karl Marx! ¡Vivan Lenin y Stalin!, porque gracias a ellos vive Hans, el pobre sargento alemán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Comenzó a reírse con más ímpetus de los debidos y por un momento temí morir cuando el temblor de una carcajada rebanara mi yugular. Mi pregunta interrumpió sus convulsiones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—¿Y qué coleccionabas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—¿Yo? —preguntó un tanto sorprendido—. Dientes. Dientes de oro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Un fulano de aspecto turbio se asomó a la cristalera de la puerta mirando hacia el interior como si estuviera buscando a alguien. Un instante después desapareció.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—¿Has oído lo del velatorio? —dijo el barbero aspirando su spray antiasmático.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—¿Lo del velatorio? —pregunté haciéndomelas de nuevo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Sí —sonrió Hans—. Parrrece que un tipo se coló en el entierro de Abrraham Castaño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;Tardé unos segundos en reaccionar pero no cabe duda de que aquella noticia me sacó del sueño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—¿Te ocurre algo? —preguntó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Oh no, nada —contesté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Nada, por no mencionar que había vuelto a batir mi plusmarca personal de estupidez, metiéndome en el velatorio de uno de los capitostes del negocio negro en la ciudad, amenazando a media organización criminal del país con mi recortada, tras partirle la boca a uno de sus miembros. Mi pobre vida no valía ni el traje que llevaba puesto. Cogí una toalla y me limpié la espuma que tenía en la cara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—¿Te vas a ir ya? Me queda por afeitarte toda la perrilla...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—He decidido dejarme barba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Barba, bigote, coleta, pelos en la lengua, lo que fuera con tal de pasar desapercibido. Salí por la puerta y me perdí entre la muchedumbre que a esa hora llenaba las calles. Se acercaba la Navidad y todo el mundo andaba como loco en busca de regalos. Decidí no tomar el metro que de repente se había vuelto muy peligroso. Un pequeño empujón como por descuido y acabas con un vagón de 1919 sobre la espalda planchándote la chaqueta. Era mejor coger un taxi.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—A Antón Martín, por favor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Sí señor. ¿Prefiere el atasco de Sol o el de Atocha? —bromeó el taxista, pero mi gesto debió convencerle de que era mejor continuar la conversación por su cuenta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Y es que oiga, llega la Navidad y la gente se vuelve loca. Todos a coger el coche, todos a gastar gasolina y todos a sacarnos cuernos a los taxistas. Hay que joderse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;El tráfico era endiabladamente lento y mi conductor tenía una especial habilidad para pillar en rojo todos y cada uno de los semáforos con los que nos encontrábamos. Un Sierra gris metalizado se detuvo a nuestro lado y a través de la ventanilla pude distinguir un rostro que me miraba. Era el moscón que rondaba por la barbería.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;El taxi avanzó hasta un nuevo semáforo y el Ford se detuvo junto a nosotros. Era el momento de salir por piernas. Con un rápido movimiento abrí la puerta comprobando con horror que un nuevo vehículo se había situado a nuestro lado bloqueando la única salida. Estábamos demasiado juntos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Pero hombre de dios, ¿qué hace? Me va a joder la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Estaba mal cerrada —contesté sin mucho convencimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—¡Pues eche el seguro pero no me la rompa, virgen santa!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Volvimos a avanzar con el Ford Sierra pegado en el costado. Al conductor que había frustrado mi fuga en el semáforo se le caló el coche y una tormenta de claxon y bocinazos se desató tras él. Vi la oportunidad y no dudé. Antes de que mi taxi adquiriera velocidad, abrí la portezuela y salté al vacío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;—Cabrón, que no me ha pagado la carrera —gritó el taxista pegando un frenazo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;XXX&lt;/span&gt;Aunque poco más pudo gritar ya que una furgoneta de reparto le embistió y casi se estampa contra el Ministerio de Sanidad.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-2460986186950486243?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/2460986186950486243/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=2460986186950486243' title='11 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/2460986186950486243'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/2460986186950486243'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/02/cap-1-1.html' title='CAP 1º - 1'/><author><name>Nacho Moreno Cuñat</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176863927593351312</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>11</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8818967624476901706.post-2430234356062243559</id><published>2008-02-17T11:19:00.007+01:00</published><updated>2008-02-23T09:46:28.957+01:00</updated><title type='text'>PRÓLOGO - MADRID AÑOS 80</title><content type='html'>&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;ccc&lt;/span&gt;Me revientan los profetas. No puedo soportarlo. Así que cuando aquel fulano malencarado y gordo como un sapo calvo me plantó el brazo en el pecho diciendo que no iba a poder pasar, no pude evitar que un temblor de indignación me recorriera los labios. Abrí la gabardina, saqué la Benelli recortada y se la metí en la boca sin darle tiempo ni a escupir los dientes que le rompí al hacerlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;ccc&lt;/span&gt;Comenzó a temblar como una lavadora en el centrifugado, observándome con gesto ido y un rictus de sorpresa en el rostro. Me sentía ya de mejor humor así que apreté el gatillo del cañón descargado. Al escuchar el click cerró los ojos y comenzó a escurrirse lentamente por la pared. Una mancha húmeda se insinuó entre sus piernas, mientras un goteo delator iba formando un charco en el suelo. Se estaba meando. Hay gente que no sabe aguantar una broma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;ccc&lt;/span&gt;La entrada al velatorio constituyó todo un éxito de crítica y público. Una treintena de mujeres de todas las edades realizaba en torno al cadáver un impresionante pase de modelos para duelo y entierro, a través de toda la gama entre el violeta y el negro. Comían duros alfajores de la Navidad pasada y sorbían el moco con profusión de kleenex y pañuelos bordados. Al fondo, junto a una mesa, los hombres en alborotada charla trasegaban anís y coñac en desconsolados lingotazos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;ccc&lt;/span&gt;He de confesar que no me sentía muy respetuoso para con el difunto entrando en su velatorio Benelli en ristre, pero el gesto instintivo hacia la sobaquera de alguno de los caballeros presentes me reafirmó en la convicción de que resultaba lo más indicado. En aquellos momentos el único que estaba realmente seguro era el muerto en su caja de roble canadiense.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;ccc&lt;/span&gt;—Mi más sentido pésame —les dije a modo de saludo—. Lamento interrumpir en tan aciagos momentos. El finado era, a buen saber, hombre de grandes virtudes y merecimientos y no resisto la tentación de darle un último abrazo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;ccc&lt;/span&gt;Un murmullo recorrió el tenso ambiente de la sala municipal de velatorios, así que cerré la puerta de una patada y continué:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;ccc&lt;/span&gt;—Procuren no hacer tonterías. Acabo mi trabajo y me voy. Nos evitamos problemas y ahorramos tener que añadir algún ataúd a la fiesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;ccc&lt;/span&gt;Me dirigí al féretro y desgarré uno de los laterales de terciopelo rojo. Recogí el documento y tras doblarlo cuidadosamente lo guardé en el bolsillo interior de la americana. La tensión crecía por momentos y presentía que en cualquier instante iba a verme en la necesidad de hacer uso de la recortada. Llegaba el triste momento de la despedida. Retrocedí hasta la puerta, salí y atranqué la manilla con un candelabro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;ccc&lt;/span&gt;Todo había sucedido en pocos momentos y el improvisado portero que había intentado detenerme aún continuaba con la mirada perdida, en mitad de un charco de orines. Creo que lloraba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#ff9900;"&gt;(Lee sus notas y comenta el libro con el autor pulsando en COMENTARIOS)&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8818967624476901706-2430234356062243559?l=tuereselmasgrande.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/feeds/2430234356062243559/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8818967624476901706&amp;postID=2430234356062243559' title='15 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/2430234356062243559'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8818967624476901706/posts/default/2430234356062243559'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tuereselmasgrande.blogspot.com/2008/02/prlogo.html' title='PRÓLOGO - MADRID AÑOS 80'/><author><name>La Compañía</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176569030284813289</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>15</thr:total></entry></feed>
