jueves 23 de octubre de 2008

CAP 3º - 10 (y último)

— ¿Cómo se encuentra? —preguntó la voz.

Abrí los ojos y comprobé que estaba en la sala de un hospital. Junto a mí se extendían varias camas ocupadas. Un olor rancio y pegajoso invadía el ambiente. Mi interlocutor era un enfermero alto y pelirrojo, vestido de verde.

— ¿Dónde estoy? —pregunté.

— Joder, siempre estamos igual. Todas las malditas nochesviejas la misma historia. Te encontraron desmayado en uno de los puentes del Manzanares, borracho como una cuba y sangrando como un cerdo por una herida que se te había abierto.

Debía habérseme ido la mano con la ginebra. Me sentía como si hubiera hecho el descenso de las cataratas del Niágara dentro de un barril.

— Estás en un hospital de Beneficencia —dijo el solícito enfermero—. Así que, si puedes moverte, te vistes y a la puta calle, que tenemos enfermos sentados hasta en los bidés. Por cierto, han venido a buscarte. Una chavala impresionante y un negro.

Miré hacia la puerta y allí estaban. Eran Laura y Tanganica. Venían acompañados de un señor bajito y apocado, que traía una libreta azul.

— ¡Marcial! —Laura se abalanzó sobre la cama y me plantó un beso en los morros que despertó aplausos entre los convalecientes de las camas contiguas. El negro amenazó con hacer lo mismo pero pude esquivarle y tuvo que limitarse a darme un abrazo.

— Te hemos buscado por todos lados. Temíamos que... —dijo Laura.

— Escucha, yo...

— Bueno, vale —interrumpió Tanganica—. Dejad eso para luego. Estamos en Año Nuevo y vamos a celebrarlo bebiéndonos una botella de champán.

— ¿Una botella? ¡Una caja! Yo pago —dije recordando, no sin rubor, que el papelito que displicentemente había roto delante de las narices del padre de Laura no era el cheque de mis honorarios sino la propaganda de un taller de reparaciones.

Salté de la cama y comencé a vestirme. El señor de la libreta azul se sentó a mi lado. Era un funcionario esmirriado con traje gris y cara de armario. Cuando empezó a preguntarme mis datos, la edad, el domicilio y por mi trabajo y ocupaciones, no pude evitar contestarle:

— Lo siento amigo, los genios no necesitamos currículum.


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A Hans el peluquero lo enviaron a Israel dentro de un cajón de aguacates, amortajado cual brazo incorrupto de santa Teresa. Cualquier día de estos sale la noticia en los papeles. En cuanto a la jodida Tabla Esmeralda, nunca apareció y eso que la buscaron. Me consta que la buscaron.

5 comentarios:

Nacho Moreno Cuñat dijo...

No me resisto a la tentación de un último comentario. El premio al que presenté esta novela, y en la que resultó finalista, se celebraba en Barcelona y conseguí presentar la novela al cierre de plazo, a última hora, gracias a la ayuda de una novia que era azafata y consiguió hacérsela llegar a tiempo a la editorial gracias a un pequeño soborno al conserje de un hotel. Yo no lo sabía, pero cuando lo descubrí me pareció una curiosa casualidad: el último día de entrega, según un santoral que cayó en mis manos por aquel entonces, era, lo que es la vida, el día de san Marcial. Dios lo tenga en su gloria.

Gracias por haberme seguido en este viaje. Un abrazo y hasta siempre.

Leonor dijo...

Gracias a ti por hacernos pasar un buen rato en nuestros momentos de soledad con el ordenador.
Un beso.
Leonor

Anónimo dijo...

Me ha encantado,aunque me da pena que se haya acabado.Era emocionante esperar el siguiente capítulo publicado.Muchas,muchas gracias.

Isabel

Nacho Moreno Cuñat dijo...

Gracias a ti, Leonor, por tu grata compañía. Otro beso para ti.

Nacho Moreno Cuñat dijo...

Gracias también a ti Isabel. Habéis tenido mucha paciencia.