domingo 28 de septiembre de 2008

CAP 3º - 7

Eran las dos de la madrugada y el negro y yo estábamos a punto de congelarnos, escondidos frente al observatorio tras unos matorrales como dos viejos bujarrones o dos adolescentes pajilleros a la busca de parejas en funciones. Claro que situaciones como estas no suelen producirse al aire libre y a la vista del público, en pleno mes de diciembre y con un frío siberiano, bajo riesgo de ver convertido el viril instrumento en rígido, y no por ello menos inútil, carámbano.

No habíamos visto a nadie en el transcurso de la larga espera, ni detectado ninguna actividad en el interior del observatorio. Por otra parte, comprobar que se había terminado la ginebra y que el negro estaba comenzando a ponerse blanco a causa del frío terminó por decidirme. Cruzamos la calle con la debida discreción y saltamos la tapia aún algo entumecidos.

Dentro del jardín todo parecía tranquilo y solitario, así que nos dirigimos a la caseta de los bártulos donde había perdido la vida el pobre Julián. Habían puesto un candado en la puerta tal y como habíamos previsto. Saqué la ampolla de gasolina que traía preparada y la dejé gotear por la cerradura. Prendí fuego y unos segundos después escuché el seco chasquido que nos dejaba la vía libre.

En el interior la mezcla de serrín y aceite seguía ocultando la trampilla, aunque aparecía llena de pisadas, clara señal de que la policía había estado investigando. Afortunadamente, y por lo que se veía, con resultados más bien nulos.

Nos llevó cerca de media hora levantar el entarimado. Se había formado una argamasa con las porquerías que le había echado encima y aquello parecía cemento. Tanganica resoplaba como una zorra con plus de fingimiento, pero no protestaba. Finalmente tuvimos despejado el terreno. Levanté lentamente la trampilla y encendimos los carburos.

El negro con su luz y su casco estaba de lo más propio, como un minero recién salido de la carbonera. Me asomé al agujero y la luz de mi lámpara iluminó un estrecho túnel de unos cuatro metros que descendía hasta un pasadizo. Había una mohosa escalerilla metálica adosada a la pared lo que hacía innecesarias las cuerdas que llevábamos preparadas. Ajusté la tapa de betún que utilizaba como reflectante en el casco, revisé una vez más la provisión de carburo y tras mirar significativamente a Tanganica comencé a descender.

Extrañamente no había muchas telarañas, aunque sí un olor de mil demonios. Lo estrecho de la trampilla no permitía girar la cabeza hacia abajo, así que iba tanteando con el pie, contando los escalones. Acababa de dejar el número trece y tanteaba en busca del catorce, cuando un chillido aterrador me heló la sangre. Tanganica cayó hacia atrás y a mí se me apagó la lámpara. Algo rebullía bajo mi pie como si el jodido escalón estuviera vivo. Era una rata. Una rata grande como un gato que se perdió entre chillidos por el laberinto. Había llegado al fondo. Volví a encender el carburo. Ante mí se extendía un pasillo abovedado en el que era necesario caminar encogido y que se perdía en un recodo, unos metros más allá. Le indiqué al negro que bajara y cerrara la trampilla tras él. Ya estábamos dentro.

Comenzamos a andar después de una viva discusión por ver quién iba delante que, privilegios de la fuerza bruta, perdí. Avancé pues, seguido por el Tanganica, entre aquellas paredes frías que rezumaban humedad y moho hasta que llegamos al recodo. Tras él, el techo descendía algunos centímetros más, haciendo francamente difícil caminar erguido, en especial para el negro, algo más alto que yo. Unos metros más adelante un nuevo pasillo conducía a una pequeña bóveda. Y en ella, una bonita sorpresa. El techo volvía a descender unos centímetros. Si queríamos continuar no teníamos muchas alternativas, así que tuvimos que ponernos a medio gatear, hundiendo las manos en aquel fango viscoso y pestilente que cubría todo el suelo del túnel. El viaje no estaba resultando agradable en absoluto y una espesa sensación de ahogo comenzaba a hacernos sentir la falta de oxígeno. Continuamos avanzando unos metros más y aquel maldito recorrido parecía no tener fin. Después de cada nuevo giro volvíamos a enfrentarnos con un nuevo pasillo y de esa forma una y otra vez. Si lo que pretendían era desanimar a los visitantes qué duda cabe que lo estaban consiguiendo. No me había visto tan perdido desde una gestión que tuve que realizar en los Nuevos Ministerios.

Sin embargo nuestra paciencia y dedicación acabaron viéndose recompensadas. Tras una última revuelta, el camino se ensanchaba y el techo ascendía. Avanzamos unos metros más y alcanzamos a distinguir una herrumbrosa puerta metálica. Tanganica resopló con impaciencia y yo avancé para girar la manilla. Estaba cerrada, pero no me importó. Saqué la pistola y apunté a la cerradura. Tras el disparo, que retumbó en el corredor como un obús y provocó el desprendimiento de varias toneladas de polvo, la puerta se desplomó.

Un tramo de escaleras se abría ante nosotros. Descendimos con cuidado, comprobando que los últimos escalones se perdían en el agua. Aquello debía haberse inundado. Con los brazos en alto, sosteniendo el carburo y la pistola, comencé a descender los peldaños. Tanganica me seguía, pero cuando el agua le llegó a la cintura no pudo aguantar más.

— Marcial, no sé nadar.

Le miré un tanto perplejo. Tantos días preparando equipo y plan para al final darme cuenta que habíamos olvidado el flotador de Tanganica. No le contesté y seguí bajando. Con el agua al pecho comprobé que no había más escalones. Había tocado fondo.

— Puedes bajar —le dije—. Hago pie.

El negro descendió y reemprendimos la marcha muy lentamente, escuchando ante nosotros el chapotear de las ratas. Podía sentirlas de cuando en cuando escurriéndose entre las piernas, sin otro afán que mordisquearte los orígenes.

El agua estaba congelada y cada nuevo paso costaba un esfuerzo muy superior al anterior. Estábamos comenzando a temblar como hojas cuando divisé una nueva escalera. Era de caracol y se perdía en el piso superior. Emergiendo por ella ascendimos hasta una sala rectangular de cinco por tres metros y paredes desnudas de ladrillo. Al fondo, ocupando toda la extensión de la pared, había una cámara acorazada. Tanganica y yo nos miramos presos de una feliz excitación. Parecía que finalmente habíamos alcanzado nuestro objetivo. Ahora sólo faltaba un detalle. Conseguir abrir aquella maldita caja fuerte.

— Eso va a ser un problema —dijo el negro examinando la caja.

— Y tanto. El sistema me es familiar —dije reconociendo el mecanismo—. Son cinco ruedas giratorias numeradas del cero al seis. Hacen falta dos números por pieza, un giro a la derecha y otro a la izquierda, para abrirla. Es imposible. Vamos a necesitar explosivos. Claro que...

— ¿Claro que qué?

— No me fío mucho de estos subterráneos, puede haber derrumbes y, entonces, adiós tesoro.

Tesoro. Era la primera vez que utilizaba esa palabra para definir lo que buscábamos. Sonaba bien, por otra parte. Se trataba de una palabra musical, con melodía de ukelele y playa tropical, de polinesias amorosas bailando el hula—hula a la luz de la luna, y yo en guayabera tomando cocolocos. Una sinfonía incompleta de la que tan sólo me separaba medio metro de acero.

— Y sin embargo lo haremos. Vámonos.

Me importaba un carajo que hubiera derrumbes, que volásemos el observatorio o que la Cibeles apareciera sobre el Pirulí. Quería mi tesoro y si era necesario convertiría la cámara acorazada en viruta metálica.

Enfilábamos ya la escalera de bajada cuando una lucecita parpadeó en mi mente. Tal vez sólo fuera una intuición, un presentimiento o la entrenada mente del mejor descifrador de jeroglíficos de suplemento dominical de todo el norte de Lavapiés.

— Espera, Tanganica, quiero probar una cosa.

Volví junto a la caja, desentumecí los dedos que tenía medio congelados y giré la primera rueda. Uno a la izquierda, cinco a la derecha. Repetí el movimiento con la segunda, cuatro y cinco, y finalmente, cuatro y cero en la tercera. Tanganica observaba absorto y yo me sentía iluminado por esa extraña fuerza, que algunos definen como telúrica, otros como iniciática o esotérica, y que yo, más prosaico, denomino codicia joputa. Pese al frío y la humedad, el sudor comenzó a empaparme la frente. La cuarta y quinta rueda se encontraban situadas debajo de las otras tres. Todo encajaba, así que giré la primera. Hasta el dos a la izquierda y hasta el cuatro a la derecha. Por fin, tres y cero para el último disco.

Nuevamente la cifra mágica: 15— 45— 40—24—30. Eran los únicos números que aparecían en el pergamino y si éste se trataba de un plano, como aseguraba Hans, no sólo me habrían conducido hasta allí, sino que además iban a resultar la clave de la cámara misteriosa. Si estaba en lo cierto todo consistía en girar el cierre y abrir la caja. Inspiré profundamente disponiéndome a girar la gran rueda de apertura, cuando el Tanganica susurró:

— Marcial, viene alguien.

Apagué el carburo y le pedí al negro que hiciera lo mismo. Deshice la combinación de la caja y me asomé por la escalera. Dos luces atravesaban el pasillo inundado. Alguien nos había seguido. Podía ser la policía o tal vez Hans y sus muchachos. En cualquier caso sólo había una forma de salir de dudas:

— ¿Quién anda ahí? —grité.

Tras un momento de silencio, una ráfaga de ametralladora barrió la base de la escalera en la que nos encontrábamos. La duda quedaba despejada. No eran amigos y eso era todo lo que necesitaba saber. Intentaban alumbrar con sus linternas el lugar en que nos encontrábamos pero había demasiada distancia y las luces no podían alcanzarnos. Fue un error por su parte. Un inmenso error que pagaron caro. Desenfundé el arma y apunté a las luces. Fue como cazar patos. Dos disparos bastaron para que el silencio volviera a imperar en el pasadizo.

Durante unos minutos todo permaneció tranquilo, sin otro sonido que la respiración entrecortada del Tanganica. Finalmente una voz resonó al otro lado del pasillo inundado. Su acento era inconfundible. Era Hans.

— Marrrcial, no sabía que fueras tan buen tirrador. De todas forrmas ha sido un gesto muy poco inteligente.

— Fui campeón de Castilla en tiro al hijo de puta —contesté.

— Ahórrrate tus sarcasmos. No crreo que estés en situación de permitírtelos. Estás atrrapado.

— Eso te crees tú. Por este lado hay otra salida —mentí—. Eres tú el que no puede venir. Aunque me encantaría que lo hicieras para volarte la jeta.

La sucia risa del alemán resonó en el subterráneo.

— No me has entendido. Tengo algo que te interesa y para conseguirlo sólo hay un camino, este.

Escuché un grito ahogado y una voz que decía:

— Huye, Marcial, no le escuches, por lo que más quieras, no le escuches.

Era Laura. La habían capturado. Miré acusadoramente a Tanganica, pero en su gesto leí que él no tenía nada que ver. Debieron seguirlos hasta el tren, montarse con Laura y secuestrarla en la primera parada.

— ¿Qué es lo que quieres? —pregunté.

Entre las tinieblas pude escuchar nuevamente la voz de Hans contestando:

— Todo, Marrcial, lo quierro todo, tengo todos los ases en la mano.

Trataba de pensar a la mayor velocidad posible, pero no parecía haber muchas soluciones. Debía jugar mis cartas con el máximo de precauciones si queríamos salir vivos de allí.

— Lo siento Hans, pero en esta baraja hay demasiados ases. En el lugar en el que me encuentro hay una cámara acorazada. Dentro hay algo que por lo que veo es muy importante para ti. Si a esto añadimos que conozco el secreto de la combinación coincidirás conmigo en que mi jugada es al menos tan buena como la tuya.

Dejé que asimilara lo que acababa de decirle y continué.

— Mi trato es el siguiente. Yo te abro la caja y tú dejas marcharse a la chica y a mi amigo. En caso contrario, abro la caja, me llevo lo que hay dentro y tú te quedas con la chica. Al fin y al cabo pensabas matarnos a todos...

Hice una pausa para dar veracidad a mi fanfarronada y añadí:

— Lo siento Laura, pero tiene que ser así.

— Nunca crrreí que fueras tan cínico, Marrcial —dijo Hans riendo—. El trrato me parece justo, pero falta un detalle. ¿Cómo sé que tus amigos no van a irrle con el cuento a la policía en cuanto salgan de aquí?

— Eso es un comodín. Nos sirve a los dos —dije aparentando todo el desparpajo necesario, como si aquel disparate de plan tuviera algún sentido—. No lo van a hacer porque me matarías. Y tú no vas a matarme porque si dentro de, digamos, media hora no estoy fuera van a avisar a la policía.

Durante unos segundos Hans anduvo analizando el trato. Debió pensar que salía ganando, porque sólo un minuto después contestó:

— De acuerdo, Marrcial. Serrá como tú quieres.

Le di mi arma a Tanganica, pidiéndole que se reuniera con Laura. Cuando estuvieran fuera de peligro debían disparar dos veces, con un intervalo de cinco segundos.

— Un momento —gritó Hans—. ¿Cómo sé que no vas a marcharrte por el otrrro lado, cuando tus amigos estén fuera de peligro?

Valiente gilipollas. Porque no había otra salida. Claro que eso no se lo dije, sino que contesté:

— Manda a uno de tus esbirros al pie de la escalera. Desde ahí podrá verme en todo momento. Por cierto, que apague la luz y así no podré saltarle la tapa de los sesos —había que decírselo todo, eran como niños.

Y así lo hicimos. El negro se reunió con Laura y se perdieron por el fondo del túnel, mientras uno de los secuaces de Hans me espiaba desde el comienzo de la escalera. Lo que no sabía ese imbécil es que le estaba apuntando con una palanqueta ya que mi arma se la había llevado Tanganica. Unos minutos más tarde escuché la señal. Estaban fuera de peligro.

— Bien Marrcial, yo he cumplido mi parrte del pacto, cumple tú la tuya.

— Podéis subir —contesté.

Ahora empezaba lo bueno. No iban a sentirse muy felices cuando comprobaran que todo era un farol, que no había más salidas y que mi única arma era una palanqueta oxidada. Claro que podía ser aún peor si resultaba que mi intuición sobre la combinación de la caja era inexacta. Aunque sin duda la situación tenía su gracia. Hans debía haber hecho sus planes en función de la otra salida. Yo le abría la caja él me mataba y se largaba con el tesoro por el otro lado. A la media hora podía haber desaparecido del mapa. En cuanto al negro y a la huerfanita, ya tendría tiempo de cargárselos más tarde. Ahora iba a tener que modificar sus planes y yo le hubiera quedado muy agradecido si esa modificación hubiera consistido en ahorrarme el tiro en la nuca. En cualquier caso mis posibilidades de salir vivo de allí eran bastante escasas. Siempre cabía la posibilidad de no abrirles la caja y morir dando por saco, sin embargo el deseo de contemplar el secreto allí escondido era más fuerte que yo mismo. Y bueno, ¿para qué pensar? Siempre había tenido la sensación de que el mundo iba a acabarse en el momento exacto en que yo cerrara los ojos por última vez y siendo así...

— ¡Pum! —le grité al fulano que me espiaba y casi se ahoga del susto, sobre todo cuando Hans, que ya estaba a mitad de la escalera, se le cayó encima.

Por un momento pensé que iban a freírme a tiros, pero no. Recuperaron la perdida compostura y siguieron subiendo. A partir de ese momento los sucesos se vuelven un tanto confusos. Con Hans venían tres tipos, mudos como estatuas, lo que con los dos patitos que había liquidado hacían un total de cinco esbirros. Aquello me enorgullecía. Si hacían falta cinco matones y un barbero loco para acabar conmigo iba a tener que subir mis honorarios. Eso tendría yo que hablarlo con Luzbel en el infierno.

Se pusieron muy pesados así que tuve que intentar abrir la caja. El sudor me perlaba la frente mientras giraba las ruedecillas, ajustándolas a lo que creía la clave. Pronto todo estuvo terminado y me dispuse a voltear el timón de cierre. El alemán, con más vueltas que un carrete de hilo, pensó en una trampa y se retiró con sus hombres al hueco de la escalera. Sonreí y lentamente comencé a girar la rueda. Me sentía nervioso y excitado como un arqueólogo loco violando la tumba de algún faraón polvoriento.

Un deslizar metálico acompañaba mis movimientos y el sonido del eje al engancharse coincidió con el tope de la rueda. Conteniendo la respiración tiré hacia mí y la puerta quedó abierta. Aunque sólo fuera por una vez en mi vida había acertado. Lástima que un genio como yo hubiera de perecer en las arrugadas manos de aquel viscoso barberillo de Nuremberg.

Entré. Frente a mí se encontraba el más maravilloso objeto que nunca hubiera visto. Un gran libro con páginas laminadas de oro en el que las palabras estaban escritas con letras de brillantes y refulgentes esmeraldas. A la luz del carburo brillaba con un tono verde y poderoso que obligaba a entrecerrar los ojos. Era la Tabla Esmeralda, el mágico libro del saber arcano que sólo un pequeño grupo de iniciados había contemplado desde el principio de los tiempos.

En tan místico trance me hallaba cuando unas manos impacientes me apartaron, devolviéndome a la realidad. Hans, con el rostro desencajado por la emoción y rodeado de sus muchachos, formó un semicírculo en torno al libro. Se les veía como en éxtasis. Aquel libro debía resultar algo muy importante para ellos.

Por mi parte, retraído nuevamente al mundo de los débiles, incultos y prosaicos mortales, comencé a pensar en algo mucho más vulgar: escapar de allí. Y la idea surgió tan simple como eficaz.

Dado que momentáneamente se habían olvidado de mí y me daban la espalda, pensé en encerrarles dentro de la cámara. El plan era perfecto. Dentro de unos días volvía y ya sin molestos acompañantes me llevaba la Tabla, dejando allí los fiambres. Lástima que en el último momento uno de los matones adivinara mis intenciones y saltara sobre mí cuando intentaba cerrar la cámara. Intentó golpear pero me escabullí y sujetándole el labio inferior con los dedos di un violento tirón que se lo dejó colgando como el belfo de una marioneta. En ese momento Hans levantó la Tabla de su atril y en medio de un seco estallido comenzó a brotar humo verde de las paredes.

Como si se tratara de una antigua maldición protectora de la Tabla, la nube esmeralda se fue apoderando de la estancia y pronto se hizo muy difícil respirar. Los ojos me lloraban y una intensa sensación de sueño se apoderó de mí. Quise resistir y escapar cerrando la puerta, pero el sopor se extendía por todos mis músculos impidiéndome cualquier movimiento. Poco podía hacer ya mientras caía en el profundo pozo abierto a mis pies. Sólo extender los brazos y planear como una pluma. Al fin y al cabo era una sensación placentera y verde. Verde como un doblete en el cine Pleyel.

7 comentarios:

Nacho Moreno Cuñat dijo...

Mientras escribía las andanzas del Canencia trabajaba como redactor en Radio España, en un programa matutino para señoras gordas. Supongo que la descripción del espacio radiofónico no es ni justa ni apropiada, pero a años vista, es la sensación que tengo. Era uno de esos programas matutinos de 9 a 12 de la mañana, en plan magazine, lleno de anuncios de inmobiliarias y de dietas para adelgazar. Yo era el único guionista de aquel pedazo de espacio, pero aunque el sueldo era cochambroso y trabajaba como un loco para sacar aquello adelante cinco días por semana, el trabajo tenía su encanto y creo que me enseñó mucho de eso tan bueno que llaman oficio.
Sin embargo tenía también su lado oscuro. Eran los horóscopos. Está bien, lo confieso: en los años ochenta, mientras en ratos libres me peleaba con esta novela, escribía horóscopos en la radio para ganarme la vida. En principio el jefe me encargó que escribiera cada día tres o cuatro signos del zodíaco, con un breve comentario. Huelga decir que no hacía cartas astrales, ni me inspiraba en la luna y los planetas para escribir lo que escribía. Salía del paso y punto. Y todo iba bien, pero resulta que los oyentes, más bien las oyentes, empezaron a quejarse por ver discriminados sus signos de aquella lotería de los astros que me inventaba, y de repente, sin entender nada de aquello, me vi obligado a escribir día a día sobre todos y cada uno de los signos, con sus correspondientes apartados de salud, amor, dinero y demás convenciones al uso. Y se fue convirtiendo en mi peor pesadilla. En plan astuto, ingenié un método infalible para quitarme aquello de encima. Consistía en escribir para cada signo las circunstancias más disparatadas cada día. Por ejemplo: “VIRGO. Las mujeres virgo, hoy en amor, deberían vigilar a sus parejas. Su cónyuge tiene una vida oculta y le encanta disfrazarse con su ropa interior”. “LIBRA: Atención a sus ingresos, hoy puede descubrir que su pareja dilapida su capital con un amante secreto”. En ese plan todo.

Yo estaba convencido de que aquello acababa mal seguro. Craso error. El conductor del programa leía aquella sarta de disparates de un tirón, e instantes después, las señoras gordas bloqueaban la centralita, deshaciéndose en alabanzas sobre las dotes adivinatorias del horóscopo. Pedían más y más, las oyentes, como posesas. Y a mí me pedían más y más, mis jefes, como posesos. Era horroroso. Cuantas más salvajadas escribía, más coincidía con la vida de nuestra audiencia. Aquello me hizo meditar bastante sobre el país en que vivía, y hoy, veinte años después, me hace pensar que, de haber seguido con aquel esotérico filón, igual hoy era millonario y tenía mi propio programa de televisión en alguna emisora local.

Leonor dijo...

Si, te imagino poniendo velas negras cual pitonisa Lola. : ))
Un saludo de una antigua vecina de Barrio, aunque nunca te conocí.
Leonor.

nora dijo...

Más, más, dános más de comer que tenemos hambre, Nacho.

Anónimo dijo...

para cuando el 3º-8? ¿estas de vacaciones?

Nacho Moreno Cuñat dijo...

Pues otro saludo para ti, antigua vecina. Qué vueltas da la vida...

Nacho Moreno Cuñat dijo...

Nora, disculpa (disculpad todos) los retrasos. A veces me lío con más cosas de las que puedo y acabas fallando por algún lado.

Nacho Moreno Cuñat dijo...

Anónimo te digo lo mismo que a Nora. Y ójala estuviera de vacaciones. Ya ni me acuerdo cómo era eso.