viernes 12 de septiembre de 2008

CAP 3º - 6

La Navidad de ese año fue de las que no se olvidan. Mientras los honrados ciudadanos tocaban la zambomba y la pandereta en torno al belén, hartos ya de mariscos y champán, el Tanganica y yo nos encontrábamos en manos de un médico enjuto y seco, de tez amarillenta y gafas de culo de vaso.

Ambos le conocíamos y aunque su consulta se anunciaba con un gran cartel de “Piel, sífilis, venéreas” sabíamos de su buena maña para hacer cosidos sin hacer preguntas.
Lo del negro resultó ser menos grave de lo que pensábamos. La bala se había desviado al tropezar con la clavícula, sin causar mayores destrozos, y todo se solucionó con un vendaje, unos puntos y la receta de unos días de descanso.

A mí en la pierna me hizo un artístico bordado en punto de cruz, aconsejándome que no la forzara en una temporada.

Salimos de allí apestando a mercromina y formol, abrazados como dos excombatientes inválidos. En la calle apenas había gente y no pudimos encontrar un taxi por lado alguno. Como apenas podíamos andar nos decidimos por lo más sencillo: robar un coche. Ya qué más daba. Teníamos la moral por el suelo y un cansancio profundo y agotador que embotaba los sentidos, impidiéndonos pensar, hablar o sentir.

— Marcial, despierta. Te estás quedando dormido y nos la vamos a dar. Dobla por la primera.

Nos dirigíamos a las afueras, a una chabola que tenía el Tanganica. La había heredado de sus padres y se la tenía alquilada a una familia portuguesa de saltimbanquis. En aquellos días habían bajado al sur, con su cabra volatinera y su hija contorsionista, en busca de un clima menos riguroso. No era el Villa Magna, pero allí podríamos descansar tranquilos, hasta que las cosas se calmaran un poco.

Y lo hicimos. Estuvimos durmiendo durante veinticuatro horas seguidas. Al menos yo lo hice. Cuando desperté el negro estaba de mucho mejor humor y había conseguido comida y un periódico.

Los titulares no podían ser más expresivos: “Un jardinero muerto en extrañas circunstancias”. “Un cadáver y un herido grave en el asalto a una barbería”. “La propietaria del club “Las Intocables” muerta en el transcurso de un atraco”. “Pese a la Navidad, continúa la ola de inseguridad ciudadana”. Y tanto, que nos lo contaran a nosotros. Eso sí, los responsables de la Ley y el Orden podían respirar tranquilos y despreocuparse de sus úlceras, porque íbamos a permanecer unos días fuera de circulación.

Había dos cosas, sin embargo, que no podía quitarme de la cabeza. Una era Laura. Tenía serias sospechas de que sabía bastantes más cosas de las que me contaba y de que ella sí entendía toda aquella delirante historia de tesoros nazis y sociedades secretas. No podía fiarme de ella, máxime sabiendo que si Hans, el peluquero loco, me había elegido como carne de cañón en tan desconcertante historia, había sido ella la que se había puesto en contacto conmigo, vía viajante de pito escocido. Me costaba creer que Laura y Hans tuvieran nada que ver pero estaba claro que la chica me estaba utilizando. Y sin embargo, ¿cómo negarse?

La otra cuestión se refería a mi casual descubrimiento en el jardín del observatorio. Tenía que investigarlo pero tras la muerte del pobre Julián en aquel jardín debía haber más policías que hormigas. Era preciso dejar pasar unos días antes de volver a husmear por allí. Sólo nos cabía esperar. Esperar y prepararnos, que era precisamente lo que íbamos a hacer.

Tanganica me miró como si le estuviera tomando el pelo cuando le pedí un casco de obrero, la tapa de una lata de betún, cuarenta centímetros de tubo fino de cobre y dos metros de tubo de goma un poco más grueso, pero acabé convenciéndole de que iba a hacernos falta. Tomó papel y lápiz y sacando la lengua fue tomando nota con su escritura grande e irregular de parvulito.

— Además necesitaré una lámpara de minero y un par de kilos de carburo en piedras.

El negro acabó su lista y se marchó a la compra. Por mi parte, me enfundé un mono lleno de grasa que encontré en una habitación, unas gafas de espejo y salí a la calle con un camuflaje de lo más conseguido.

Paré en el primer bar que encontré y me aticé un buen copazo de ginebra que sirvió para despejarme las ideas y apaciguar mis dolores ya que, dicho sea de paso, el zurcido que me había hecho el sifilero dolía como mil demonios. Afortunadamente mi destino no estaba lejos y tras un par de tonificantes paradas más conseguí alcanzarlo sin complicaciones.

Se trataba de un viejo garaje, con un gran portalón de madera viejo y destartalado, cerrado con un candado y una gruesa cadena. Un cartel anunciaba “Cerrado por vacaciones”, pero no me desanimé en lo más mínimo. Ansias Vivas no cerraba nunca. Gracias a ello iba a poder sustituir a mi llorada Benelli, requisada por la policía en la investigación del atentado que habíamos sufrido Laura y yo en mi casa, y cuya pertenencia los peritos habían atribuido a nuestros atacantes.

— ¿Quién es? —preguntó una voz cuando golpeé la puerta trasera.

— Soy Marcial. Abre que me estoy helando.

Me observó a través de una rendija y tras descorrer dos cerrojos, quitar la aldaba y girar una llave, abrió.

—Ji, ji, Marcial eres tú —saludó con su risilla de hiena tímida.

— Hola Ansias Vivas. Necesito tus servicios.

— Ya veo, ji, ji, ya veo. ¿Qué pasa? ¿Te has vuelto drogadicto? —preguntó.

— ¿Qué? —dije sin entender nada.

— ¿Que si te has vuelto drogadicto? Como te veo con el mono, ji, ji, ji —dijo señalando mi atuendo.
Ansias Vivas era un ser repelente, pequeñito, blando y de ademanes babosos. Tenía unos dedos sudorosos como limacos y todo él despedía un aire lujurioso y sucio como un preservativo usado. Sin embargo todo eso era soportable si tenías en cuenta que se trataba del mejor experto en armas que uno hubiera conocido jamás. Lo único que conseguía sacarme de quicio era su insufrible sentido del humor.

— Con el mono ¿entiendes?, ji, ji.

— Bien, dejemos eso. Tengo un asunto para ti. Estoy metido en un extraño lío.

Se negó rotundamente a escuchar nada relacionado con el caso, asegurándome que era mejor así y se enfrascó en detalles técnicos. Había que reconocer que en lo suyo era todo un profesional.

— No me digas más, no me digas más —dijo cuando le conté lo que necesitaba—. Tengo lo que quieres, tengo lo que quieres.

Hablar con el armero resultaba a veces como hablar con el eco. En cuanto le entraban los nervios se ponía a repetir todo como un viejo disco rayado.

Se acercó a un armario y, de una funda de terciopelo azul, extrajo el arma más bonita que hubiera visto en mi vida.

— Es un pajero, ji, ji. Es un pajero.

Lo era, pero no lo parecía. Se trataba de una escopeta repetidora de cartuchos. Ansias Vivas le llamaba pajero por el gesto, atrás y adelante, que se hacía al cargarla. Sin embargo no tenía culata de escopeta sino de pistola, con cachas anatómicas de madera y un peso equilibrado y perfecto. Cuando la tuve entre mis manos comprendí que el arma había sido mejorada. Él me lo confirmó.

— Es pura artesanía, pura artesanía. Vamos a probarla.

Me llevó al fondo del garaje y abrió una puerta cerrada con llave. Tenía allí oculta una sala insonorizada, con dianas, una gran variedad de munición y hasta cascos antirruidos. Ansias Vivas avanzó hasta el fondo de la sala y depositó junto a los blancos la puerta de un coche.
— Los blancos no te servirían. Tírale a esto.

Ya estaba cargada, así que sólo tuve que montarla, afianzarme en el suelo y apretar el gatillo. En el lugar exacto en el que clavaba mi mirada apareció un boquete del tamaño de un puño.

— Ji, ji, lo has reventado. ¿Qué te parece, eh, qué te parece?

— No está mal, nada mal —contesté yo, comenzando a contagiarme de las repeticiones.

Se subió a una silla y de lo alto de una estantería bajó una pequeña caja de madera. La abrió y me mostró veinticinco cartuchos dorados.

— Los hago yo mismo. Son blindados y con doble carga, doble...

— Carga —le interrumpí yo por fastidiar más que por otra cosa.

— Carga —contestó— doble, doble carga, ji, ji.

Introduje uno de los nuevos cartuchos en la recámara, apunté cuidadosamente y disparé. El retroceso fue apenas un poco mayor que el de la primera vez, sin embargo en la puerta del coche apareció un boquete del tamaño de un melón. De la pared del fondo se había desprendido un pedazo de ladrillo y se veía el exterior.

— Dios... —murmuré.

— Dioses, elefantes, blindados, lo que quieras, ji, ji, puede con todo.

— Me la quedo y los cartuchos también. ¿Qué va a costarme?

El precio era también blindado y con doble carga. El boquete que hizo en mi cartera no era menor que el de la puerta del coche. Afortunadamente Laura me había adelantado algún dinero.
Ansias Vivas, siempre atento con la clientela, me regaló una sobaquera especialmente diseñada para el arma y salí a la calle caminando como si me hubiera tragado una barra de hielo. Con esta llave iban a abrírseme muchas puertas.

El Tanganica me estaba esperando en casa cuando llegué. Había conseguido todo lo que le había encargado y por partida doble.

— Estupendo, siempre es bueno tener un equipo de repuesto —comenté con estúpida inocencia.

— No es un equipo de repuesto. Es mi equipo.

Debí poner una cara bastante rara, pero el negro no se amilanó y continuó diciendo:

— Puedes ponerte como quieras, pero pienso ir contigo. Además, recuerda que somos socios. Tú lo dijiste.

Efectivamente, lo había dicho. Y me alegraba de haberlo hecho. Un poco de ayuda no iba a venir mal. Ya me estaba cansando de jugar al héroe solitario que se enfrenta al peligro cual orgulloso Gary Cooper y acaba quedando como una maricona al ser rescatado por un galán más negro, más alto, más fuerte y, eso sí, un poco más feo.

Decidí que nuestro desembarco de Normandía sería en la noche del día treinta, por considerar que ese día, habida cuenta de la juerga por venir, iba a ser tranquilo. Preparé un burbujeante Alka-Seltzer y me tendí a dormir abrazado a mi reciente compra.

Y pronto el sueño se hizo profundo y pesado como una tormenta de polvo y Laura entró por la ventana volando desnuda y desprendiendo estrellitas de colores al hacerlo, tan pequeña como Campanilla y acorralada por un capitán Garfio con acento alemán, que repetía muy alterado “Jodidos comunistas de mierrrda”, mientras intentaba atraparla con un cazamariposas, pero ella se refugió en lo alto del armario y él sacó un spray matamoscas y mosquitos y la gaseó sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo, clavado como estaba a la cama, entonces el nazi me vio y sacó una enorme navaja barbera de su bolsillo y yo comprobé con horror que estaba acostado sobre la Tabla Esmeralda y que querían arrebatármela, así que le di un puñetazo y otro y otro más, pero la carne se hundía bajo mis puños y él se reía y me hizo un terrible corte en el cuello, pero yo sabía que aún vivía y él no se daba cuenta, por lo que saqué la pistola y apreté el gatillo, aunque no ocurrió nada, sólo que a Hans le brotaron cuernos y rabo rojo y se puso a bailar con el culo al aire alrededor de la Tabla, en lo que apareció un enano verde vestido de negro, le dio un cabezazo en el estómago y cogiendo la Tabla Esmeralda comenzó a correr mientras decía “Llego tarde, llego tarde” y Laura echó a correr tras él, pero ya era grande y no volaba y el enano, que aunque bajito debía ser un salido de aquí te espero, se detuvo y comenzó a acariciarle el culo, justo delante de mis narices, y a Laura no le importaba que me estuviera muriendo, sólo tenía ojos para el enano y comenzó a frotarse contra la Tabla Esmeralda mientras Mary, con su ojo tuerto, nos miraba desde el fondo de la habitación y al verla comprendí que todo era culpa mía y Julián el jardinero, vestido de cosaco, le dio la razón y el juez tenía cara de Hans y olía a yodo y agua bendita e iba vestido de cura, pero al ver a Laura escaparse con Jorgito intenté desasirme de los policías y grité su nombre, pero no me oyó y nadie comprendía que yo era inocente, que era una injusticia, que Mary la Sorda estaba liada con el juez y el jardinero era el padre del enano y Laura estaba drogada, entonces entró el Tanganica y vi una puerta abierta, pero él se bajó la bragueta y comenzó a mearme las orejas con su enorme rabo para que no se me congelaran y una sombra negra observaba la escena y al verle lo comprendí todo: él era el...

— Marcial. Marcial ¿qué te ocurre?

Era Tanganica intentando sacarme de una pesadilla.

— Mierda, lo he visto.

— ¿Que has visto qué?

Y la verdad era que no lo sabía. No podía recordarlo. Tranquilicé al negro y le dije que volviera a dormirse. Encendí un cigarrillo y mientras fumaba me bebí media botella de ginebra que había comprado previsoramente, con lo que volver a dormir no iba a ser ningún problema. En ese trance andaba cuando en la oscuridad resonó la tenebrosa voz del negro.

— Marcial, ¿crees que encontraremos algo?

— No lo sé.

— Y si lo encontramos, ¿qué piensas hacer?

Buena pregunta, sí señor. Lo malo es que no tenía respuesta.

2 comentarios:

Leonor dijo...

Venga, Ignacio, cuelga otro capítulo, porfa.
Un saludo.
Leonor.

Nacho Moreno Cuñat dijo...

Mañana mismo. Que conste que es que han sido unos días muy complicados y de lío total, no dejadez ni vagancia. Aún así, mil disculpas por la tardanza. Otro saludo para ti.